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martes, 29 de septiembre de 2026

El odio y el amor como ceguera política


 

Por qué la pasión política no necesita pruebas, solo bandos

Entre el sentimiento y el juicio, la distancia que nos protege

Hay una vieja intuición que atraviesa casi todas las reflexiones que he publicado en La Réplica: el amor es ciego. Platón ya lo escribió en Las Leyes: quien ama se equivoca al juzgar lo amado.

Pero quizá haya que dar un paso más: el odio también ciega.

Y en política, donde el amor se llama lealtad y el odio se llama causa, esa ceguera deja de ser un asunto privado.

Ciegos o tuertos

Conviene distinguir dos grados.

El ciego no ve nada que contradiga su sentimiento.

El tuerto sí ve, pero con un solo ojo. Y quien ve con un solo ojo pierde algo esencial: la profundidad, la capacidad de calcular distancias y proporciones.

La segunda imagen me parece más certera. Casi nadie ignora los hechos por completo. Lo que hacemos es seleccionarlos: abrimos el ojo ante lo que confirma nuestro afecto o nuestra aversión y cerramos el otro ante lo que lo desmiente.

La psicología lo llama sesgo de confirmación.

Yo prefiero llamarlo ser tuerto voluntario.

Lo que hacen el amor y el odio con los hechos

Ambos sentimientos comparten el mismo mecanismo:

Filtran. Al que amo le perdono lo que al otro le condenaría. Al que odio le encuentro mala fe hasta en los gestos neutros.

Blindan. Ninguna prueba en contra hace mella, porque el sentimiento no se apoya en pruebas: las fabrica a su medida.

Simplifican. Unos son todo virtud; los otros, todo vicio. Y desaparecen los matices, que son precisamente lo más abundante de la realidad humana.

Dispensan de la autocrítica. Quien ama u odia con intensidad se siente moralmente legitimado. Y quien se siente legitimado deja de revisarse.

Spinoza lo entendió muy bien: las pasiones nos hacen padecer, es decir, nos hacen depender de causas que no comprendemos.

El amor político: cuando el líder sustituye al criterio

Ya lo escribí en «Nadie es más que nadie»: en democracia nadie es imprescindible.

Pero el amor político se resiste a esa idea.

Cuando la adhesión a una persona, un partido o una causa se vuelve incondicional, ocurre algo muy concreto: justifico hoy lo que condenaría ayer si lo hubiera hecho el adversario.

Ahí se pierde el criterio mismo de justicia, que exige la misma vara para todos.

Por eso la prueba del cambio de protagonista me parece tan útil. Es, en el fondo, un test de visión binocular: obliga a abrir el ojo que teníamos cerrado.

El odio político: cuando el adversario se convierte en enemigo

Carl Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Su tesis es discutible y sus consecuencias históricas fueron nefastas, pero describe con crudeza una dinámica real.

Cuando el adversario se convierte en enemigo, deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser alguien a quien se elimina, moral o, en los casos extremos, físicamente.

El odio deshumaniza.

Y lo que se deshumaniza puede maltratarse sin remordimiento.

Es la lógica que denuncié en «Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo»: una opinión termina definiendo a la persona entera, y la discrepancia se transforma en identidad.

El círculo vicioso de la polarización

Amor y odio se alimentan mutuamente.

El odio al otro refuerza el amor al propio bando. El amor al propio bando exige un enemigo al que oponerse.

Cada bando confirma en el otro los defectos que ya había decidido ver. La moderación se interpreta como traición. El matiz, como debilidad.

Y así llegamos a una paradoja incómoda: quien más odia a un adversario suele ser quien mejor lo alimenta.

Por qué resulta socialmente alarmante

Hay tres razones que hacen especialmente preocupante este fenómeno.

Es contagioso. Las emociones intensas se propagan en grupo más rápido que los argumentos. Las redes sociales, que premian la indignación y el fervor, funcionan como amplificadores de ambas pasiones.

Es rentable. Movilizar con odio o con fervor es más fácil que persuadir con razones. Existe, por tanto, un incentivo para quienes buscan poder de cultivar esas pasiones en lugar de templarlas.

Es difícil de detectar desde dentro. Precisamente porque ciega, quien la padece no percibe su ceguera. Cada uno se cree el único que ve con claridad.

Un matiz necesario: no se trata de no sentir

Sería un error concluir que la política debe carecer de pasión.

Sin indignación ante la injusticia y sin amor al bien común no habría reformas ni causas nobles.

Max Weber lo formuló con precisión: la política exige pasión, sentido de la responsabilidad y mesura, ese «ojo certero» para mantener la distancia con las cosas y con las personas.

El problema no es sentir.

El problema es que el sentimiento sustituya al juicio en lugar de acompañarlo.

Algunas preguntas para abrir los dos ojos

¿Aplicaría la misma severidad a los míos que a los ajenos?

¿Qué hecho tendría que ocurrir para que cambiara de opinión sobre esta persona o este partido?

¿Estoy discutiendo lo que ha dicho o clasificando a quien lo ha dicho?

¿Puedo describir la mejor versión del argumento contrario?

¿Pensaría lo mismo si lo hubieran hecho los otros?

Si no encuentro respuesta a alguna de ellas, quizá no esté viendo con los dos ojos.

Ver con los dos ojos

El amor y el odio, cuando se vuelven absolutos, comparten un mismo defecto: nos dejan sin perspectiva justo cuando más la necesitamos.

En la vida privada eso produce errores.

En la política produce fanatismos, persecuciones y, en los casos extremos, catástrofes.

El antídoto no es la frialdad, sino una cierta higiene intelectual: contrastar las simpatías con los hechos, exigirnos a nosotros lo que exigimos a los demás y recordar que el adversario político es, ante todo, un conciudadano.

Ver con los dos ojos es, en el fondo, una forma de respeto.

Hacia la verdad.

Y hacia los demás.

La Réplica

jueves, 2 de octubre de 2014

"derecho a decidir" "votar": "Segregar" a una parte de la sociedad.


Carlos Cano cantaba: Cada vez que dicen patria pienso en el pueblo y me pongo a temblar


He leído el artículo del dirigente de Izquierda Unida Hugo Martinez y he encontrado una sucesión de sofismas y falacias que quiero poner al descubierto con la deconstrucción de su escrito.

Pero antes quiero hacer una serie de CONSIDERACIÓNES:

Acepción de Segregar (DRAE): Separar y marginar a una persona o a un grupo de personas por motivos sociales, políticos o culturales.


Los nacionalistas buscan ser percibidos como los defensores de la identidad  de un pueblo. Pero no se plantean que la realidad de los pueblo es multiidentitario. En la parla nacionalista habría que decir que todos los pueblos son plurinacioanales. En Cataluña sirva como dato la información de la propia generalitat que dice que el castellano es la lengua materna mayoritaria. Las excepciones serían los pueblos étnicamente definidos como ejemplos, el pueblo gitano o la nación apache. Esa realidad, supone que la imposición de una de esas identidades conlleva la sumisión de las otras;  y se vulneran derechos humanos irrenunciables como son la libertad y la igualdad. 

 En realidad, con el recurso al T. Constitucional se impide legal y legítimamente el “derecho a decidir” para evitar la segregación de sectores de ciudadanos no nacionalistas en su derecho a ser libres e iguales. Este argumento se explica poco y con frecuencia mal.

Los nacionalistas  tiene por objetivo político la imposición de sus sentimientos nacionalistas y por lo tanto segregar a  parte de sus conciudadanos que no lo son.

Las democracias son imperfecta, como construcción humana, y la desobediencia civil en defensa de la libertad y la igualdad la perfeccionan. Y en el caso de Cataluña es lo contrario, los nacionalistas apelan a la desobediencia civil para segregar e impedir la igualdad y la libertad para  una parte de sus ciudadanos.

Y como consideración final considero que la nación de ciudadanos es la única que puede defender los sentimientos de pertenencia, la identidad, la religión, la ideología, etc. de cada uno de los ciudadanos,  respetándolas y defendiéndolas  ante la pretensión, de cualquiera de ellas, de imponerla al conjunto con coacciones  o con cualquier otro método ilegal o ilegítimo.

Parafraseando a Carlos Cano digo: Cada vez que dicen pueblo pienso en los ciudadanos y me pongo a temblar.





Deconstrucción del artículo “Desobeder en Cataluña” de Hugo Martínez Abarca, miembro del Consejo Político Federal de IU
INDICACIONES:
 los textos en negro son los originales del autor
Los subrrayados en negro son los mios sobre textos del autor
Las anotaciones en rojo son mis aportaciones

Hugo Martínez Abarca *
Como era de esperar la consulta catalana ha durado jurídicamente cinco minutos. Con urgencias dignas de mejores causas tuvimos informe del Consejo de Estado, reunión del Consejo de Ministros, recurso del gobierno, pleno del Tribunal Constitucional, admisión a trámite del recurso y suspensión de la consulta en 24 horas. Era obvio que con este trámite administrativo el Gobierno intentaría acabar con el problema catalán y aquí estamos.
Desde hace meses se viene discutiendo cuáles serán los siguientes pasos. Una buena porción de los defensores de la consulta abogan por la desobediencia. Y ante esa posibilidad se ha escuchado una letanía según la cual la desobediencia es legítima en una dictadura, pero nunca en una democracia Es obvio que desobedecer las leyes es ilegal siempre en democracia y en dictaduras  (como España, añaden) “porque en democracia las leyes se pueden cambiar si eres mayoría…”En democracia si, evidente, en dictadura NO. Este argumento parte de un mundo maniqueo en el que sólo hay dictaduras y democracias y entre ellas hay una frontera nítida e incuestionable ¿será de algunos? Y Hay fronteras muy poco nítidas y las habido: dictablandas, democracias corporativas, democracias populares, democracias formales, democracias orgánicas, etc. Como siempre, esa diferencia entre dictadura y democracia es simplemente que se vote periódicamente FALACIA aunque precisamente la propuesta catalana es que se vote NO periódicamente que si lo hacen, lo que piden  y se impide es un REFERENDUM. Derecho a decidir, eufemimo. para ver si hay una mayoría que quiera cambiar la relación de Cataluña con España ¿ sería legal o legitimo exigir un referéndum para pedir la segregación racial? Se podría, mejor dicho, se debería luchar contra la segregación  legítimamente porque legalmente en una democracia todos los ciudadanos somos iguales ante la ley. Más allá de eso, la restricción de la desobediencia legítima a la que se practica en dictaduras no tiene ningún sentido. ¿?
En primer lugar porque la desobediencia suele tener muchas más consecuencias directas simbólicas que prácticas. En las dictaduras la oposición no suele practicar la desobediencia civil En las democracias, régimen con libertades políticas, la oposición no practica la desobediencia civil, son los ciudadanos los que la ejercen, cuando consideran que se vulneran sus derechos especialmente la igualdad y la libertad. sino la confrontación Por supuesto ilegal, va de suyo. Pero no se suele tratar de actos de desobediencia que busquen generar en el gobierno una contradicción al tener que castigar acciones justas: a una dictadura como Dios manda no le genera ninguna contradicción reprimir injustamente. Los casos paradigmáticos de desobediencia civil (Rosa Parks, Gandhi, Martin Luther King) se dan frente a democracias representativas (la británica, la estadounidense) bajo cuya autoridad se discrimina a un grupo (racial, colonial, etc) En España hay una democracia representativa homologable  a la de EEUU y a la británica y como éstas, en un tiempo tenían en partes de su territorio a ciudadanos que no eran iguales ni libres. En EEUU los estados del sur que se practicaba legalmente la segregación y en la colonias británicas que no había ciudadano sino súbditos del imperio. Seguramente alguien le dijo a Rosa Parks que se colocara en el lugar que le correspondía a una negra, que en democracia si quería podía modificar las leyes pero votando, que la desobediencia en una democracia era ilegítima El ejemplo “valdría” si Rosa Park fuera congresista o senadora, pero era una ciudadana donde se vulneraban derechos elementales… pero semejante cretino definición de cretino: ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Imprudente o falto de razón  no ha pasado a la Historia, qué se le va a hacer. En España se produjo hace años la desobediencia masiva al servicio militar obligatorio con mucho sacrificio y absoluta legitimidad pese a que los gobiernos de Felipe González encarcelaban insumisos con la misma letanía supuestamente demócrata este es un buen ejemplo y tiene razón y sabe lo que debe saber.
La desobediencia no es legítima o ilegítima sólo en función de qué tipo de gobierno dicte las leyes, sino de si las leyes que se desobedecen son justas o injustas . En una dictadura las leyes son injustas de raíz puesto que se imponen sin legitimidad. Pero alguien que en una dictadura se saltara los semáforos y lo presentara como un caso de desobediencia civil no sería más que un imbécil peligroso. Se desobedecen legítimamente las leyes injustas, que en una dictadura son prácticamente todas y en una democracia son menos otro buen ejemmplo y tiene razón y sabe lo que debe saber.

Si la prohibición al pueblo catalán de votar es difícil entender que a los ciudadanos de Cataluña no se les prohíbe  votar qué quiere ser es injusta repito ¿un referéndum por la segregación que atente contra la libertad e igualdad de los ciudadanos es justo?, la desobediencia a tal prohibición es legítima. Lo que legitima o no la desobediencia no es si España es una democracia sino si tal norma es justa. Quienes pensamos que la forma legítima de resolver problemas políticos es votar Confirmo que todo no es votable en democracia ¿votar segregación?, no tendríamos ningún inconveniente en que tal votación se pudiera llevar a cabo digan lo que digan los tribunales constitucionales.
Sólo habría dos inconvenientes.
Uno de índole político-moral: no es lo mismo la desobediencia civil que la desobediencia institucional. Y en este caso parece claro que de lo que hablamos es de que la Generalitat de Catalunya se situara de facto como una organización política ajena a la estructura institucional del Estado español. Un Estado nunca tiene legitimidad para incumplir sus normas y la Generalitat es hoy Estado español y dejaría de actuar como tal: probablemente con legitimidad, pero sin duda con problemas. Es lo mismo, no lo olvidemos, que tendrá que suceder el día que las fuerzas rupturistas españolas ganemos las elecciones pues la Constitución de 1978 no deja más camino (realista) que la ruptura democrática: habrá un Gobierno que construya una nueva legitimidad institucional rompiendo con la anterior. Como los mimbres serán otros, evidentemente el cesto será diferente. La derecha sociológica que vota a PP o CiU desaparecerá y con la nueva legalidad se convertirán en buenos progresistas renunciando a sus antiguas opiniones. Y si no lo hicieran así siempre habrá un buen Robespierre que les meterá por la buena vereda.
El otro problema es más práctico. La desobediencia se realiza no sólo porque sea legítima sino porque además sea eficaz. Es decir, se desobedece con la intención de tumbar esa legislación injusta. En el caso catalán ha habido consultas ‘alegales’ en muchísimos municipios, ha habido movilizaciones extraordinarias: gracias a todo ello, la legitimidad social que tiene hoy en Cataluña la consulta es inmensa. Y uno duda que una consulta organizada desde las instituciones catalanas frente a las decisiones de los tribunales tuviera la capacidad de aumentar esa legitimidad social. ¿Cuál sería la participación en una consulta en una situación tan conflictiva y dudosa? Es difícil pensar que en esta hipótesis el clamor democrático de la sociedad catalana saliera reforzado. Otra cosa sería que en vez de sacar las urnas la Generalitat lo hiciera la ANC, la sociedad civil; pero ahí el problema sería que la consulta formal se convertiría en meramente simbólica pues no habría forma de obtener, por ejemplo, unos censos con los que seguir la votación con rigor. Sería, en realidad, un paso más en la movilización que lleva años, pero no una consulta con el peso de legitimidad popular que merece Una buena característica del POPULISMO es que la voluntad popular es la de las manifestaciones en vez de los elegido por las urnas.
            Más allá de los problemas tácticos, la desobediencia es legítima si la norma desobedecida es injusta, no si se da o no en una democracia. Y obviamente quienes pensamos que la única forma de resolver democráticamente un conflicto territorial son las urnas tenemos por injusta la norma que lo prohíba. ¿También el derecho de autodeterminación  para el pueblo que cotiza en el INDEX? o ¿El pueblo que forma una ciudad o un barrio? O ¿solo es pueblo lo que nosotros consideramos que lo es? Parafraseando a Carlos Cano digo: Cada vez que dicen pueblo pienso en los ciudadanos y me pongo a temblar.
(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de IU y autor del blog Quien mucho abarca.