NADIE ES MÁS QUE NADIE
Cuando creerse moralmente superior empieza a poner en peligro la democracia
«Nadie es más que nadie»
Una canción por la igualdad, la libertad, la solidaridad, la reciprocidad y el derecho a pensar diferente.
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Hay una enfermedad de la política que no pertenece a la izquierda ni a la derecha. No necesita uniforme, bandera ni ideología determinada. Puede aparecer en un gobierno, en un partido, en una institución y también entre quienes se consideran sus adversarios.
Empieza con una convicción aparentemente inocente: nosotros tenemos razón.
El problema comienza cuando esa frase se transforma en otra mucho más peligrosa: como tenemos razón, somos mejores.
Y culmina cuando aparece una tercera: como somos mejores, tenemos más legitimidad que los otros para decidir cuáles son las reglas y hasta dónde pueden llegar.
Ahí comienza la hybris.
Cuando el adversario deja de ser legítimo
La democracia no consiste en que gobiernen los buenos y sean derrotados los malos. Consiste precisamente en algo mucho más difícil: aceptar que personas libres e iguales pueden defender proyectos políticos incompatibles y que ninguno de ellos adquiere por ello una dignidad superior.
Mi vecino puede votar exactamente lo contrario que yo.
Mi compañero de trabajo puede sostener ideas que considero profundamente equivocadas.
Incluso puedo pensar que algunas de sus opiniones son injustas, reaccionarias, ingenuas o disparatadas.
Pero sigue siendo mi vecino. Sigue siendo mi compañero. Sigue siendo un ciudadano con los mismos derechos que yo.
El deterioro comienza cuando dejamos de discutir sus argumentos y empezamos a cuestionar su legitimidad.
Entonces aparecen las palabras que conocemos demasiado bien: traidores, fascistas, comunistas, enemigos de España, enemigos del pueblo, antipatriotas, reaccionarios, vendidos...
Ya no necesitamos convencer al otro.
Basta con descalificarlo.
Y una democracia en la que media sociedad considera moralmente ilegítima a la otra media puede conservar elecciones, parlamentos y gobiernos, pero habrá empezado a perder algo previo y fundamental: la amistad civil que permite convivir después de votar.
El poder no convierte a nadie en propietario de la democracia
Hay otro escalón todavía más peligroso.
Quien identifica su proyecto con la democracia termina considerando cualquier obstáculo a su proyecto como un obstáculo a la propia democracia.
Los contrapesos dejan entonces de ser garantías y empiezan a parecer estorbos. La crítica se convierte en conspiración. La discrepancia interna, en deslealtad. Los jueces, organismos reguladores, medios de comunicación o instituciones solo parecen respetables cuando coinciden con nosotros.
Y aquí conviene establecer una regla extremadamente sencilla:
Las instituciones que hoy limitan al adversario serán las mismas que mañana tendrán que limitarnos a nosotros.
Por eso las reglas democráticas tienen verdadero valor cuando aceptamos aplicarlas también cuando nos perjudican.
Los principios se ponen a prueba precisamente cuando nos incomodan.
Nadie es imprescindible
El gobernante democrático no es propietario del cargo. Lo ocupa temporalmente.
El partido tampoco es propiedad de su dirigente.
Ni el Estado pertenece al Gobierno.
Ni la democracia pertenece a quienes han ganado las últimas elecciones.
Esta distinción elemental empieza a desaparecer cuando surge el liderazgo providencial: sin nosotros vendrá el desastre; sin mí ganarán los enemigos; mi permanencia resulta indispensable para proteger aquello que represento.
No.
En democracia nadie es imprescindible.
Quien hoy gobierna mañana puede perder.
Y eso no constituye una anomalía del sistema.
Eso es el sistema.
Las mismas reglas y la misma posibilidad de ganar
Hay una prueba muy sencilla para saber hasta qué punto creemos realmente en la democracia.
Imaginemos que mañana gobiernan nuestros adversarios.
¿Aceptaríamos que utilizaran contra nosotros las mismas facultades institucionales, interpretaciones de las leyes, mecanismos de presión y excepciones que hoy justificamos porque gobiernan los nuestros?
Si la respuesta es no, tenemos un problema.
Una democracia digna de ese nombre necesita las mismas reglas de juego y una posibilidad real de ganar y de perder para todos.
No puedo reclamar una regla cuando me beneficia y denunciarla como intolerable cuando beneficia al contrario.
Eso no es defender principios.
Es defender intereses.
La superioridad moral es una trampa
Naturalmente existen conductas mejores y peores, ideas más razonables que otras y hechos verdaderos y falsos. Defender que nadie es superior no significa caer en el relativismo ni afirmar que todas las opiniones valen lo mismo.
Significa algo distinto y mucho más importante:
ninguna certeza política convierte a quien la posee en un ciudadano superior.
Podemos combatir ideas sin deshumanizar a quienes las sostienen.
Podemos denunciar una mentira sin convertir al mentiroso en un ser sin derechos.
Podemos enfrentarnos políticamente con toda la dureza necesaria y, al terminar, reconocernos como ciudadanos iguales.
Eso es la concordia.
No consiste en estar de acuerdo.
Consiste en aprender a convivir estando en desacuerdo.
Nadie es más que nadie
Por eso igualdad, libertad, solidaridad y reciprocidad no deberían ser palabras decorativas.
La igualdad dice que mi voto y mi dignidad no valen más que los tuyos.
La libertad permite que tú pienses justamente aquello que yo combatiré con mis argumentos.
La solidaridad recuerda que seguimos formando parte de una comunidad incluso cuando discrepamos.
Y la reciprocidad establece una regla elemental: no reclames para los tuyos aquello que no aceptarías para los otros.
Frente al relato, los hechos.
Frente a la obediencia, el pensamiento crítico.
Frente a la trinchera, la convivencia.
Frente al dirigente imprescindible, instituciones fuertes.
Frente al «nosotros contra ellos», ciudadanos diferentes sometidos a las mismas reglas.
Y frente a cualquier izquierda, derecha, nacionalismo, populismo, élite o mayoría que alguna vez llegue a convencerse de que su supuesta superioridad le concede derechos que niega a los demás, una respuesta tan sencilla que hemos querido convertirla en canción:
Nadie es más que nadie.
Porque creerse superior no demuestra superioridad.
Demuestra que hemos empezado a olvidar la primera regla de una sociedad de ciudadanos libres:
nadie está por encima de nadie.
🎵 Nadie es más que nadie
Esta canción nace de esa convicción. No pretende decirnos qué debemos votar. Pretende recordar algo que deberíamos poder cantar juntos votemos a quien votemos.
Iguales y libres, caminemos.
Que pensar distinto no nos haga odiar.
Letra y concepto: José Antonio Parro Agudo
Música e interpretación generadas con Suno AI.

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