martes, 17 de marzo de 2026

Igualdad o privilegio: la línea que el nacionalismo cruza

 


Esta reflexión surge al leer una noticia reciente: varios partidos plantean que determinadas comunidades tengan un salario mínimo propio, adaptado a su realidad.

La propuesta puede parecer razonable si se mira solo desde lo económico.
Pero hay una cuestión de fondo que conviene no perder de vista:

¿Estamos hablando de adaptación… o de trato diferencial?

Porque hay una línea muy clara:

Sentirse parte de una tierra, de una cultura o de una comunidad es algo legítimo.
Es vínculo. Es identidad. Es pertenencia.

Pero cuando esa identidad se convierte en argumento para reclamar condiciones distintas, ventajas específicas o un marco propio al margen del conjunto, deja de ser simplemente pertenencia.

Pasa a ser otra cosa.

El nacionalismo, cuando deja de ser afecto por lo propio y pasa a exigir trato diferencial, no es igualdad: es privilegio.

Y el problema del privilegio no es solo moral.
Es estructural.

Porque:

  • rompe la igualdad entre ciudadanos

  • introduce jerarquías territoriales

  • y convierte los derechos en algo negociable según el lugar

En ese punto, ya no hablamos de cohesión, sino de fragmentación.

La igualdad no significa uniformidad absoluta, pero sí implica una base común de derechos que no dependa de identidades políticas o territoriales.

Por eso conviene recordarlo con claridad:

Donde hay tratos especiales, la igualdad deja de ser un principio… y pasa a ser un privilegio.


La pertenencia une.
El privilegio separa.
Y lo que separa, nunca puede llamarse igualdad.

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