Cuando la etiqueta sustituye al argumento
Fascista, comunista, sionista… cuando las palabras dejan de explicar y empiezan a servir para señalar
He leído con interés «Posfascismo pragmático», el artículo de Lluís Uría en La Vanguardia sobre Giorgia Meloni y la crisis de Ceuta.
El artículo contiene datos interesantes y plantea preguntas que merecen discusión: ¿ha sido proporcionada la reacción italiana? ¿Existe una doble vara de medir entre los flujos migratorios que llegan por España y por Italia? ¿Está utilizando Meloni la crisis para competir electoralmente con fuerzas situadas a su derecha? ¿Qué responsabilidad corresponde a Marruecos?
Todo eso merece ser analizado.
Precisamente por ello resulta penoso que un artículo que puede sostenerse sobre hechos y argumentos recurra repetidamente a un vocabulario que recuerda demasiado al de agitación y propaganda:
«Posfascista». «Ultras». «Racista». «Xenófobo».
Desde otras trincheras encontramos el mismo procedimiento: «comunista», «bolivariano», «sionista», «facha», «rojo»…
Cambian las palabras. El mecanismo es el mismo.
Primero la etiqueta; después, el argumento
Las palabras tienen significado. El problema comienza cuando dejamos de utilizarlas para describir con precisión una realidad y empezamos a emplearlas para clasificar moralmente al adversario.
Si alguien ha sido previamente etiquetado como «fascista», parece que ya no necesitamos refutar sus argumentos: habla un fascista.
Desde la trinchera contraria sucede exactamente lo mismo con «comunista» o «bolivariano».
Y «sionista» puede acabar funcionando como explicación universal de cualquier comportamiento de Israel, de un israelí o incluso de un judío.
La etiqueta sustituye a la persona y termina sustituyendo al argumento.
El problema no tiene dueño ideológico
Sería muy fácil convertir esto en una crítica a la izquierda o a la derecha. Y estaríamos cayendo exactamente en aquello que criticamos.
Desde una trinchera se grita «¡fascista!».
Desde otra, «¡comunista!» o «¡bolivariano!».
Desde otra, «¡sionista!».
Son palabras muy eficaces para movilizar a quienes ya están convencidos y bastante menos útiles para comprender a quien discrepa.
Sirven para la propaganda.
Mucho menos para pensar.
Una prueba sencilla
Ante cualquiera de estas etiquetas podemos hacernos una pregunta:
¿Qué queda del argumento si quitamos el adjetivo?
Si después de eliminar «fascista», «comunista», «sionista», «ultra» o «bolivariano» siguen quedando hechos, datos y razonamientos sólidos, tenemos algo que merece ser discutido.
Si al retirar la etiqueta se derrumba el argumento, quizá nunca hubo argumento.
Solo había propaganda.

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