Existe una forma de hipocresía política que no siempre es evidente, pero que duele cuando se percibe:
la de quienes denuncian con fuerza unas injusticias mientras guardan silencio ante otras igual o más graves.
Durante años hemos visto manifestaciones masivas contra determinadas causas legítimas, pero apenas hemos visto una reacción proporcional ante la represión brutal de ciudadanos en países como Irán o Venezuela, donde miles de personas han salido a la calle de forma pacífica y han sido encarceladas, torturadas o asesinadas.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿por qué unas víctimas movilizan conciencias y otras no?
La respuesta, en muchos casos, no está en la gravedad de los hechos, sino en su encaje dentro del relato geopolítico dominante.
Cuando el sufrimiento humano se filtra por intereses ideológicos, deja de ser un principio moral universal y se convierte en una herramienta selectiva.
Y ahí es donde aparece el problema de fondo:
cuando la indignación no es coherente, pierde credibilidad.
Cuando los derechos humanos se defienden solo a conveniencia, dejan de ser derechos y pasan a ser argumentos.
Porque el dolor no debería tener bandos.
Y la dignidad humana, tampoco.
A la luz de lo anterior, surge una pregunta incómoda pero necesaria.
En los últimos tiempos hemos visto grandes manifestaciones y protestas multitudinarias cuando se han producido intervenciones militares o guerras impulsadas por potencias como Estados Unidos o Israel, así como ante la reacción del gobierno de Netanyahu, con miles de víctimas civiles.
Sin embargo, esa misma intensidad no se ha visto cuando el propio gobierno iraní ha ejercido una represión sistemática contra sus ciudadanos, con miles de víctimas, muchas de ellas asesinadas con premeditación mientras se manifestaban pacíficamente por derechos básicos.
Tampoco se produjeron movilizaciones de similar magnitud ante la agresión de Hamás contra civiles, igualmente ejecutada con premeditación y dirigida contra población indefensa.
Esto plantea interrogantes difíciles de ignorar:
¿Por qué unas víctimas movilizan conciencias y otras no?
¿Por qué unas injusticias llenan las calles y otras apenas generan reacción?
¿Depende la indignación del número de víctimas… o del relato en el que encajan?
Y, en última instancia:
¿sirven para algo las grandes manifestaciones si no son coherentes en sus principios?
Porque cuando la indignación es selectiva, deja de ser una defensa de los derechos humanos para convertirse en una herramienta política.
Y entonces, de nuevo, el dolor deja de ser universal.
Y la dignidad humana también
Nota del autor:
Esta reflexión no cuestiona a quienes salen a la calle
movidos por una indignación genuina. La protesta ciudadana, cuando nace de la
conciencia moral, merece respeto independientemente de la causa que la
convoque.
La crítica va dirigida a quienes promueven, organizan y
enmarcan esas movilizaciones desde posiciones de liderazgo político o
mediático, y que sin embargo no aplican los mismos criterios cuando las
víctimas no encajan en su relato. Es ahí donde la indignación deja de ser un
principio y se convierte en una herramienta.
Porque la coherencia no se le exige al ciudadano que sale a
la calle con una pancarta. Se le exige a quien decide qué pancartas merecen
salir.













