lunes, 5 de octubre de 2026

Entre relatos y hechos

León Felipe escribió sobre los cuentos con los que intentamos explicar la vida. Muchos años después, aquellos cuentos siguen entre nosotros. Ahora los llamamos relatos.

Esta canción nace de una idea sencilla: entre el relato y las creencias, los hechos.

León Felipe y los cuentos

El punto de partida está en el poema «Sé todos los cuentos», de León Felipe. En él, el poeta habla de esos cuentos que nos acompañan desde la infancia y con los que tratamos de explicarnos el mundo, el miedo, el dolor y la propia existencia.

Dice León Felipe:

«Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.»

Quizá hayan cambiado las palabras, pero no tanto el mecanismo. Antes hablábamos de cuentos; hoy hablamos de relatos. Relatos políticos, históricos, nacionales, ideológicos o personales que nos ayudan a interpretar la realidad, pero que también pueden acabar ocultándola.

De ahí nace la canción Entre relatos y hechos.

No pretende decir que podamos vivir sin relatos ni creencias. Todos los tenemos. La cuestión es otra: qué hacemos cuando los hechos contradicen aquello que creemos.

Porque una idea no se vuelve verdadera por ser nuestra, ni un hecho deja de serlo porque nos incomode.

Por eso el estribillo insiste:

Entre el relato y las creencias,
los hechos, los hechos.

Y quizá ahí esté también la mejor defensa frente a la polarización: conservar la capacidad de dudar, contrastar y rectificar.

Letra José Antonio Parro  Música creada con IA (Suno). Imágenes y montaje realizados con herramientas de inteligencia artificial.

Vivienda (II): cuando las buenas intenciones no bastan


 

Vivienda (II): cuando las buenas intenciones no bastan

Hace apenas unos días publiqué en La Réplica Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social.

Los acontecimientos posteriores, y en particular el debate y posterior derogación en el Congreso de los dos recientes decretos sobre vivienda, me llevan a completar aquella reflexión. BOE

No porque el problema de la vivienda sea menor.

Precisamente porque es demasiado grave para conformarnos con medidas que suenan bien sin preguntarnos qué consecuencias pueden producir.

Una política pública no debe juzgarse solamente por la bondad de su intención, sino también por sus resultados.

PROTEGER, SÍ. PERO ¿CÓMO?

Hay objetivos de algunas de las medidas debatidas que me parecen perfectamente comprensibles.

Evitar que una persona verdaderamente vulnerable termine en la calle sin alternativa habitacional.

Dar estabilidad a quien lleva años pagando regularmente su alquiler.

Impedir que los contratos temporales sean utilizados fraudulentamente para eludir las garantías del alquiler habitual.

Todo eso merece ser considerado.

Pero inmediatamente aparece una pregunta:

¿quién debe asumir el coste de esa protección?

¿El conjunto de la sociedad, a través de los poderes públicos?

¿O el ciudadano concreto que resulta ser propietario de la vivienda?

No es una diferencia menor.

El derecho a la vivienda exige políticas públicas capaces de hacerlo efectivo. Si una familia necesita protección, la sociedad debe proporcionársela mediante vivienda pública, ayudas, alojamiento alternativo o los instrumentos que correspondan.

Trasladar esa responsabilidad al propietario particular puede resolver temporalmente una emergencia.

Pero ¿soluciona realmente el problema?

NO CONFUNDAMOS LA PARTE CON EL TODO

En este debate aparece con frecuencia una imagen: frente al inquilino vulnerable estaría el gran propietario, el fondo de inversión, «el capital».

Es una realidad que existe.

Pero no es toda la realidad.

Según el Banco de España, cerca del 90 % de los propietarios de viviendas alquiladas son particulares. Y, entre esos arrendadores particulares, el 76,1 % tiene una sola vivienda en alquiler y otro 15 % tiene dos. Banco de España

Por tanto:

¿Tiene sentido pensar la regulación como si el propietario habitual fuera siempre un gran tenedor?

¿Estamos otra vez confundiendo la parte con el todo?

Un pequeño propietario también puede abusar de una situación de escasez y pedir un precio desproporcionado. Naturalmente.

Pero reconocerlo no convierte automáticamente a millones de pequeños propietarios en responsables del problema estructural de la vivienda.

ESTABILIDAD PARA EL INQUILINO, PERO ¿CON QUÉ EFECTOS?

Uno de los decretos recientemente rechazados pretendía que, transcurridos los cinco años mínimos de un contrato —siete cuando el propietario fuese una persona jurídica—, este pudiera prorrogarse por nuevos periodos sucesivos de cinco o siete años salvo que alguna de las partes manifestara su voluntad de no continuar. BOE

La finalidad parece razonable:

dar estabilidad al inquilino.

Pero debemos hacer también la siguiente pregunta:

¿esa regulación hará que haya más propietarios dispuestos a ofrecer viviendas en alquiler estable o menos?

Porque una política puede proteger mucho a quienes ya están dentro y, al mismo tiempo, dificultar la entrada de quienes todavía buscan vivienda.

Si un propietario percibe que alquilar implica perder durante muchos años una capacidad razonable de decisión sobre su vivienda, puede optar por no alquilarla, venderla o buscar otras fórmulas.

No afirmo que necesariamente vaya a ocurrir siempre.

Lo que digo es algo mucho más sencillo:

hay que estudiar esa posibilidad antes de legislar.

Porque, si disminuye la oferta de viviendas en alquiler, ¿quién estará en mejores condiciones de conseguir las que queden?

Probablemente quien presente la mejor nómina, más estabilidad laboral y mayores garantías.

¿Y quién puede quedar fuera?

Precisamente el joven, la familia con pocos ingresos o la persona vulnerable a la que pretendíamos proteger.

Ahí aparece una de las paradojas de las políticas bienintencionadas:

pueden terminar perjudicando a quienes pretendían beneficiar.

CONTROLAR PRECIOS NO CREA VIVIENDAS

Podemos limitar una renta.

Podemos congelarla.

Podemos prolongar un contrato.

Podemos proteger temporalmente a quien no puede abandonar una vivienda.

Pero ninguna de esas decisiones crea por sí misma una vivienda nueva.

Y España tiene un problema importante de oferta.

La OCDE señala que entre 2022 y 2024 se concedieron permisos para unas 345.000 viviendas, mientras en ese mismo periodo se crearon aproximadamente 604.000 hogares. Además, el alquiler social representa apenas alrededor del 3 % del parque de vivienda. OECD

La misma OCDE advierte de que las políticas dirigidas únicamente a la demanda tienen una eficacia limitada si no van acompañadas de un aumento de la oferta, y recuerda experiencias en las que los controles de renta redujeron la vivienda disponible para alquiler habitual. OECD

Por eso deberíamos preguntarnos:

¿qué habrá cambiado dentro de cinco o diez años?

¿Habrá más viviendas disponibles?

¿Habrá aumentado sustancialmente el parque público de alquiler?

¿Se habrá construido allí donde realmente existe demanda?

¿Se habrán agilizado el suelo, las licencias y los procedimientos administrativos?

¿O seguiremos intentando repartir de otra manera una oferta que continúa siendo insuficiente?

NO TODAS LAS MEDIDAS SON IGUALES

Tampoco quiero caer en el extremo contrario.

Regular no significa necesariamente perjudicar el mercado.

Combatir contratos temporales fraudulentos puede ser razonable.

Ofrecer ventajas fiscales al propietario que reduzca voluntariamente el alquiler puede ser una herramienta útil.

Proteger a una familia ante una emergencia social es una obligación de una sociedad decente.

Y, naturalmente, deben existir mecanismos contra los abusos.

La cuestión no es elegir entre regular o no regular.

La cuestión es analizar cada medida y preguntar:

¿funciona?

¿Aumenta o reduce la oferta?

¿Quién paga su coste?

¿Produce efectos distintos de los que pretendíamos?

¿Tenemos datos y experiencias que permitan evaluarla?

LA PROTECCIÓN SOCIAL DEBE FINANCIARSE SOCIALMENTE

Para mí esta es una de las claves.

Si decidimos como sociedad que ninguna persona vulnerable debe quedarse sin techo, estoy de acuerdo.

Pero entonces debemos asumir colectivamente esa decisión.

La protección social debe financiarse socialmente.

No puede consistir simplemente en determinar qué ciudadano particular tendrá que soportar el coste de una política pública insuficiente.

Si una familia no puede pagar su vivienda, necesitamos una solución para esa familia.

Pero también debemos preguntarnos:

¿por qué esa responsabilidad debe recaer exclusivamente sobre la persona que casualmente es propietaria de la vivienda en la que reside?

Una política social sólida necesita recursos públicos, vivienda pública y mecanismos de ayuda financiados por el conjunto de la sociedad.

De otro modo podemos estar ocultando una carencia pública trasladándola de un ciudadano a otro.

LAS BUENAS INTENCIONES NO BASTAN

En mi artículo anterior defendía una idea:

seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

Después de este debate añadiría otra:

las buenas intenciones no garantizan buenos resultados.

Por eso, ante cualquier nueva medida sobre vivienda, deberíamos acostumbrarnos a formular algunas preguntas:

¿Aumentará o reducirá las viviendas disponibles?

¿Quién soportará realmente su coste?

¿Protege al vulnerable hoy pero puede dificultarle encontrar vivienda mañana?

¿Qué ha ocurrido allí donde se han aplicado medidas semejantes?

¿Existe una alternativa pública suficiente?

¿Cómo comprobaremos dentro de unos años si funcionó?

Estas preguntas no son contra los inquilinos.

Tampoco son a favor de los propietarios.

Son preguntas para intentar que las políticas funcionen.

Porque las personas que hoy tienen dificultades para acceder a una vivienda no necesitan solamente nuestra solidaridad ni nuestras buenas intenciones.

Necesitan soluciones que funcionen.

martes, 29 de septiembre de 2026

El odio y el amor como ceguera política


 

Por qué la pasión política no necesita pruebas, solo bandos

Entre el sentimiento y el juicio, la distancia que nos protege

Hay una vieja intuición que atraviesa casi todas las reflexiones que he publicado en La Réplica: el amor es ciego. Platón ya lo escribió en Las Leyes: quien ama se equivoca al juzgar lo amado.

Pero quizá haya que dar un paso más: el odio también ciega.

Y en política, donde el amor se llama lealtad y el odio se llama causa, esa ceguera deja de ser un asunto privado.

Ciegos o tuertos

Conviene distinguir dos grados.

El ciego no ve nada que contradiga su sentimiento.

El tuerto sí ve, pero con un solo ojo. Y quien ve con un solo ojo pierde algo esencial: la profundidad, la capacidad de calcular distancias y proporciones.

La segunda imagen me parece más certera. Casi nadie ignora los hechos por completo. Lo que hacemos es seleccionarlos: abrimos el ojo ante lo que confirma nuestro afecto o nuestra aversión y cerramos el otro ante lo que lo desmiente.

La psicología lo llama sesgo de confirmación.

Yo prefiero llamarlo ser tuerto voluntario.

Lo que hacen el amor y el odio con los hechos

Ambos sentimientos comparten el mismo mecanismo:

Filtran. Al que amo le perdono lo que al otro le condenaría. Al que odio le encuentro mala fe hasta en los gestos neutros.

Blindan. Ninguna prueba en contra hace mella, porque el sentimiento no se apoya en pruebas: las fabrica a su medida.

Simplifican. Unos son todo virtud; los otros, todo vicio. Y desaparecen los matices, que son precisamente lo más abundante de la realidad humana.

Dispensan de la autocrítica. Quien ama u odia con intensidad se siente moralmente legitimado. Y quien se siente legitimado deja de revisarse.

Spinoza lo entendió muy bien: las pasiones nos hacen padecer, es decir, nos hacen depender de causas que no comprendemos.

El amor político: cuando el líder sustituye al criterio

Ya lo escribí en «Nadie es más que nadie»: en democracia nadie es imprescindible.

Pero el amor político se resiste a esa idea.

Cuando la adhesión a una persona, un partido o una causa se vuelve incondicional, ocurre algo muy concreto: justifico hoy lo que condenaría ayer si lo hubiera hecho el adversario.

Ahí se pierde el criterio mismo de justicia, que exige la misma vara para todos.

Por eso la prueba del cambio de protagonista me parece tan útil. Es, en el fondo, un test de visión binocular: obliga a abrir el ojo que teníamos cerrado.

El odio político: cuando el adversario se convierte en enemigo

Carl Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Su tesis es discutible y sus consecuencias históricas fueron nefastas, pero describe con crudeza una dinámica real.

Cuando el adversario se convierte en enemigo, deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser alguien a quien se elimina, moral o, en los casos extremos, físicamente.

El odio deshumaniza.

Y lo que se deshumaniza puede maltratarse sin remordimiento.

Es la lógica que denuncié en «Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo»: una opinión termina definiendo a la persona entera, y la discrepancia se transforma en identidad.

El círculo vicioso de la polarización

Amor y odio se alimentan mutuamente.

El odio al otro refuerza el amor al propio bando. El amor al propio bando exige un enemigo al que oponerse.

Cada bando confirma en el otro los defectos que ya había decidido ver. La moderación se interpreta como traición. El matiz, como debilidad.

Y así llegamos a una paradoja incómoda: quien más odia a un adversario suele ser quien mejor lo alimenta.

Por qué resulta socialmente alarmante

Hay tres razones que hacen especialmente preocupante este fenómeno.

Es contagioso. Las emociones intensas se propagan en grupo más rápido que los argumentos. Las redes sociales, que premian la indignación y el fervor, funcionan como amplificadores de ambas pasiones.

Es rentable. Movilizar con odio o con fervor es más fácil que persuadir con razones. Existe, por tanto, un incentivo para quienes buscan poder de cultivar esas pasiones en lugar de templarlas.

Es difícil de detectar desde dentro. Precisamente porque ciega, quien la padece no percibe su ceguera. Cada uno se cree el único que ve con claridad.

Un matiz necesario: no se trata de no sentir

Sería un error concluir que la política debe carecer de pasión.

Sin indignación ante la injusticia y sin amor al bien común no habría reformas ni causas nobles.

Max Weber lo formuló con precisión: la política exige pasión, sentido de la responsabilidad y mesura, ese «ojo certero» para mantener la distancia con las cosas y con las personas.

El problema no es sentir.

El problema es que el sentimiento sustituya al juicio en lugar de acompañarlo.

Algunas preguntas para abrir los dos ojos

¿Aplicaría la misma severidad a los míos que a los ajenos?

¿Qué hecho tendría que ocurrir para que cambiara de opinión sobre esta persona o este partido?

¿Estoy discutiendo lo que ha dicho o clasificando a quien lo ha dicho?

¿Puedo describir la mejor versión del argumento contrario?

¿Pensaría lo mismo si lo hubieran hecho los otros?

Si no encuentro respuesta a alguna de ellas, quizá no esté viendo con los dos ojos.

Ver con los dos ojos

El amor y el odio, cuando se vuelven absolutos, comparten un mismo defecto: nos dejan sin perspectiva justo cuando más la necesitamos.

En la vida privada eso produce errores.

En la política produce fanatismos, persecuciones y, en los casos extremos, catástrofes.

El antídoto no es la frialdad, sino una cierta higiene intelectual: contrastar las simpatías con los hechos, exigirnos a nosotros lo que exigimos a los demás y recordar que el adversario político es, ante todo, un conciudadano.

Ver con los dos ojos es, en el fondo, una forma de respeto.

Hacia la verdad.

Y hacia los demás.

La Réplica

lunes, 28 de septiembre de 2026

Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social

Vivienda: el falso dilema entre seguridad jurídica y protección social

La vivienda vuelve a estar en el centro del debate público. Las concentraciones y acampadas de estos días expresan una preocupación real: demasiadas personas, especialmente jóvenes y familias con ingresos modestos, encuentran enormes dificultades para acceder a una vivienda o mantenerla.

Sería un error mirar hacia otro lado.

Pero también sería un error pensar que la gravedad del problema convierte automáticamente en buenas todas las soluciones que se proponen.

Hace unos meses escribí en La Réplica una reflexión sobre este mismo asunto, Vivienda y seguridad jurídica: un pilar que no deberíamos debilitar.

Los acontecimientos actuales me llevan a volver sobre ella porque percibo un riesgo que aparece una y otra vez en este debate: presentar dos principios legítimos como si fueran incompatibles.

EL FALSO DILEMA

Seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

Y quizá ahí esté buena parte del problema.

¿Por qué tendríamos que elegir entre proteger al inquilino vulnerable y garantizar al propietario unas reglas claras y estables?

¿No debería una política pública seria intentar conseguir ambas cosas?

¿Puede llamarse política social a trasladar exclusivamente sobre determinados particulares una responsabilidad que corresponde al conjunto de la sociedad?

¿Y puede hablarse de seguridad jurídica ignorando que existen personas que sencillamente no pueden acceder a una vivienda en condiciones razonables?

Plantear el debate como una elección entre propietarios e inquilinos conduce a un callejón sin salida.

Ni todos los propietarios son grandes fondos de inversión.

Ni todos los inquilinos se encuentran en situación de vulnerabilidad.

Ni todo propietario puede soportar indefinidamente el coste de una política social.

Ni toda persona vulnerable puede quedar abandonada a su suerte porque el mercado no le permita pagar una vivienda.

¿QUIÉN DEBE GARANTIZAR EL DERECHO A LA VIVIENDA?

La respuesta parece evidente: los poderes públicos, es decir, el conjunto de la sociedad.

Eso significa disponer de vivienda pública y social suficiente, ayudar directamente a quienes realmente lo necesitan, facilitar la construcción allí donde existe demanda, movilizar vivienda disponible y establecer unas reglas que permitan que quien alquila pueda hacerlo sin temor a quedar atrapado en una situación jurídicamente incierta.

Porque hay otra pregunta que deberíamos hacernos:

¿Qué ocurre cuando una medida destinada a proteger al inquilino termina haciendo que algunos propietarios retiren sus viviendas del mercado?

Si disminuye la oferta, ¿quién termina sufriendo las consecuencias?

Probablemente quien busca vivienda.

Por eso las buenas intenciones no bastan.

LAS PREGUNTAS QUE DEBERÍAMOS HACERNOS

¿Aumentará el número de viviendas disponibles o lo reducirá?

¿Protege realmente a quien más lo necesita?

¿Quién paga su coste?

¿Lo paga el conjunto de la sociedad o se descarga sobre un grupo determinado?

¿Qué efectos tendrá dentro de cinco o diez años?

¿Existe alguna experiencia que permita saber si funciona?

¿Estamos resolviendo el problema o simplemente trasladándolo?

Son preguntas incómodas, pero precisamente por eso son necesarias.

UNA PROTESTA LEGÍTIMA NO CONVIERTE EN BUENA CUALQUIER SOLUCIÓN

Las personas que hoy protestan tienen derecho a exigir respuestas. Y sería injusto descalificar su preocupación. El acceso a la vivienda se ha convertido para muchos ciudadanos en uno de los principales obstáculos para desarrollar un proyecto de vida.

Pero la gravedad del problema tampoco debería impedir examinar críticamente las soluciones que se proponen.

¿Basta con congelar precios?

¿Basta con prohibir determinados contratos?

¿Basta con señalar a los propietarios?

¿Basta con construir más?

Probablemente ninguna de esas respuestas, aislada, sea suficiente.

Y ahí aparece otro peligro: que una reivindicación legítima termine subordinada a organizaciones o intereses para los que el conflicto pueda resultar más útil que una solución duradera.

Por eso quizá el mejor servicio que puede hacerse a quienes hoy se manifiestan no sea pedirles que abandonen la protesta.

Es pedirles —y pedirnos todos— que no renunciemos a la razón precisamente cuando mayor es la indignación.

Que preguntemos.

Que exijamos números.

Que pidamos resultados.

Que desconfiemos de las consignas demasiado fáciles.

Y, sobre todo, que rechacemos el falso dilema que pretende obligarnos a escoger entre dos principios que deberían convivir.

SEGURIDAD JURÍDICA Y PROTECCIÓN SOCIAL

Seguridad jurídica y protección social no son conceptos enemigos.

El fracaso comienza precisamente cuando aceptamos que lo son.

Una política de vivienda sostenible debería ser capaz de proteger al vulnerable sin convertir al propietario particular en sustituto del Estado; garantizar reglas claras sin abandonar a quien no puede acceder al mercado; aumentar la oferta sin renunciar a impedir abusos.

¿Es difícil?

Sin duda.

Pero quizá debamos empezar precisamente por ahí:

Si un problema es complejo, ¿por qué habríamos de confiar en quien nos promete una solución simple?

CUANDO DESAPAREZCAN LAS TIENDAS DE CAMPAÑA

Las personas que hoy acampan y reclaman una vivienda digna merecen algo más que consignas y esperanzas momentáneas.

Merecen soluciones que funcionen también cuando las tiendas de campaña hayan desaparecido de la Puerta del Sol.

domingo, 27 de septiembre de 2026

NADIE ES MÁS QUE NADIE — Una versión joven inspirada por Zoe, mi nieta

 

NADIE ES MÁS QUE NADIE

Una versión joven inspirada por Zoe, mi nieta


A veces una reflexión cambia cuando alguien la mira desde otra generación.

Hace unos días publiqué en La Réplica «NADIE ES MÁS QUE NADIE — Cuando creerse moralmente superior empieza a poner en peligro la democracia».

De aquella reflexión nació también una canción. Una canción pausada, con aire de himno, construida alrededor de cuatro palabras que para mí dicen mucho:

Igualdad. Libertad. Solidaridad. Reciprocidad.

Se la enseñé a mi nieta Zoe.

Le gustó la idea, pero me hizo una observación muy sencilla: era demasiado larga y, si quería que el mensaje llegara también a gente joven, quizá necesitaba otro ritmo, otra duración y otra manera de contarlo.

Tenía razón en algo importante: una misma idea puede necesitar lenguajes diferentes para llegar a personas diferentes.

Así nació esta segunda versión.

No cambia el mensaje. Cambia la manera de decirlo:

Nadie es más que nadie.
Nadie tiene toda la verdad.
Lo que quieras para ti,
quiérelo para los demás.

Y quizá ahí esté resumida buena parte de lo que quería expresar desde el principio.

Podemos pensar distinto sin convertirnos en enemigos.

Podemos caminar por caminos diferentes sin negarnos unos a otros.

Podemos discrepar y encontrarnos.

🎵 NADIE ES MÁS QUE NADIE — VERSIÓN JOVEN


sta versión joven no sustituye a la anterior. La acompaña.

Quien quiera conocer la reflexión que dio origen a todo esto y escuchar también la primera versión de la canción puede hacerlo aquí:

👉 NADIE ES MÁS QUE NADIE — Cuando creerse moralmente superior empieza a poner en peligro la democracia
https://la-replica.blogspot.com/2026/09/nadie-es-mas-que-nadie.html

Dos maneras de contar una misma idea.

Y una pequeña lección que me ha recordado Zoe:

a veces, para que una idea llegue más lejos, no hay que cambiar la idea.
Hay que encontrar otra manera de contarla.

JAPA — La Réplica

jueves, 24 de septiembre de 2026

Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo

 




Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo

El caso de Ariana Harwicz y una de las falacias más peligrosas de nuestro tiempo

Estos días he estado en Granada mientras se desarrollaba una polémica que, al conocerla con más detalle, me ha resultado demasiado familiar.

La escritora argentina Ariana Harwicz había sido invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh. Su participación fue posteriormente cancelada después de las protestas suscitadas por sus posiciones públicas sobre Israel, Gaza y, especialmente, su oposición al boicot cultural a artistas israelíes.

No pretendo aquí decidir si las opiniones de Harwicz son acertadas o equivocadas. Algunas pueden parecernos discutibles, rechazables o incluso profundamente equivocadas.

Precisamente ahí está la cuestión.

¿Qué hacemos con quien piensa algo que consideramos intolerable?

Porque detrás de este episodio aparece nuevamente una confusión que considero una de las más frecuentes y peligrosas de nuestro tiempo:

confundir la parte con el todo.

Una persona sostiene una determinada posición sobre Israel y esa posición termina definiendo a la persona entera.

Un escritor firma un manifiesto y el manifiesto acaba sustituyendo al escritor.

Alguien discrepa sobre Gaza, Ucrania, inmigración, feminismo, memoria histórica o cualquier otro asunto especialmente polarizado y dejamos de discutir lo que ha dicho para empezar a clasificar a quien lo ha dicho.

La discrepancia concreta se transforma en identidad.

Y entonces aparece el mecanismo:

si rechazo una de tus ideas, termino rechazándote a ti.

Ese salto lógico parece pequeño, pero tiene enormes consecuencias.

Podemos considerar equivocada una opinión de Ariana Harwicz y defender simultáneamente que pueda expresarla. Podemos cuestionarla, discutirla, confrontarla con hechos y argumentos e incluso rebatirla públicamente.

Eso es precisamente discrepar.

De hecho, quienes defendieron su exclusión han argumentado que el problema no era su identidad judía, sino determinadas declaraciones públicas sobre Israel, Palestina y Gaza. Ese argumento merece ser escuchado y discutido.

Pero tampoco resuelve la cuestión fundamental:

¿Una posición concreta, por muy equivocada que nos parezca, debe convertir a una persona en alguien con quien ya no se puede compartir un espacio de debate?

La Universidad de Granada terminó desmarcándose de la decisión y recordó algo elemental: una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico, al contraste de ideas y también a las posiciones discrepantes o controvertidas.

Me parece una buena definición de lo que debería ser una sociedad plural.

Porque la alternativa resulta inquietante: espacios culturales en los que todos podamos discrepar siempre que nuestra discrepancia permanezca dentro de unos límites previamente aceptados por quienes participan en ellos.

Eso no es pluralismo.

Es pluralismo entre quienes ya están suficientemente de acuerdo.

Cambiemos a los protagonistas: ¿mantenemos el mismo criterio?

Hay una manera muy sencilla de comprobar si estamos defendiendo realmente un principio.

Cambiemos a los protagonistas.

Imaginemos que mañana una universidad, un festival o una institución cultural dominada por personas de ideas completamente diferentes decide excluir a un escritor porque sus opiniones sobre Palestina, inmigración, feminismo, religión o memoria histórica les parecen moralmente inadmisibles.

¿Defenderíamos entonces la exclusión con los mismos argumentos?

¿O nuestra respuesta sería diferente?

La pregunta importa porque un principio solo es realmente un principio cuando estamos dispuestos a aplicarlo también a quien piensa de manera muy distinta a nosotros.

Si la respuesta cambia cuando cambian los protagonistas, quizá no defendemos un principio, sino solo a los nuestros.

Y volvemos así a una idea que atraviesa muchas de las reflexiones que he publicado en La Réplica:

los principios se ponen a prueba precisamente cuando nos incomodan.

No se trata de estar de acuerdo con Ariana Harwicz.

Se trata de algo bastante más importante.

De conservar la capacidad de distinguir entre una persona y una de sus opiniones; entre una obra y una declaración; entre discutir una idea y expulsar del debate a quien la sostiene.

La parte no es el todo.

Nunca debería serlo.

Y quizá precisamente porque olvidamos algo tan elemental, esta sea una de las falacias más utilizadas —y más peligrosas— de nuestro tiempo.

La discrepancia es normal.
Convertir al discrepante en aquello que discrepamos de él es otra cosa.

La Réplica

LA PRUEBA DEL CAMBIO DE PROTAGONISTA

 


LA PRUEBA DEL CAMBIO DE PROTAGONISTA

Los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan

Entre el relato y las creencias, los hechos

Esta reflexión tiene un desencadenante inmediato.

Un vídeo sobre China, Estados Unidos y la geopolítica del petróleo terminaba cuestionando la facilidad con la que hablamos de los Estados como si fueran personas: «China gana», «Estados Unidos pierde», «nosotros» frente a «ellos».

No era exactamente el asunto sobre el que llevaba tiempo reflexionando, pero hizo confluir varias ideas que ya habían aparecido en La Réplica: no confundir la parte con el todo, no subordinar los hechos al relato y recordar que los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan.

Y de ahí surge una pregunta muy sencilla:

¿Juzgaríamos de la misma manera un hecho si lo hubiera cometido el bando contrario?

Parece una pregunta elemental. Pero quizá sea una de las mejores herramientas para comprobar si estamos juzgando los hechos de acuerdo con nuestros principios o acomodando los principios al relato al que pertenecemos.

Probemos.

Si considero intolerable encarcelar a una mujer por desafiar las normas religiosas de un régimen, ¿seguiría pareciéndome intolerable aunque ese régimen sea enemigo de un país cuya política rechazo?

Si condeno la muerte de civiles cuando bombardea el adversario, ¿mantengo el mismo criterio cuando bombardean los míos?

Si considero inadmisible la censura cuando la practica un Gobierno que detesto, ¿la justifico cuando pretende proteger una causa que comparto?

Si denuncio una invasión cuando la realiza una potencia adversaria, ¿busco atenuantes cuando quien invade pertenece a mi espacio político o geoestratégico?

No se trata de afirmar que todas las situaciones sean iguales. Casi nunca lo son. El contexto importa, las responsabilidades pueden ser diferentes y los antecedentes también.

Pero el contexto debe ayudarnos a comprender los hechos, no a hacerlos desaparecer.

CUANDO EL RELATO MANDA SOBRE LOS HECHOS

Aquí aparece una inversión que merece atención.

Lo razonable sería:

HECHOS → ANÁLISIS → CONCLUSIÓN

Pero con demasiada frecuencia hacemos lo contrario:

RELATO → SELECCIÓN DE HECHOS → JUSTIFICACIÓN

Primero sabemos quiénes son «los nuestros» y quiénes «los otros». Después interpretamos lo ocurrido.

Y entonces un mismo hecho puede cambiar de nombre según quién lo cometa.

Lo que en el adversario es represión puede convertirse en «defensa de la estabilidad» entre los nuestros.

Lo que en unos es agresión puede presentarse en otros como «necesidad geoestratégica».

Las víctimas que sirven para denunciar al contrario ocupan titulares; las que incomodan a nuestro relato pasan rápidamente a segundo plano.

Los hechos siguen siendo los mismos.

Lo que ha cambiado es el protagonista.

IRÁN Y LAS MUJERES: UN EJEMPLO INCÓMODO

La represión ejercida por el régimen iraní contra mujeres, manifestantes y disidentes está ampliamente documentada.

Las protestas desencadenadas en 2022 tras la muerte bajo custodia de Jina Mahsa Amini fueron reprimidas violentamente. Naciones Unidas recogió informaciones fiables sobre el uso intencionado y desproporcionado de fuerza letal y más de 550 manifestantes muertos, incluidos menores.

Posteriormente, organismos de Naciones Unidas han seguido documentando medidas represivas contra mujeres y niñas y contra activistas del movimiento «Mujer, Vida, Libertad».

Podemos analizar al mismo tiempo la política estadounidense hacia Irán, las acciones de Israel, las sanciones, Palestina, el petróleo o el equilibrio de poder en Oriente Próximo.

Debemos hacerlo.

Pero ninguna consideración geopolítica convierte la represión de una mujer iraní en menos represión.

Aquí puede producirse una doble perversión.

Quien sitúa al régimen iraní dentro del campo de «los enemigos de mis enemigos» puede relativizar sus abusos porque denunciarlos parece favorecer al adversario.

Y quien considera a Irán simplemente parte del «eje enemigo» puede utilizar el sufrimiento de esas mismas mujeres como munición contra el contrario y olvidarse de ellas cuando dejan de ser útiles.

En los dos casos sucede lo mismo:

la persona queda subordinada al relato.

CAMBIEMOS LOS NOMBRES

Esta es la prueba que propongo.

Ante una noticia que confirme nuestras convicciones, hagamos mentalmente un pequeño experimento:

cambiemos los nombres de los protagonistas.

Donde pone el partido que detesto, pongamos el que voto.

Donde pone el país adversario, pongamos el aliado.

Donde pone Israel, pongamos Palestina; donde pone Palestina, Israel.

Donde pone Rusia, pongamos Estados Unidos.

Y después volvamos a preguntarnos qué pensamos del hecho.

Naturalmente, intercambiar nombres no convierte situaciones históricas diferentes en equivalentes.

No se trata de fabricar falsas equidistancias.

Se trata de poner a prueba nuestro propio criterio.

Si nuestra valoración moral cambia automáticamente al cambiar el nombre, tenemos un problema.

Quizá no estuviéramos defendiendo un principio.

Estábamos defendiendo a los nuestros.

LOS PRINCIPIOS TIENEN UNA PRUEBA DE RESISTENCIA

Por eso aquella frase que he utilizado otras veces adquiere aquí todo su significado:

Los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan.

Defender la libertad de expresión de quien piensa como nosotros es fácil.

Denunciar la corrupción del adversario es fácil.

Indignarse ante las víctimas producidas por el enemigo es fácil.

La dificultad comienza cuando la libertad que debemos defender es la de quien nos irrita; cuando la corrupción aparece entre los nuestros; cuando la víctima cuestiona nuestra explicación del mundo.

Ahí descubrimos cuánto pesaba realmente el principio.

Porque un principio que sólo aplicamos al adversario no es un principio.

Es un arma.

EL PROBLEMA NO ES EL «NOSOTROS»

Necesitamos un «nosotros»: familia, amigos, comunidad, país, ideas compartidas. La pertenencia puede generar solidaridad, cooperación y responsabilidad hacia los demás.

El problema empieza cuando para afirmar ese nosotros necesitamos fabricar un ellos.

Y se vuelve mucho más peligroso cuando, una vez construido ese «ellos», dejamos de aplicar a unos y otros el mismo criterio.

Entonces ya no acomodamos nuestros relatos a los hechos.

Acomodamos los hechos a nuestros relatos.

Por eso quizá necesitemos hacernos más veces una pregunta extraordinariamente sencilla:

¿PENSARÍA LO MISMO SI LO HUBIERAN HECHO LOS OTROS?

Si la respuesta es no, merece la pena detenerse.

Porque los principios no deberían cambiar cuando cambiamos el nombre del protagonista.

Y porque cuando subordinamos los hechos al relato, tarde o temprano terminamos subordinando también a las personas.


A partir de: un vídeo de Liberalístico sobre China, Estados Unidos, el petróleo y el llamado «dilema de Malaca». Su reflexión final sobre los relatos geopolíticos fue el desencadenante inmediato para volver sobre ideas que ya había tratado anteriormente en La Réplica.

Vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=jhnVLUR3nOU&t=158s