domingo, 15 de febrero de 2026

Manifiesto de bolsillo: Valores que nos unen (frente a la polarización)



Comparto este manifiesto breve como recordatorio de un suelo común en tiempos de polarización.
No busca uniformidad, sino convivencia.


  


MANIFIESTO DE BOLSILLO
Valores que nos unen
Frente a la polarización

La democracia no es uniformidad: es convivencia entre diferentes.

Pensar distinto no convierte al otro en enemigo.

La discrepancia es legítima; la deshumanización no.

Libertad: poder pensar, expresarse y vivir sin miedo ni imposiciones.

Igualdad: igualdad ante la ley y rechazo de privilegios.

Solidaridad: responsabilidad mutua dentro de una comunidad plural.

Reciprocidad: no exigir para uno lo que se niega a los demás.

El conflicto político es inevitable; el odio no lo es.

Defender valores comunes no implica renunciar a convicciones propias.

Sin un suelo compartido de respeto y dignidad, la política degenera en trinchera.


Idea central

La polarización comienza cuando olvidamos que antes que adversarios somos ciudadanos con igual dignidad y derechos.

                                                                                                                                  

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gaza y las guerras del siglo XXI

Violencia extrema, categorías jurídicas y el bloqueo político de la paz


Desde el 7 de octubre, la respuesta del gobierno de Benjamin Netanyahu a la agresión de Hamás ha sido, en términos políticos y morales, una sucesión de masacres contra población civil, con un coste humano inaceptable y una devastación sistemática de infraestructuras esenciales. Esta condena puede y debe formularse sin banalizar el término “genocidio”, que no es un adjetivo moral ni un arma retórica, sino una categoría jurídica cuya determinación corresponde a los tribunales internacionales.

En el debate público contemporáneo, “genocidio” se ha convertido con frecuencia en un sintagma de agitación y propaganda. Sin embargo, la gravedad de los hechos no necesita inflaciones semánticas para ser denunciada. Los datos disponibles —muertes de civiles, miles de niños fallecidos, destrucción masiva de viviendas, hospitales, redes de agua y energía— sitúan a Gaza entre los escenarios más destructivos de las guerras del siglo XXI, con independencia de cómo acabe calificándose jurídicamente el conjunto de los hechos.

Comparación con otras guerras del siglo XXI

Si se comparan los últimos episodios de Gaza con conflictos como Irak, Afganistán, Siria, Yemen o Ucrania, aparecen patrones comunes:

  • uso desproporcionado de la fuerza,

  • altísima mortalidad civil,

  • colapso de infraestructuras básicas,

  • y normalización del sufrimiento como daño colateral.

Pero Gaza presenta una singularidad agravante: la combinación de bloqueo prolongado, densidad extrema de población y ausencia de vías de escape convierte cada ofensiva en una catástrofe humanitaria concentrada, donde el margen de protección civil es prácticamente inexistente. Esto explica la magnitud del impacto sobre niños y población no combatiente, sin necesidad de recurrir a categorías jurídicas aún no determinadas.

El factor silenciado: Hamás como dictadura sangrienta

Un elemento central que suele omitirse en ciertos análisis es que Gaza está gobernada por una dictadura, Hamás, con prácticas abiertamente autoritarias y fascistoides: represión interna, eliminación del disenso, instrumentalización de la población civil y uso sistemático del martirio como herramienta política.

Pensar una solución de paz ignorando este hecho es una ilusión. El conflicto actual está retroalimentado por dos liderazgos extremos —Hamás y Netanyahu— cuya lógica política necesita la confrontación permanente. Ambos se legitiman mutuamente: uno mediante la resistencia armada sin límites, el otro mediante la seguridad convertida en guerra total. En este marco, la solución de dos Estados está materialmente bloqueada, no solo por la historia, sino por los actores que hoy detentan el poder.

El origen histórico: resoluciones incumplidas y negaciones iniciales

Es cierto, como recuerda el articulista de Espai Marx, que el conflicto no comienza el 7 de octubre. Pero también lo es que el ciclo de violencia estructural se activa con el rechazo a la Resolución 181 de la ONU. La negativa de los Estados árabes y de sectores palestinos a aceptar el plan de partición —impulsada en parte por liderazgos con simpatías filonazis— cerró tempranamente la vía de un reconocimiento mutuo que hubiera evitado décadas de guerra.

Frente a la narrativa simplificadora de “los judíos acababan de llegar”, conviene recordar un dato histórico incómodo: durante periodos del Imperio Otomano, la población judía fue mayoritaria en Jerusalén. Este hecho no legitima políticas actuales, pero desmonta relatos ahistóricos usados para justificar posiciones maximalistas.

Una conclusión incómoda

Defender hoy una solución pacífica es necesario y, a la vez, profundamente problemático. Con los datos sobre la mesa, no hay condiciones políticas reales para un acuerdo mientras los liderazgos dominantes operen con lógicas incompatibles con la paz. Señalar esta contradicción no es cinismo: es realismo moral.

Condenar las masacres, exigir responsabilidades penales cuando corresponda, rechazar tanto el terrorismo como la guerra total, y negarse a convertir conceptos jurídicos en consignas es, hoy, una posición minoritaria pero intelectualmente honesta. No garantiza la paz; al menos evita la degradación del lenguaje y del juicio moral


He desarrollado esta reflexión con datos y comparaciones en el ensayo completo aquí 👉


martes, 3 de febrero de 2026

Sobre la banalización del fascismo

 

La palabra fascismo se ha convertido en un comodín retórico: sirve para todo y contra cualquiera. Su uso indiscriminado en el debate político no solo empobrece el lenguaje, sino que debilita la capacidad de denunciar el fascismo real, el históricamente verificable.

Conviene empezar por una precisión básica: discrepar no es fascismo. El fascismo no es una opinión desagradable ni una posición política con la que no se está de acuerdo. El fascismo histórico —nazismo, fascismo italiano y regímenes afines del siglo XX— se definió por prácticas muy concretas, no por etiquetas.

Entre esas prácticas se encuentran: la violencia ejercida desde el Estado contra los individuos, la persecución política, la intimidación o captura del poder judicial, el disciplinamiento de los medios de comunicación, el despliegue de fuerzas paramilitares y la normalización de la violencia política. Pero el fascismo no solo reprime: también redefine legalmente qué es delito y qué no, de modo que la violencia afín al régimen deja de ser punible. Esto incluye amnistías selectivas, indultos, archivos sistemáticos o leyes ad hoc, un rasgo ampliamente documentado por la historia comparada de los regímenes autoritarios.

Por eso, en el debate público, la palabra “fascismo” debería reservarse para esos regímenes históricos o para sistemas que reproduzcan de forma integral ese modelo de poder. Cuando se utiliza para designar cualquier posición adversaria, el término pierde precisión, fuerza moral y capacidad de alarma democrática.

Esto no implica equidistancia ni relativismo. No se trata de decir que “todo es igual” ni de diluir responsabilidades. Al contrario: se trata de afinar la denuncia. Cuando aparecen comportamientos que reproducen aquellas prácticas —aunque quienes las ejerzan no se autodenominen fascistas e incluso se presenten como antifascistas—, el término adecuado no es fascismo en abstracto, sino prácticas fascistoides.

La denuncia debe dirigirse a los hechos y no al insulto. La analogía médica es clara: cuando acudimos al médico no decimos simplemente “estoy enfermo”; describimos los síntomas. Solo después, con datos, se llega al diagnóstico. En política democrática debería ocurrir lo mismo: identificar intimidación, censura, violencia normalizada, instrumentalización del poder o impunidad selectiva antes de aplicar etiquetas totales.

El abuso del término fascismo produce un efecto perverso: normaliza prácticas autoritarias al vaciarlas de contenido, y permite que quienes se proclaman antifascistas reproduzcan, sin rubor, comportamientos que históricamente fueron propios del fascismo.

Blanco y en botella: si todo es fascismo, nada lo es. Y cuando llegue de verdad, quizá ya no tengamos palabras para nombrarlo.

Lee la reflexión completa aquí



domingo, 8 de noviembre de 2015

Un déjà vu de manual FUDACIÓN PARA LA LIBERTAD 08/11/15 EDUARDO ‘TEO’ URIARTE

Un déjà vu de manual


FUDACIÓN PARA LA LIBERTAD 08/11/15 EDUARDO ‘TEO’ URIARTE


Cuando sectores políticos moderados aceptan conculcar la legalidad suelen acabar sobrepasados por los radicales que tienen al lado, que sólo esperaban devaneos o decisiones de esa naturaleza para acaudillar el proceso político abierto. Es bastante incomprensible la sorpresa que muchos analistas expresan ahora sobre la deriva de los acontecimientos en Cataluña porque es de manal que una vez abierta la puerta de la ruptura democrática la iniciativa fuera deslizándose hacia los que nunca han estado en ella, como es el caso de los de la CUP.

El denominado “procés”, en una Europa como la de ahora, y en una España como la de ahora, resulta de un surrealismo tal que ni siquiera es imaginable en un guión  de los Monty Python. Escena como la petición de dinero al Estado para las farmacias a la vez que se declara la independencia supera su comicidad. Apenas hay que esperar a la primera moción del Parlament, declarando ajena a toda legalidad exterior la nueva república catalana, para convertir el primer acto de su presidencia en una violación, al saltarse los plazos, del reglamento de su propio parlamento. Un proceso que se ha jactado por parte de sus promotores de democrático (por aquello de sacar a las masas a la calle, las urnas de cartón, y no haber padecido durante el mismo a un grupo terrorista), en su primer acto institucional fuerza el reglamento de la de la Cámara. Lo que nos lleva a contemplar de nuevo cómo la llamada al pueblo y el esencialismo democrático suele acabar en autoritarismo.

Quien espere límite en esta dinámica es un ingenuo, pues una vez iniciado no se trata sólo de una secesión, se trata de la arbitrariedad de los que se creen llamados a mandar. Es decir, finalizará, si se deja, en la dictadura que va previendo este tipo de actos. Luego, de no existir España y, por consiguiente, la intervención del Estado, tal vorágine acabaría con todos sus promotores en la plaza de la guillotina observados por los redactores de la Vanguardia, entre otros, haciendo calceta. Pasará tiempo, caerán cabezas (políticamente hablando), se cocerán en su salsa, y finalmente la plaza se llamará de la Concordia. Mientras más tiempo tarde el Estado español en intervenir peor lo van a pasar.

De momento, los que esperan que la situación se encauce mediante la racionalidad y el diálogo se van a sentir frustrados porque los protagonistas del “procés” están prisioneros de sus decisiones pasadas. Pues una vez que han levantado el telón sus actores se han encontrado en  una tragedia, aunque para el resto sea una farsa, de la que no hay manera de salir. Además, son nacionalistas, y sus propuestas no han sido nunca pensadas para el acuerdo y la convivencia, sino para la ruptura. Sólo queda esperar en la audiencia el efecto catártico del drama, los efectos de sus traumáticos errores.

Pero costará un tiempo. Porque  hasta los protagonistas de segunda fila, que creyeron que todo esto era para presionar a Madrit y sacar más, serán reticentes a reflexionar razonablemente. Es la actitud de una sociedad acomodada que no quiere ni imaginar errores en sus actos, ni la posibilidad de desastres, ni tener en cuenta riesgos –lo conocimos en Euskadi con el plan Ibarretxe, y lo seguimos viendo en la falta de reconocimiento social a las víctimas del terrorismo -, y que tiene que palpar con sus manazas las heridas causadas en el cuerpo social para ser conscientes del daño que ha posibilitado. Pero hay más, la complicidad en este disparate, incluso la indiferencia, se convierte en un elemento que evita que el individuo sea consciente del alcance de los hechos, y le haga capaz de superar el entusiástico gregarismo patriótico que le llevó a gritar independencia en masivas manifestaciones. Por el contrario, ostentará una exagerada sensibilidad ante cualquier decisión que adopte el Estado, aunque sepamos todos que de nos ser por los romanos la patria de Brian sería un caos. El buen e ingenuo catalán que votó secesión antes de sentirse culpable pasará mucho tiempo echando la culpa al otro, máxime cuando ha estado por ahí un tal Pedro Sánchez diciendo en todo momento quien es el culpable de todo.

Es tan cortita la frase en francés, dèjá vu, que resulta corta para analizar lo que ocurre en Cataluña. Todo esto ya pasó en los momentos revolucionarios, incluidas las revoluciones conservadoras, como en la Italia fascista, o en el proceso de triunfo del nazismo (no estaba descaminado Felipe), o en el levantamiento del Caudillo, alentado en sus inicios, entre otros, por insignes catalanistas. Estos procesos, especialmente si son reaccionarios, los propician gente de bien, que creen aprovecharse de los más radicales para enseguida verse en manos de ellos, incluso convirtiéndose a sus postulados. Es que, cuando se vulnera la legalidad  de forma sedicente por gente de la buena sociedad se sabe como empieza, y sólo saben, más o menos, cómo acaba los que han  leído algo. Aunque siempre viene el listo que dice “a mi eso no me va a pasar”.

Es cierto que el nacionalismo se apodera de las conciencias por su exaltación sentimental, su osadía, su capacidad de movilizar amplias masas, y también por el miedo. Un miedo no siempre reconocido por mucha gente que lo padece, que se convierte en un virus ambiental que desarma las conciencias. Incluso, además, es capaz de provocar dudas y temores en sus adversarios. “Si el Estado interviene la situación va a ser peor”, frase que tras el buenismo zapateril lo dice gente de izquierda que está dispuesta a cargarse el Estado de derecho, sin contemplar en ello nada malo, pero que se vuelve exquisitamente timorata cuando se trata de nacionalismos. Es generalizado el temor de provocar a los nacionalistas, ¿pero es que los nacionalistas pueden ir mucho más lejos?. Pues si, van a ir todo lo lejos que puedan montados en el caballo desbocado del “procés” si nadie lo para. Y por catalanismo, pues tantos años de convivencia nos permite a los españoles un cierto catalanismo –puesto que no es de recibo la división que el nacionalismo quiere imponer entre catalanes y españoles-, hay que parar la espiral nacionalista.

Se hizo la vista gorda con lo de Banca Catalana, para no provocar, y no sirvió para nada, salvo para que algunos se hicieran multimillonarios. Haciendo la vista gorda desde el Gobierno de Madrid en múltiples materias, que van desde el déficit presupuestario a las conculcaciones en el sistema educativo, se ha llegado a la declaración de secesión. El no provocarles se ha convertido en el arma del izquierdismo para dejar impune el golpe de estado en marcha. Deberíamos, el resto de los españoles, dejar de mirar nuestro entorno y volvernos un poco catalanistas, preocuparnos por esos compatriotas nuestros y sacarlos de su espiral sin salida. Porque, como dijo mi difunto compañero Onaindia ante el problema vasco, la libertad, la convivencia, la democracia frente al etnicismo, es España.

Ya sabemos que Rajoy no es Abraham Lincoln,  y que Sánchez no es Gordom Brown, pero a poco que colaboren entre si con la ayuda de esa figura en ascenso, con un discurso fresco a lo Churchill, que es Albert Rivera, el problema catalán, engrandecido por la ineficacia y oportunismo de nuestros anteriores políticos, se convertiría en un problema menor y con posibilidades de solución definitiva. Al fin y al cabo, el “procés” es una gran farsa convertida solo en tragedia por la irresponsabilidad política y falta de entereza constitucional. Esperamos a Rivera para otorgarle de nuevo entereza.

viernes, 30 de octubre de 2015

Teoría y práctica de la independencia, FÉLIX OVEJERO. El Pais

Teoría y práctica de la independencia

Mas nos tiene que contar en detalle cómo va a llegar a la independencia y su precio

El debate está abierto y, por supuesto, cabe abordar sus fundamentos. Algunos hemos dedicado libros a ello, pero, si me permiten una recomendación, busquen Secession, un clásico reciente escrito por un filósofo de procedencia marxista, Allen Buchanan. Su tesis es sencilla. El territorio político es un proindiviso, no una sociedad anónima. No es un contrato entre partes. Sevilla es tan mía como de un sevillano. O tan poco. Todo es de todos sin que nada sea de nadie en particular. Se decide en ese espacio jurídico, no se decide ese espacio. Mi propiedad es legítima porque existe previamente ese terreno común. Se vota dentro de las fronteras, no las fronteras. El “derecho” a la separación es, si acaso, derivado, respuesta a una violación sistemática de derechos básicos, como sucede con las colonias. La democracia resulta imposible si una minoría, en desacuerdo con las decisiones, amenaza con “marcharse con lo suyo”. Entonces la democracia rompe su vínculo con las decisiones justas y se convierte en un juego de amenazas. Lo podríamos llamar “el teorema de Marbella”: con una identidad compartida —que da el dinero— a prueba de carbono 14 y un “expolio fiscal” estratosférico, los marbellíes no pueden decidir que “se van con lo suyo”, porque, aunque dueños cada uno de su parcela, Marbella no es suya con independencia de una ley de todos y dentro de la cual cobra sentido hablar de mío y tuyo.
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El primer paso es que Mas vaya a las elecciones con la independencia por bandera
Eso sobre los fundamentos, pero ahora estamos en otra cosa, en una respuesta política a la iniciativa del nacionalismo. Quien se cargó el pacto fiscal fue Mas. El pacto fiscal no es una alternativa a la independencia cuando se nos dice que es el camino a la independencia. Si no estamos en lo mismo, no cabe discutir sobre fiscalidad. Y si estamos en lo mismo, entonces, entre todos, como conciudadanos, no como pueblos, nos ocupamos de la justicia distributiva —no de la solidaridad, que no somos una ONG— atendiendo al principio —de la Constitución española, que no de la venezolana— de que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”.
Es posible que, como respuesta política, en algún momento, debamos preguntar por la independencia. Una pregunta que por lo dicho, porque Cataluña, como territorio político, no es más mía que de Anasagasti —por mencionar a un manifestante del otro día en Barcelona—, debería hacerse a todos los españoles. De todos modos, quizá, en el orden de las cosas, haya que pasar por una consulta en Cataluña. Sobre eso, poco que añadir a lo escrito aquí mismo por Ruiz Soroa.
Pero ese sería el final de un largo recorrido. El primer paso es que Mas vaya a unas elecciones con la independencia por bandera. Sin subterfugios. Con la palabra exacta: independencia. Su guión es nuevo: sus votantes compraron una negociación y ahora les ofrece un drama. Es algo más que el truco fundante del nacionalismo: un conjunto de individuos (los nacionalistas) sostiene que otro conjunto de individuos (más numeroso) es una nación y que ellos son sus portavoces. Ahora nos dice que esos otros quieren irse de un país. Un mensaje que no admite presentaciones desdramatizadas. Mas nos tiene que contar en detalle cómo va a llegar a la independencia y su precio. Quizá los catalanes comiencen a reparar —los empresarios, ya avisan— que la fuente de sus problemas no es “Madrid”, sino sus dirigentes.
No solo Mas tiene que hablar. No está de más decirlo. Con frecuencia, ante las tesis nacionalistas, buena parte de nuestra clase política no pasa del “no estoy de acuerdo, pero las respeto”. Como si les preguntaran sobre el vegetarianismo. A nadie se le ocurriría responder lo mismo a cuenta del sexismo. Si uno está en contra de algo, lo que hace es combatirlo en buena ley democrática. Tampoco vale, ahora menos que nunca, esa actitud intimidada que lleva a tantos a no opinar sobre lo que pasa en otra parte de España. Personas capaces de manifestarse en contra de remotas injusticias se callan ante el temor de que les digan que “no se metan en nuestras cosas”. Se han de escuchar todas las voces, no ya porque seguimos hablando de redistribución de riqueza entre conciudadanos o de vetos que rompen la igualdad en el mercado de trabajo, sino porque se trata del marco político de todos. Y su ruptura tendrá consecuencias en la vida de todos.
El cuento de que todo seguirá como si tal cosa es una patraña más de los nacionalistas
Pero hay otras razones para que todos hablen. En esas elecciones votaremos los catalanes, pero antes de hacerlo nos importa saber qué estamos decidiendo, qué nos jugamos. Algo que no depende de nosotros. Y Mas no puede contestar a las preguntas importantes, que no son que si ejército o Barça, sino qué pasará con las empresas españolas, los mercados, las pensiones, los funcionarios del Estado, nuestros ahorros, la financiación de nuestras empresas y mil cosas más. Mas nos dirá que la vida sigue igual. Pero nos mentirá. Lo que pueda venir después de una separación no depende de sus fantasías. No se ve por qué quienes tanto nos malquieren, tras un desgarro de tal magnitud, van a estar deseando amistar en una confederación. El cuento de que todo seguirá como si tal cosa es una patraña más de los nacionalistas. Por ejemplo, cuando les preguntan por la Unión Europea. En esto, al menos, Pujol ha sido sincero. Estaremos fuera.
Esto se ha puesto serio y ya nada va a ser igual. Mas se ha metido en un fangal y si encalla, no puede pretender que, al final, todo sea como antes. Ya no cabe el equilibrismo. Es posible que los nacionalistas intenten una nueva pirueta, pero es cosa de todos —un debate nacional— recordarles que ellos han dibujado un dilema en el que no hay terceras vías ni marcha atrás. Que nadie se engañe, la situación actual no es resultado de ningún agravio, sino de una estrategia de muchos años con la independencia como chantaje latente. Sin tregua, porque, alimentada de su propio éxito, el resultado siempre era el mismo: tan ofendidos como antes y los demás preguntándonos qué habíamos hecho. Una meditada ingeniería social consentida por todos ha permitido levantar una sociedad de ficción. Así ha sido posible que aceptáramos delirios como que los catalanes no puedan escolarizarse (también) en su lengua mayoritaria y común. Ahora Mas ha dado por terminado el juego. Bien, le tomamos la palabra. A las elecciones sin ambigüedades. A sabiendas, eso sí, de que al día siguiente nada volverá a ser igual. Entre todos discutiremos esto y discutiremos todo. Desde el principio.
Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Su último libro publicado es La trama estéril  (Montesinos)

jueves, 22 de octubre de 2015

Cataluña:mitos y emociones magnífico articulo de Laura Freixas

Buen argumentario:

Cataluña: mitos y emociones

El soberanismo ha conseguido activar una serie de estereotipos que suscitan adhesión


Estas elecciones son como enamorarse”, aseguraba en Twitter la escritora catalana Bel Olid refiriéndose al 27-S. “No sabes cómo acabará, pero ya te ha cambiado la vida”.

Unanimidad. Uno de los eslóganes centrales del procés es un sol poble.¿Afirmación o ideal? Si afirmación, es falsa: no votan lo mismo, ni mucho menos, el interior y la costa, hablantes de catalán y castellano, el campo y el cinturón industrial. Ante tales diferencias, ¿qué propone el soberanismo? ¿Respetarlas, dialogar?... No parece: como ideal, un sol poble apunta a una homogeneidad imaginaria en la que, de todas las identidades posibles (género, clase social, origen étnico…), solo hay una, la catalana, dotada de significado y de derechos.La definición es excelente. Igual que el amor romántico activa unos estereotipos que son falsos, pero cuyo atractivo emocional los hace irresistibles, también el soberanismo se sustenta en mitos consoladores y que suscitan adhesión. Básicamente, cuatro:
Continuidad. Es muy marcada en el soberanismo la idea de una continuidad histórica. Hay quien dice votar “por los muertos” de 1936-1939 o 1714; otros aseguran hacerlo por sus nietos, a los que llevan a la Diada envueltos en banderas… En realidad, ni los derrotados de 1714 ni la mayoría de los republicanos luchaban por la independencia de Cataluña, y en cuanto a las niñas y niños, ignoramos su voluntad política futura. Pero es tan tranquilizadora esa idea de una comunidad milenaria, impermeable a los avatares históricos, unida en el amor (la independencia, oí decir en una tertulia, “es como formar una nueva familia con gente que se quiere”), sin conflictos generacionales (ni de ningún tipo), respaldada por un presunto mandato de la Historia y con el plus de emotividad (tan fácil de confundir con legitimidad) que aportan “héroes” y “mártires”…, que no es extraño que despierte entusiasmo.
Superioridad. Cataluña “ha amado a pesar de no ser amada”, recibiendo a cambio “menosprecio”; pero es tan bondadosa que el despreciador “nos va a encontrar siempre con la mano tendida, ajenos a todo reproche”. Parece una fotonovela, pero es un artículo del president (A los españoles, EL PAÍS, 6-9-15). La visión de Cataluña como un pueblo superior y por eso mismo perseguido con saña ha calado a fondo estos últimos tiempos. Aparece en el artículo de Mas, que califica la sociedad catalana de “racional, productiva, libre, justa” (a diferencia, hay que sobreentender, del resto de España), o en la declaración de soberanía del Parlament, donde leemos que ya en el siglo XIII Cataluña defendía “la igualdad de oportunidades” (un portento: socialdemocracia en pleno feudalismo), y la remachan día a día innumerables columnistas con un mensaje simple y eficaz: nosotros somos dignos, valientes, pacíficos, demócratas, “estamos dando una lección al mundo”…; ellos (España, toda en el mismo saco) son autoritarios, cínicos, ladrones: “nos roban”, “nos maltratan”, “nos humillan”, “no nos quieren”, “solo quieren nuestro dinero”... Se divulga una versión de la Historia según la cual los catalanes nunca participaron, salvo como víctimas, en nada reprobable: guerras, franquismo, discriminación, explotación económica del prójimo…; no hubo ni hay otra cosa que “España contra Cataluña”.

El nuevo independentismo no teme a nada, y menos que nada a la cursilería
Ilusión. Desde el principio, este nuevo independentismo surgido en los últimos años se ha presentado como “de buen rollo”, “pacífico, festivo” y lleno de “ilusión”, despachando cualquier crítica como “campaña del miedo”. Ahora, esos soberanistas que como hemos visto no temen a nada, y menos que nada a la cursilería, hablan de “la revolución de las sonrisas”. Con una sonrisa, desobedecen las leyes que juraron cumplir y hacer cumplir; con una sonrisa, celebran su propia “victoria incontestable” en lo que según ellos era un plebiscito y en el que sus candidaturas sumaron menos del 48% de los votos; con una sonrisa, tildan al que tiene cualquier otro proyecto político de “mal catalán” y “traidor a la patria”; con una sonrisa acosan al disidente, le insultan, le amenazan.
El problema para quienes, desde la izquierda, nos oponemos a la secesión de Cataluña (porque pensamos que crea más problemas de los que resolvería y que es una cortina de humo para que sigan mandando, sin siquiera rendir cuentas, los de siempre), es que operamos solo con la razón, en un terreno de juego donde lo que cuenta y se maneja son mitos y emociones. Y como amargamente nos enseña la historia, la batalla de las emociones la gana fácilmente el patrioterismo.
Laura Freixas es escritora. Su último libro publicado es Una vida subterránea. Diario 1991-1994 (Errata Naturae).