Por qué la pasión política no necesita pruebas, solo bandos
Entre el sentimiento y el juicio, la distancia que nos protege
Hay una vieja intuición que atraviesa casi todas las reflexiones que he publicado en La Réplica: el amor es ciego. Platón ya lo escribió en Las Leyes: quien ama se equivoca al juzgar lo amado.
Pero quizá haya que dar un paso más: el odio también ciega.
Y en política, donde el amor se llama lealtad y el odio se llama causa, esa ceguera deja de ser un asunto privado.
Ciegos o tuertos
Conviene distinguir dos grados.
El ciego no ve nada que contradiga su sentimiento.
El tuerto sí ve, pero con un solo ojo. Y quien ve con un solo ojo pierde algo esencial: la profundidad, la capacidad de calcular distancias y proporciones.
La segunda imagen me parece más certera. Casi nadie ignora los hechos por completo. Lo que hacemos es seleccionarlos: abrimos el ojo ante lo que confirma nuestro afecto o nuestra aversión y cerramos el otro ante lo que lo desmiente.
La psicología lo llama sesgo de confirmación.
Yo prefiero llamarlo ser tuerto voluntario.
Lo que hacen el amor y el odio con los hechos
Ambos sentimientos comparten el mismo mecanismo:
Filtran. Al que amo le perdono lo que al otro le condenaría. Al que odio le encuentro mala fe hasta en los gestos neutros.
Blindan. Ninguna prueba en contra hace mella, porque el sentimiento no se apoya en pruebas: las fabrica a su medida.
Simplifican. Unos son todo virtud; los otros, todo vicio. Y desaparecen los matices, que son precisamente lo más abundante de la realidad humana.
Dispensan de la autocrítica. Quien ama u odia con intensidad se siente moralmente legitimado. Y quien se siente legitimado deja de revisarse.
Spinoza lo entendió muy bien: las pasiones nos hacen padecer, es decir, nos hacen depender de causas que no comprendemos.
El amor político: cuando el líder sustituye al criterio
Ya lo escribí en «Nadie es más que nadie»: en democracia nadie es imprescindible.
Pero el amor político se resiste a esa idea.
Cuando la adhesión a una persona, un partido o una causa se vuelve incondicional, ocurre algo muy concreto: justifico hoy lo que condenaría ayer si lo hubiera hecho el adversario.
Ahí se pierde el criterio mismo de justicia, que exige la misma vara para todos.
Por eso la prueba del cambio de protagonista me parece tan útil. Es, en el fondo, un test de visión binocular: obliga a abrir el ojo que teníamos cerrado.
El odio político: cuando el adversario se convierte en enemigo
Carl Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Su tesis es discutible y sus consecuencias históricas fueron nefastas, pero describe con crudeza una dinámica real.
Cuando el adversario se convierte en enemigo, deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser alguien a quien se elimina, moral o, en los casos extremos, físicamente.
El odio deshumaniza.
Y lo que se deshumaniza puede maltratarse sin remordimiento.
Es la lógica que denuncié en «Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo»: una opinión termina definiendo a la persona entera, y la discrepancia se transforma en identidad.
El círculo vicioso de la polarización
Amor y odio se alimentan mutuamente.
El odio al otro refuerza el amor al propio bando. El amor al propio bando exige un enemigo al que oponerse.
Cada bando confirma en el otro los defectos que ya había decidido ver. La moderación se interpreta como traición. El matiz, como debilidad.
Y así llegamos a una paradoja incómoda: quien más odia a un adversario suele ser quien mejor lo alimenta.
Por qué resulta socialmente alarmante
Hay tres razones que hacen especialmente preocupante este fenómeno.
Es contagioso. Las emociones intensas se propagan en grupo más rápido que los argumentos. Las redes sociales, que premian la indignación y el fervor, funcionan como amplificadores de ambas pasiones.
Es rentable. Movilizar con odio o con fervor es más fácil que persuadir con razones. Existe, por tanto, un incentivo para quienes buscan poder de cultivar esas pasiones en lugar de templarlas.
Es difícil de detectar desde dentro. Precisamente porque ciega, quien la padece no percibe su ceguera. Cada uno se cree el único que ve con claridad.
Un matiz necesario: no se trata de no sentir
Sería un error concluir que la política debe carecer de pasión.
Sin indignación ante la injusticia y sin amor al bien común no habría reformas ni causas nobles.
Max Weber lo formuló con precisión: la política exige pasión, sentido de la responsabilidad y mesura, ese «ojo certero» para mantener la distancia con las cosas y con las personas.
El problema no es sentir.
El problema es que el sentimiento sustituya al juicio en lugar de acompañarlo.
Algunas preguntas para abrir los dos ojos
¿Aplicaría la misma severidad a los míos que a los ajenos?
¿Qué hecho tendría que ocurrir para que cambiara de opinión sobre esta persona o este partido?
¿Estoy discutiendo lo que ha dicho o clasificando a quien lo ha dicho?
¿Puedo describir la mejor versión del argumento contrario?
¿Pensaría lo mismo si lo hubieran hecho los otros?
Si no encuentro respuesta a alguna de ellas, quizá no esté viendo con los dos ojos.
Ver con los dos ojos
El amor y el odio, cuando se vuelven absolutos, comparten un mismo defecto: nos dejan sin perspectiva justo cuando más la necesitamos.
En la vida privada eso produce errores.
En la política produce fanatismos, persecuciones y, en los casos extremos, catástrofes.
El antídoto no es la frialdad, sino una cierta higiene intelectual: contrastar las simpatías con los hechos, exigirnos a nosotros lo que exigimos a los demás y recordar que el adversario político es, ante todo, un conciudadano.
Ver con los dos ojos es, en el fondo, una forma de respeto.
Hacia la verdad.
Y hacia los demás.
La Réplica

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