LA CEGUERA DE LA PARTE
Cuando seguimos confundiendo una parte con el todo
La democracia no se degrada solo por malas decisiones.
Se degrada cuando dejamos de distinguir.
Cuando seguimos confundiendo una parte con el todo.
La mayoría de nuestros errores políticos no nacen de la mala intención.
Nacen de una percepción incompleta.
Un hecho aislado se convierte en categoría.
Un individuo pasa a representar a todo un colectivo.
Un comportamiento puntual se transforma en esencia.
Eso tiene nombre: confundir una parte con el todo.
Cuando la parte se convierte en condena
Este mecanismo no pertenece a una ideología concreta. Es transversal.
Ocurre cuando un delito cometido por un inmigrante se utiliza para estigmatizar a todos los inmigrantes.
O cuando un caso de corrupción sirve para declarar que la democracia es, en esencia, corrupta.
O cuando una organización violenta se identifica sin matices con toda una población.
O cuando una declaración desafortunada de un dirigente se convierte en definición moral de todo un bloque.
En todos esos casos sucede lo mismo:
la parte suplanta al todo.
La raíz del problema
Nuestra mente simplifica. Es economía cognitiva.
Pero cuando el atajo mental se convierte en juicio absoluto, aparece el reduccionismo.
Confundir una parte con el todo no es solo un error lógico.
Es una deformación perceptiva.
Desaparece la pluralidad interna.
El individuo queda absorbido por la etiqueta.
El matiz queda absorbido por la emoción.
Y cuando el matiz desaparece, la deshumanización avanza.
Defensa de la estructura
La democracia no puede sostenerse sobre impulsos morales inmediatos.
Se sostiene sobre reglas, límites y distinciones.
Distinguir:
Parte y totalidad.
Individuo y colectivo.
Error y esencia.
Sin esa distinción, la política se convierte en caricatura.
Cierre
Confundir una parte con el todo no es un detalle menor.
Es el inicio de la injusticia colectiva.
La democracia no muere por exceso de desacuerdo.
Muere cuando dejamos de distinguir
Se degrada cuando dejamos de distinguir.
Cuando seguimos confundiendo una parte con el todo.
La mayoría de nuestros errores políticos no nacen de la mala intención.
Nacen de una percepción incompleta.
Un hecho aislado se convierte en categoría.
Un individuo pasa a representar a todo un colectivo.
Un comportamiento puntual se transforma en esencia.
Eso tiene nombre: confundir una parte con el todo.
Cuando la parte se convierte en condena
Este mecanismo no pertenece a una ideología concreta. Es transversal.
Ocurre cuando un delito cometido por un inmigrante se utiliza para estigmatizar a todos los inmigrantes.
O cuando un caso de corrupción sirve para declarar que la democracia es, en esencia, corrupta.
O cuando una organización violenta se identifica sin matices con toda una población.
O cuando una declaración desafortunada de un dirigente se convierte en definición moral de todo un bloque.
En todos esos casos sucede lo mismo:
la parte suplanta al todo.
La raíz del problema
Nuestra mente simplifica. Es economía cognitiva.
Pero cuando el atajo mental se convierte en juicio absoluto, aparece el reduccionismo.
Confundir una parte con el todo no es solo un error lógico.
Es una deformación perceptiva.
Desaparece la pluralidad interna.
El individuo queda absorbido por la etiqueta.
El matiz queda absorbido por la emoción.
Y cuando el matiz desaparece, la deshumanización avanza.
Defensa de la estructura
La democracia no puede sostenerse sobre impulsos morales inmediatos.
Se sostiene sobre reglas, límites y distinciones.
Distinguir:
Parte y totalidad.
Individuo y colectivo.
Error y esencia.
Sin esa distinción, la política se convierte en caricatura.
Cierre
Confundir una parte con el todo no es un detalle menor.
Es el inicio de la injusticia colectiva.
La democracia no muere por exceso de desacuerdo.
Muere cuando dejamos de distinguir
No hay comentarios:
Publicar un comentario