viernes, 9 de octubre de 2026

La libertad no es que te dejen....

 


La libertad no consiste en que nos dejen ser libres

Una reflexión a partir del artículo de Félix Ovejero «La superioridad moral de los liberales de trinchera»

Félix Ovejero ha sido y sigue siendo uno de mis referentes intelectuales. No porque comparta necesariamente todas sus conclusiones, sino porque encuentro en su pensamiento una exigencia que considero fundamental: las ideas deben someterse a la razón y los principios deben aplicarse también cuando sus consecuencias nos incomodan.

Su reflexión sobre la libertad me parece especialmente oportuna en unos tiempos en los que esta palabra se utiliza con frecuencia como una bandera política, sin detenerse demasiado en lo que significa.

¿De qué libertad hablamos?

Durante mucho tiempo he considerado la libertad, la igualdad y la solidaridad principios inseparables. No porque sean idénticos ni porque carezcan de tensiones entre sí, sino porque cada uno pierde buena parte de su sentido cuando prescindimos de los otros.

¿Qué libertad tiene quien formalmente puede elegir, pero materialmente carece de posibilidades reales para hacerlo? ¿Y qué igualdad puede existir cuando alguien tiene capacidad para imponer arbitrariamente su voluntad sobre los demás?

Ovejero introduce aquí una distinción que considero decisiva: no basta con que nadie interfiera en nuestra vida; es necesario que nadie tenga el poder de hacerlo arbitrariamente.

Es la concepción republicana de la libertad como ausencia de dominación.

Un trabajador puede disfrutar de buenas condiciones mientras su empresario quiera mantenerlas. Pero si depende enteramente de su voluntad, su libertad es precaria. Lo mismo sucede con una mujer cuya autonomía depende de la benevolencia de su pareja, o con cualquier ciudadano sometido al capricho de una autoridad.

No se trata solamente de cómo se ejerce el poder, sino también de qué límites tiene.

La ley puede liberar, pero también oprimir

Este es otro aspecto importante del artículo.

Hay quienes presentan cualquier intervención del Estado como una amenaza a la libertad. Sin embargo, las leyes que impiden la explotación infantil, protegen frente a la discriminación o limitan los abusos del poder económico no necesariamente restringen la libertad: pueden ampliarla para quienes carecían de ella.

Pero también debemos reconocer el peligro contrario.

Que una ley se apruebe democráticamente no significa que sea necesariamente justa ni que respete la libertad individual.

Una mayoría tampoco adquiere por ser mayoría el derecho a decidir arbitrariamente cómo deben pensar, expresarse o vivir las minorías.

Por eso me parece tan importante que Ovejero cuestione tanto el liberalismo que identifica la libertad con la ausencia de restricciones como las concepciones colectivistas que pretenden realizar al individuo mediante su subordinación a una identidad o comunidad.

Mi rechazo al autoritarismo no depende de que quien lo ejerza se proclame liberal, socialista, nacionalista o revolucionario.

Los principios se ponen a prueba cuando nos incomodan

Probablemente este sea el aspecto del artículo que más conecta con mis propias reflexiones.

Ovejero denuncia la contradicción de quienes proclaman principios absolutos para después relativizarlos cuando entran en juego sus intereses o afinidades políticas.

Y creo que esta observación tiene un alcance mucho mayor que la crítica a determinados liberales.

También afecta a quienes defendemos la igualdad, la solidaridad o los derechos humanos.

No podemos denunciar la arbitrariedad cuando procede de nuestros adversarios y justificarla cuando la ejercen quienes consideramos próximos.

No podemos defender la libertad de expresión únicamente para las opiniones que compartimos.

Ni reclamar el respeto al derecho internacional cuando protege a quienes apoyamos y relativizarlo cuando limita las actuaciones de nuestros aliados.

Esto no significa ignorar las circunstancias ni renunciar a valorar las consecuencias de nuestras decisiones. Significa que las excepciones necesitan razones, no simplemente afinidades.

El peligro de las etiquetas

Aquí encuentro una cuestión sobre la que he reflexionado muchas veces: la sustitución del argumento por la descalificación.

Ovejero habla de los «liberales de trinchera», aquellos que convierten la palabra libertad en una especie de escudo contra cualquier crítica.

Pero tampoco deberíamos convertir esa caracterización en una condena del liberalismo en su conjunto.

Sería incurrir precisamente en el error que tantas veces he criticado: confundir la parte con el todo.

Existe una tradición liberal comprometida con los derechos individuales, el pluralismo y la limitación del poder, de la que también podemos aprender. Del mismo modo, existen tradiciones socialistas que han defendido la emancipación y otras experiencias históricas que han desembocado en regímenes autoritarios.

No es la etiqueta lo que determina el valor de una posición, sino sus argumentos, sus prácticas y sus consecuencias.

Nadie es más que nadie

Al terminar el artículo vuelvo a una convicción que intento mantener en mis reflexiones: nadie es más que nadie.

No significa que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que todas las conductas merezcan idéntica consideración. Significa que ninguna persona posee, por su identidad, ideología, creencias o posición social, un derecho superior al de las demás a vivir en libertad y con dignidad.

La libertad no debería ser un privilegio concedido por quienes tienen poder, ni la igualdad una excusa para imponer uniformidad.

Y la solidaridad no debería convertirse en la obligación de pensar como aquellos con quienes compartimos una causa.

La libertad necesita límites al poder, garantías jurídicas y condiciones materiales que permitan ejercerla. La igualdad exige que esas garantías alcancen a todos. Y la solidaridad nos recuerda que la libertad ajena también nos concierne.

Quizá el valor más profundo de la reflexión de Ovejero sea recordarnos que la libertad no consiste en que el poderoso nos permita ser libres, sino en que nadie tenga el poder arbitrario de decidir sobre nuestra libertad.

Y añadiría una exigencia personal: antes de denunciar la arbitrariedad de los demás, deberíamos preguntarnos si estamos dispuestos a reconocerla cuando procede de los nuestros.

Porque los principios se ponen a prueba, precisamente, cuando nos incomodan.

jueves, 8 de octubre de 2026

Mari Carmen: cuando una tragedia se convierte en consigna


He visto un cartel convocando una concentración por la muerte de Mari Carmen. Sobre su fotografía aparecen dos afirmaciones:

«El rentismo mata».

«No son muertes, son asesinatos».

Me ha producido tristeza y también indignación.

Mari Carmen tenía 87 años. Fue desahuciada el 23 de septiembre de la vivienda en la que había vivido durante más de setenta años, salió en camilla y permaneció hospitalizada hasta su fallecimiento.

Su historia merece respeto, solidaridad con quienes la querían y, sobre todo, un análisis serio de cómo una persona vulnerable puede llegar a una situación semejante.

Pero precisamente por respeto a ella deberíamos preguntarnos:

¿qué sabemos realmente y qué estamos convirtiendo en relato?

¿UN ASESINATO?

Es perfectamente legítimo preguntarse si el largo conflicto, la incertidumbre y finalmente el desahucio pudieron agravar su estado de salud.

Pero de ahí a afirmar «no son muertes, son asesinatos» existe un salto enorme.

¿Quién asesinó a Mari Carmen?

¿El propietario?

¿El juez?

¿Las administraciones?

¿El denominado «rentismo»?

Una tragedia puede indignarnos profundamente sin necesidad de transformarla en un delito que nadie ha demostrado.

Una injusticia no necesita llamarse asesinato para ser injusta.

Y una conjetura, por plausible que nos parezca, no se convierte en hecho porque la escribamos con letras grandes sobre una fotografía.

¿Y QUÉ SIGNIFICA «EL RENTISMO MATA»?

También conviene preguntarlo.

¿Es rentismo que una gran sociedad acumule viviendas buscando maximizar su rentabilidad?

¿Y lo es exactamente igual que una persona que ha trabajado toda su vida alquile una segunda vivienda para complementar su jubilación?

Si metemos ambas realidades en el mismo saco volvemos a un problema que he señalado muchas veces:

confundir la parte con el todo.

En mis dos artículos anteriores —Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social y Vivienda (II): cuando las buenas intenciones no bastan— no he defendido los abusos, ni la especulación, ni abandonar a nadie a su suerte.

He defendido algo bastante distinto:

la protección social debe financiarse socialmente y las políticas deben juzgarse también por sus consecuencias.

TODAS LAS RESPONSABILIDADES

El caso de Mari Carmen obliga a preguntar por las responsabilidades de la propiedad y de las administraciones.

Pero un análisis completo tampoco debería borrar las decisiones de la propia Mari Carmen.

Durante el proceso se le ofrecieron distintas alternativas de alojamiento. Ella rechazó algunas porque quería conservar su autonomía y continuar viviendo en una vivienda, no en una residencia.

Su decisión resulta perfectamente comprensible.

Pero también forma parte de los hechos.

¿Tenía derecho a querer seguir viviendo autónomamente?

Naturalmente.

¿Significa eso que cualquier alternativa que no coincidiera exactamente con su deseo debía considerarse inexistente?

¿Hasta dónde llega la obligación pública de proporcionar una solución digna y hasta dónde alcanza la capacidad de elección de quien la recibe?

Reconocer la vulnerabilidad de una persona no significa negarle su capacidad de decidir.

Y preguntarnos por sus decisiones no significa responsabilizarla de su muerte.

Significa negarnos a construir un relato en el que toda la responsabilidad de una situación compleja recaiga necesariamente sobre un único culpable.

LA PREGUNTA IMPORTANTE

Quizá el caso de Mari Carmen debería llevarnos menos a buscar consignas y más a formular preguntas.

¿Por qué las administraciones no disponían de una alternativa habitacional adecuada con suficiente antelación?

¿Por qué tenemos una oferta tan insuficiente de vivienda asequible?

¿Qué políticas pueden aumentar esa oferta?

¿Y cuáles, aunque nazcan con las mejores intenciones, pueden hacer que los propietarios sean más reacios a alquilar precisamente a quienes ofrecen menos garantías?

Porque si una regulación termina reduciendo la oferta de alquiler, los primeros perjudicados probablemente no serán quienes tengan una buena nómina y estabilidad laboral.

Serán precisamente los más vulnerables.

No se trata de elegir entre propietarios e inquilinos.

Ni entre mercado y protección social.

Se trata de conseguir que una política destinada a proteger al vulnerable no termine haciéndole todavía más difícil encontrar una vivienda.

RESPETO, NO UTILIZACIÓN

La muerte de Mari Carmen merece duelo y reflexión.

Pero creo que la respetamos más preguntándonos seriamente qué falló que convirtiéndola en la demostración automática de una teoría previamente elegida.

Una muerte no demuestra por sí sola una teoría económica.

Una conjetura no es un hecho.

Y una tragedia humana no debería necesitar la palabra «asesinato» para conmovernos.

Busquemos responsabilidades, por supuesto.

Pero todas.

Y, sobre todo, busquemos soluciones que permitan que mañana haya menos personas vulnerables buscando desesperadamente una vivienda y más viviendas disponibles para ellas.

Porque esa sería, probablemente, una respuesta mucho más útil que cualquier consigna.










lunes, 5 de octubre de 2026

Entre relatos y hechos

León Felipe escribió sobre los cuentos con los que intentamos explicar la vida. Muchos años después, aquellos cuentos siguen entre nosotros. Ahora los llamamos relatos.

Esta canción nace de una idea sencilla: entre el relato y las creencias, los hechos.

León Felipe y los cuentos

El punto de partida está en el poema «Sé todos los cuentos», de León Felipe. En él, el poeta habla de esos cuentos que nos acompañan desde la infancia y con los que tratamos de explicarnos el mundo, el miedo, el dolor y la propia existencia.

Dice León Felipe:

«Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.»

Quizá hayan cambiado las palabras, pero no tanto el mecanismo. Antes hablábamos de cuentos; hoy hablamos de relatos. Relatos políticos, históricos, nacionales, ideológicos o personales que nos ayudan a interpretar la realidad, pero que también pueden acabar ocultándola.

De ahí nace la canción Entre relatos y hechos.

No pretende decir que podamos vivir sin relatos ni creencias. Todos los tenemos. La cuestión es otra: qué hacemos cuando los hechos contradicen aquello que creemos.

Porque una idea no se vuelve verdadera por ser nuestra, ni un hecho deja de serlo porque nos incomode.

Por eso el estribillo insiste:

Entre el relato y las creencias,
los hechos, los hechos.

Y quizá ahí esté también la mejor defensa frente a la polarización: conservar la capacidad de dudar, contrastar y rectificar.

Letra José Antonio Parro  Música creada con IA (Suno). Imágenes y montaje realizados con herramientas de inteligencia artificial.

Vivienda (II): cuando las buenas intenciones no bastan


 

Vivienda (II): cuando las buenas intenciones no bastan

Hace apenas unos días publiqué en La Réplica Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social.

Los acontecimientos posteriores, y en particular el debate y posterior derogación en el Congreso de los dos recientes decretos sobre vivienda, me llevan a completar aquella reflexión. BOE

No porque el problema de la vivienda sea menor.

Precisamente porque es demasiado grave para conformarnos con medidas que suenan bien sin preguntarnos qué consecuencias pueden producir.

Una política pública no debe juzgarse solamente por la bondad de su intención, sino también por sus resultados.

PROTEGER, SÍ. PERO ¿CÓMO?

Hay objetivos de algunas de las medidas debatidas que me parecen perfectamente comprensibles.

Evitar que una persona verdaderamente vulnerable termine en la calle sin alternativa habitacional.

Dar estabilidad a quien lleva años pagando regularmente su alquiler.

Impedir que los contratos temporales sean utilizados fraudulentamente para eludir las garantías del alquiler habitual.

Todo eso merece ser considerado.

Pero inmediatamente aparece una pregunta:

¿quién debe asumir el coste de esa protección?

¿El conjunto de la sociedad, a través de los poderes públicos?

¿O el ciudadano concreto que resulta ser propietario de la vivienda?

No es una diferencia menor.

El derecho a la vivienda exige políticas públicas capaces de hacerlo efectivo. Si una familia necesita protección, la sociedad debe proporcionársela mediante vivienda pública, ayudas, alojamiento alternativo o los instrumentos que correspondan.

Trasladar esa responsabilidad al propietario particular puede resolver temporalmente una emergencia.

Pero ¿soluciona realmente el problema?

NO CONFUNDAMOS LA PARTE CON EL TODO

En este debate aparece con frecuencia una imagen: frente al inquilino vulnerable estaría el gran propietario, el fondo de inversión, «el capital».

Es una realidad que existe.

Pero no es toda la realidad.

Según el Banco de España, cerca del 90 % de los propietarios de viviendas alquiladas son particulares. Y, entre esos arrendadores particulares, el 76,1 % tiene una sola vivienda en alquiler y otro 15 % tiene dos. Banco de España

Por tanto:

¿Tiene sentido pensar la regulación como si el propietario habitual fuera siempre un gran tenedor?

¿Estamos otra vez confundiendo la parte con el todo?

Un pequeño propietario también puede abusar de una situación de escasez y pedir un precio desproporcionado. Naturalmente.

Pero reconocerlo no convierte automáticamente a millones de pequeños propietarios en responsables del problema estructural de la vivienda.

ESTABILIDAD PARA EL INQUILINO, PERO ¿CON QUÉ EFECTOS?

Uno de los decretos recientemente rechazados pretendía que, transcurridos los cinco años mínimos de un contrato —siete cuando el propietario fuese una persona jurídica—, este pudiera prorrogarse por nuevos periodos sucesivos de cinco o siete años salvo que alguna de las partes manifestara su voluntad de no continuar. BOE

La finalidad parece razonable:

dar estabilidad al inquilino.

Pero debemos hacer también la siguiente pregunta:

¿esa regulación hará que haya más propietarios dispuestos a ofrecer viviendas en alquiler estable o menos?

Porque una política puede proteger mucho a quienes ya están dentro y, al mismo tiempo, dificultar la entrada de quienes todavía buscan vivienda.

Si un propietario percibe que alquilar implica perder durante muchos años una capacidad razonable de decisión sobre su vivienda, puede optar por no alquilarla, venderla o buscar otras fórmulas.

No afirmo que necesariamente vaya a ocurrir siempre.

Lo que digo es algo mucho más sencillo:

hay que estudiar esa posibilidad antes de legislar.

Porque, si disminuye la oferta de viviendas en alquiler, ¿quién estará en mejores condiciones de conseguir las que queden?

Probablemente quien presente la mejor nómina, más estabilidad laboral y mayores garantías.

¿Y quién puede quedar fuera?

Precisamente el joven, la familia con pocos ingresos o la persona vulnerable a la que pretendíamos proteger.

Ahí aparece una de las paradojas de las políticas bienintencionadas:

pueden terminar perjudicando a quienes pretendían beneficiar.

CONTROLAR PRECIOS NO CREA VIVIENDAS

Podemos limitar una renta.

Podemos congelarla.

Podemos prolongar un contrato.

Podemos proteger temporalmente a quien no puede abandonar una vivienda.

Pero ninguna de esas decisiones crea por sí misma una vivienda nueva.

Y España tiene un problema importante de oferta.

La OCDE señala que entre 2022 y 2024 se concedieron permisos para unas 345.000 viviendas, mientras en ese mismo periodo se crearon aproximadamente 604.000 hogares. Además, el alquiler social representa apenas alrededor del 3 % del parque de vivienda. OECD

La misma OCDE advierte de que las políticas dirigidas únicamente a la demanda tienen una eficacia limitada si no van acompañadas de un aumento de la oferta, y recuerda experiencias en las que los controles de renta redujeron la vivienda disponible para alquiler habitual. OECD

Por eso deberíamos preguntarnos:

¿qué habrá cambiado dentro de cinco o diez años?

¿Habrá más viviendas disponibles?

¿Habrá aumentado sustancialmente el parque público de alquiler?

¿Se habrá construido allí donde realmente existe demanda?

¿Se habrán agilizado el suelo, las licencias y los procedimientos administrativos?

¿O seguiremos intentando repartir de otra manera una oferta que continúa siendo insuficiente?

NO TODAS LAS MEDIDAS SON IGUALES

Tampoco quiero caer en el extremo contrario.

Regular no significa necesariamente perjudicar el mercado.

Combatir contratos temporales fraudulentos puede ser razonable.

Ofrecer ventajas fiscales al propietario que reduzca voluntariamente el alquiler puede ser una herramienta útil.

Proteger a una familia ante una emergencia social es una obligación de una sociedad decente.

Y, naturalmente, deben existir mecanismos contra los abusos.

La cuestión no es elegir entre regular o no regular.

La cuestión es analizar cada medida y preguntar:

¿funciona?

¿Aumenta o reduce la oferta?

¿Quién paga su coste?

¿Produce efectos distintos de los que pretendíamos?

¿Tenemos datos y experiencias que permitan evaluarla?

LA PROTECCIÓN SOCIAL DEBE FINANCIARSE SOCIALMENTE

Para mí esta es una de las claves.

Si decidimos como sociedad que ninguna persona vulnerable debe quedarse sin techo, estoy de acuerdo.

Pero entonces debemos asumir colectivamente esa decisión.

La protección social debe financiarse socialmente.

No puede consistir simplemente en determinar qué ciudadano particular tendrá que soportar el coste de una política pública insuficiente.

Si una familia no puede pagar su vivienda, necesitamos una solución para esa familia.

Pero también debemos preguntarnos:

¿por qué esa responsabilidad debe recaer exclusivamente sobre la persona que casualmente es propietaria de la vivienda en la que reside?

Una política social sólida necesita recursos públicos, vivienda pública y mecanismos de ayuda financiados por el conjunto de la sociedad.

De otro modo podemos estar ocultando una carencia pública trasladándola de un ciudadano a otro.

LAS BUENAS INTENCIONES NO BASTAN

En mi artículo anterior defendía una idea:

seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

Después de este debate añadiría otra:

las buenas intenciones no garantizan buenos resultados.

Por eso, ante cualquier nueva medida sobre vivienda, deberíamos acostumbrarnos a formular algunas preguntas:

¿Aumentará o reducirá las viviendas disponibles?

¿Quién soportará realmente su coste?

¿Protege al vulnerable hoy pero puede dificultarle encontrar vivienda mañana?

¿Qué ha ocurrido allí donde se han aplicado medidas semejantes?

¿Existe una alternativa pública suficiente?

¿Cómo comprobaremos dentro de unos años si funcionó?

Estas preguntas no son contra los inquilinos.

Tampoco son a favor de los propietarios.

Son preguntas para intentar que las políticas funcionen.

Porque las personas que hoy tienen dificultades para acceder a una vivienda no necesitan solamente nuestra solidaridad ni nuestras buenas intenciones.

Necesitan soluciones que funcionen.

martes, 29 de septiembre de 2026

El odio y el amor como ceguera política


 

Por qué la pasión política no necesita pruebas, solo bandos

Entre el sentimiento y el juicio, la distancia que nos protege

Hay una vieja intuición que atraviesa casi todas las reflexiones que he publicado en La Réplica: el amor es ciego. Platón ya lo escribió en Las Leyes: quien ama se equivoca al juzgar lo amado.

Pero quizá haya que dar un paso más: el odio también ciega.

Y en política, donde el amor se llama lealtad y el odio se llama causa, esa ceguera deja de ser un asunto privado.

Ciegos o tuertos

Conviene distinguir dos grados.

El ciego no ve nada que contradiga su sentimiento.

El tuerto sí ve, pero con un solo ojo. Y quien ve con un solo ojo pierde algo esencial: la profundidad, la capacidad de calcular distancias y proporciones.

La segunda imagen me parece más certera. Casi nadie ignora los hechos por completo. Lo que hacemos es seleccionarlos: abrimos el ojo ante lo que confirma nuestro afecto o nuestra aversión y cerramos el otro ante lo que lo desmiente.

La psicología lo llama sesgo de confirmación.

Yo prefiero llamarlo ser tuerto voluntario.

Lo que hacen el amor y el odio con los hechos

Ambos sentimientos comparten el mismo mecanismo:

Filtran. Al que amo le perdono lo que al otro le condenaría. Al que odio le encuentro mala fe hasta en los gestos neutros.

Blindan. Ninguna prueba en contra hace mella, porque el sentimiento no se apoya en pruebas: las fabrica a su medida.

Simplifican. Unos son todo virtud; los otros, todo vicio. Y desaparecen los matices, que son precisamente lo más abundante de la realidad humana.

Dispensan de la autocrítica. Quien ama u odia con intensidad se siente moralmente legitimado. Y quien se siente legitimado deja de revisarse.

Spinoza lo entendió muy bien: las pasiones nos hacen padecer, es decir, nos hacen depender de causas que no comprendemos.

El amor político: cuando el líder sustituye al criterio

Ya lo escribí en «Nadie es más que nadie»: en democracia nadie es imprescindible.

Pero el amor político se resiste a esa idea.

Cuando la adhesión a una persona, un partido o una causa se vuelve incondicional, ocurre algo muy concreto: justifico hoy lo que condenaría ayer si lo hubiera hecho el adversario.

Ahí se pierde el criterio mismo de justicia, que exige la misma vara para todos.

Por eso la prueba del cambio de protagonista me parece tan útil. Es, en el fondo, un test de visión binocular: obliga a abrir el ojo que teníamos cerrado.

El odio político: cuando el adversario se convierte en enemigo

Carl Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Su tesis es discutible y sus consecuencias históricas fueron nefastas, pero describe con crudeza una dinámica real.

Cuando el adversario se convierte en enemigo, deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser alguien a quien se elimina, moral o, en los casos extremos, físicamente.

El odio deshumaniza.

Y lo que se deshumaniza puede maltratarse sin remordimiento.

Es la lógica que denuncié en «Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo»: una opinión termina definiendo a la persona entera, y la discrepancia se transforma en identidad.

El círculo vicioso de la polarización

Amor y odio se alimentan mutuamente.

El odio al otro refuerza el amor al propio bando. El amor al propio bando exige un enemigo al que oponerse.

Cada bando confirma en el otro los defectos que ya había decidido ver. La moderación se interpreta como traición. El matiz, como debilidad.

Y así llegamos a una paradoja incómoda: quien más odia a un adversario suele ser quien mejor lo alimenta.

Por qué resulta socialmente alarmante

Hay tres razones que hacen especialmente preocupante este fenómeno.

Es contagioso. Las emociones intensas se propagan en grupo más rápido que los argumentos. Las redes sociales, que premian la indignación y el fervor, funcionan como amplificadores de ambas pasiones.

Es rentable. Movilizar con odio o con fervor es más fácil que persuadir con razones. Existe, por tanto, un incentivo para quienes buscan poder de cultivar esas pasiones en lugar de templarlas.

Es difícil de detectar desde dentro. Precisamente porque ciega, quien la padece no percibe su ceguera. Cada uno se cree el único que ve con claridad.

Un matiz necesario: no se trata de no sentir

Sería un error concluir que la política debe carecer de pasión.

Sin indignación ante la injusticia y sin amor al bien común no habría reformas ni causas nobles.

Max Weber lo formuló con precisión: la política exige pasión, sentido de la responsabilidad y mesura, ese «ojo certero» para mantener la distancia con las cosas y con las personas.

El problema no es sentir.

El problema es que el sentimiento sustituya al juicio en lugar de acompañarlo.

Algunas preguntas para abrir los dos ojos

¿Aplicaría la misma severidad a los míos que a los ajenos?

¿Qué hecho tendría que ocurrir para que cambiara de opinión sobre esta persona o este partido?

¿Estoy discutiendo lo que ha dicho o clasificando a quien lo ha dicho?

¿Puedo describir la mejor versión del argumento contrario?

¿Pensaría lo mismo si lo hubieran hecho los otros?

Si no encuentro respuesta a alguna de ellas, quizá no esté viendo con los dos ojos.

Ver con los dos ojos

El amor y el odio, cuando se vuelven absolutos, comparten un mismo defecto: nos dejan sin perspectiva justo cuando más la necesitamos.

En la vida privada eso produce errores.

En la política produce fanatismos, persecuciones y, en los casos extremos, catástrofes.

El antídoto no es la frialdad, sino una cierta higiene intelectual: contrastar las simpatías con los hechos, exigirnos a nosotros lo que exigimos a los demás y recordar que el adversario político es, ante todo, un conciudadano.

Ver con los dos ojos es, en el fondo, una forma de respeto.

Hacia la verdad.

Y hacia los demás.

La Réplica

lunes, 28 de septiembre de 2026

Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social

Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social

La vivienda vuelve a estar en el centro del debate público. Las concentraciones y acampadas de estos días expresan una preocupación real: demasiadas personas, especialmente jóvenes y familias con ingresos modestos, encuentran enormes dificultades para acceder a una vivienda o mantenerla.

Sería un error mirar hacia otro lado.

Pero también sería un error pensar que la gravedad del problema convierte automáticamente en buenas todas las soluciones que se proponen.

Hace unos meses escribí en La Réplica una reflexión sobre este mismo asunto, Vivienda y seguridad jurídica: un pilar que no deberíamos debilitar.

Los acontecimientos actuales me llevan a volver sobre ella porque percibo un riesgo que aparece una y otra vez en este debate: presentar dos principios legítimos como si fueran incompatibles.

EL FALSO DILEMA

Seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

Y quizá ahí esté buena parte del problema.

¿Por qué tendríamos que elegir entre proteger al inquilino vulnerable y garantizar al propietario unas reglas claras y estables?

¿No debería una política pública seria intentar conseguir ambas cosas?

¿Puede llamarse política social a trasladar exclusivamente sobre determinados particulares una responsabilidad que corresponde al conjunto de la sociedad?

¿Y puede hablarse de seguridad jurídica ignorando que existen personas que sencillamente no pueden acceder a una vivienda en condiciones razonables?

Plantear el debate como una elección entre propietarios e inquilinos conduce a un callejón sin salida.

Ni todos los propietarios son grandes fondos de inversión.

Ni todos los inquilinos se encuentran en situación de vulnerabilidad.

Ni todo propietario puede soportar indefinidamente el coste de una política social.

Ni toda persona vulnerable puede quedar abandonada a su suerte porque el mercado no le permita pagar una vivienda.

¿QUIÉN DEBE GARANTIZAR EL DERECHO A LA VIVIENDA?

La respuesta parece evidente: los poderes públicos, es decir, el conjunto de la sociedad.

Eso significa disponer de vivienda pública y social suficiente, ayudar directamente a quienes realmente lo necesitan, facilitar la construcción allí donde existe demanda, movilizar vivienda disponible y establecer unas reglas que permitan que quien alquila pueda hacerlo sin temor a quedar atrapado en una situación jurídicamente incierta.

Porque hay otra pregunta que deberíamos hacernos:

¿Qué ocurre cuando una medida destinada a proteger al inquilino termina haciendo que algunos propietarios retiren sus viviendas del mercado?

Si disminuye la oferta, ¿quién termina sufriendo las consecuencias?

Probablemente quien busca vivienda.

Por eso las buenas intenciones no bastan.

LAS PREGUNTAS QUE DEBERÍAMOS HACERNOS

¿Aumentará el número de viviendas disponibles o lo reducirá?

¿Protege realmente a quien más lo necesita?

¿Quién paga su coste?

¿Lo paga el conjunto de la sociedad o se descarga sobre un grupo determinado?

¿Qué efectos tendrá dentro de cinco o diez años?

¿Existe alguna experiencia que permita saber si funciona?

¿Estamos resolviendo el problema o simplemente trasladándolo?

Son preguntas incómodas, pero precisamente por eso son necesarias.

UNA PROTESTA LEGÍTIMA NO CONVIERTE EN BUENA CUALQUIER SOLUCIÓN

Las personas que hoy protestan tienen derecho a exigir respuestas. Y sería injusto descalificar su preocupación. El acceso a la vivienda se ha convertido para muchos ciudadanos en uno de los principales obstáculos para desarrollar un proyecto de vida.

Pero la gravedad del problema tampoco debería impedir examinar críticamente las soluciones que se proponen.

¿Basta con congelar precios?

¿Basta con prohibir determinados contratos?

¿Basta con señalar a los propietarios?

¿Basta con construir más?

Probablemente ninguna de esas respuestas, aislada, sea suficiente.

Y ahí aparece otro peligro: que una reivindicación legítima termine subordinada a organizaciones o intereses para los que el conflicto pueda resultar más útil que una solución duradera.

Por eso quizá el mejor servicio que puede hacerse a quienes hoy se manifiestan no sea pedirles que abandonen la protesta.

Es pedirles —y pedirnos todos— que no renunciemos a la razón precisamente cuando mayor es la indignación.

Que preguntemos.

Que exijamos números.

Que pidamos resultados.

Que desconfiemos de las consignas demasiado fáciles.

Y, sobre todo, que rechacemos el falso dilema que pretende obligarnos a escoger entre dos principios que deberían convivir.

SEGURIDAD JURÍDICA Y PROTECCIÓN SOCIAL

Seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

El fracaso comienza precisamente cuando aceptamos que lo son.

Una política de vivienda sostenible debería ser capaz de proteger al vulnerable sin convertir al propietario particular en sustituto del Estado; garantizar reglas claras sin abandonar a quien no puede acceder al mercado; aumentar la oferta sin renunciar a impedir abusos.

¿Es difícil?

Sin duda.

Pero quizá debamos empezar precisamente por ahí:

Si un problema es complejo, ¿por qué habríamos de confiar en quien nos promete una solución simple?

CUANDO DESAPAREZCAN LAS TIENDAS DE CAMPAÑA

Las personas que hoy acampan y reclaman una vivienda digna merecen algo más que consignas y esperanzas momentáneas.

Merecen soluciones que funcionen también cuando las tiendas de campaña hayan desaparecido de la Puerta del Sol.

domingo, 27 de septiembre de 2026

NADIE ES MÁS QUE NADIE — Una versión joven inspirada por Zoe, mi nieta

 

NADIE ES MÁS QUE NADIE

Una versión joven inspirada por Zoe, mi nieta


A veces una reflexión cambia cuando alguien la mira desde otra generación.

Hace unos días publiqué en La Réplica «NADIE ES MÁS QUE NADIE — Cuando creerse moralmente superior empieza a poner en peligro la democracia».

De aquella reflexión nació también una canción. Una canción pausada, con aire de himno, construida alrededor de cuatro palabras que para mí dicen mucho:

Igualdad. Libertad. Solidaridad. Reciprocidad.

Se la enseñé a mi nieta Zoe.

Le gustó la idea, pero me hizo una observación muy sencilla: era demasiado larga y, si quería que el mensaje llegara también a gente joven, quizá necesitaba otro ritmo, otra duración y otra manera de contarlo.

Tenía razón en algo importante: una misma idea puede necesitar lenguajes diferentes para llegar a personas diferentes.

Así nació esta segunda versión.

No cambia el mensaje. Cambia la manera de decirlo:

Nadie es más que nadie.
Nadie tiene toda la verdad.
Lo que quieras para ti,
quiérelo para los demás.

Y quizá ahí esté resumida buena parte de lo que quería expresar desde el principio.

Podemos pensar distinto sin convertirnos en enemigos.

Podemos caminar por caminos diferentes sin negarnos unos a otros.

Podemos discrepar y encontrarnos.

🎵 NADIE ES MÁS QUE NADIE — VERSIÓN JOVEN


sta versión joven no sustituye a la anterior. La acompaña.

Quien quiera conocer la reflexión que dio origen a todo esto y escuchar también la primera versión de la canción puede hacerlo aquí:

👉 NADIE ES MÁS QUE NADIE — Cuando creerse moralmente superior empieza a poner en peligro la democracia
https://la-replica.blogspot.com/2026/09/nadie-es-mas-que-nadie.html

Dos maneras de contar una misma idea.

Y una pequeña lección que me ha recordado Zoe:

a veces, para que una idea llegue más lejos, no hay que cambiar la idea.
Hay que encontrar otra manera de contarla.

JAPA — La Réplica