lunes, 23 de febrero de 2026

 


Parábola sobre la venganza y el castigo colectivo




En una comunidad de vecinos conviven personas distintas, con historias y conflictos que no siempre se ven desde fuera. Entre ellas vive alguien que sufre una tragedia: pierde a un hijo a causa de un acto criminal que atribuye a un hombre violento, conocido por su brutalidad.

El dolor se convierte en rabia.
La rabia en decisión.
Y la decisión en venganza.

Una noche, sin acudir a juez alguno, sin buscar pruebas concluyentes ni reparación proporcional, irrumpe en la casa del supuesto responsable y asesina a su familia. No es un enfrentamiento. No es un duelo. Es una ejecución vengativa que alcanza a quienes no participaron en el crimen.

Después regresa a su comunidad y se refugia entre los suyos.

Cuando el señalado como responsable descubre lo ocurrido, no busca detener al agresor concreto ni limitar su respuesta a quien actuó. Interpreta el ataque como una ofensa colectiva. Y decide responder de forma ejemplarizante: organiza una represalia masiva contra la comunidad donde vive el autor del primer crimen.

La represalia no distingue.
Mueren culpables e inocentes.
Mueren adultos y niños.
Mueren quienes nada tuvieron que ver con la decisión inicial.

Cada parte justifica su acción.

El primero habla de justicia ante la impunidad.
El segundo habla de defensa ante la agresión.
Ambos invocan el derecho a proteger a los suyos.
Ambos apelan al dolor sufrido.

Y ambos construyen un relato donde el otro aparece como el origen absoluto del mal.

Pero hay hechos que no dependen del relato:

Un crimen no convierte en inocente al vengador.
Una agresión real no elimina los límites morales de la respuesta.
La responsabilidad individual no se transforma mágicamente en culpa colectiva.

La comunidad, que ya estaba herida, queda ahora atrapada en un ciclo donde cada acto se convierte en justificación del siguiente. La memoria se fragmenta. El dolor se acumula. La desproporción se normaliza.

Y lo que comenzó como búsqueda de justicia termina siendo competencia por el sufrimiento.

La pregunta central no es quién empezó.
La pregunta es dónde se ponen los límites.

Porque cuando la represalia alcanza a inocentes, deja de ser defensa estricta y se convierte en castigo colectivo. Y el castigo colectivo no distingue: arrasa.


Preguntas socráticas que subyacen

  • ¿Puede una atrocidad justificar moralmente otra?

  • ¿Es legítimo castigar a muchos por el crimen de uno?

  • ¿Dónde termina la legítima defensa y comienza la venganza desproporcionada?

  • ¿La proporcionalidad es un principio real o una palabra que se invoca solo cuando conviene?

  • ¿Condenar el primer crimen nos obliga también a examinar críticamente la respuesta?

  • ¿Qué diferencia a la justicia de la represalia?

  • ¿Qué queda de una comunidad cuando el dolor sustituye al límite moral?

domingo, 22 de febrero de 2026

 

LA CEGUERA DE LA PARTE
Cuando seguimos confundiendo una parte con el todo


                               

La democracia no se degrada solo por malas decisiones.
Se degrada cuando dejamos de distinguir.
Cuando seguimos confundiendo una parte con el todo.


La mayoría de nuestros errores políticos no nacen de la mala intención.
Nacen de una percepción incompleta.

Un hecho aislado se convierte en categoría.
Un individuo pasa a representar a todo un colectivo.
Un comportamiento puntual se transforma en esencia.

Eso tiene nombre: confundir una parte con el todo.
Cuando la parte se convierte en condena

Este mecanismo no pertenece a una ideología concreta. Es transversal.

Ocurre cuando un delito cometido por un inmigrante se utiliza para estigmatizar a todos los inmigrantes.
O cuando un caso de corrupción sirve para declarar que la democracia es, en esencia, corrupta.
O cuando una organización violenta se identifica sin matices con toda una población.
O cuando una declaración desafortunada de un dirigente se convierte en definición moral de todo un bloque.

En todos esos casos sucede lo mismo:
la parte suplanta al todo.
La raíz del problema

Nuestra mente simplifica. Es economía cognitiva.
Pero cuando el atajo mental se convierte en juicio absoluto, aparece el reduccionismo.

Confundir una parte con el todo no es solo un error lógico.
Es una deformación perceptiva.

Desaparece la pluralidad interna.
El individuo queda absorbido por la etiqueta.
El matiz queda absorbido por la emoción.

Y cuando el matiz desaparece, la deshumanización avanza.
Defensa de la estructura

La democracia no puede sostenerse sobre impulsos morales inmediatos.
Se sostiene sobre reglas, límites y distinciones.

Distinguir:


Parte y totalidad.


Individuo y colectivo.


Error y esencia.

Sin esa distinción, la política se convierte en caricatura.
Cierre

Confundir una parte con el todo no es un detalle menor.
Es el inicio de la injusticia colectiva.

La democracia no muere por exceso de desacuerdo.
Muere cuando dejamos de distinguir

viernes, 20 de febrero de 2026

El Votante Cíclope: La pérdida de profundidad en la democracia moderna


Introducción

En el lenguaje médico, la visión monocular define a quien percibe el mundo a través de un solo ojo. Puede orientarse, caminar, incluso desenvolverse con aparente normalidad, pero carece de algo esencial: la estereopsis, la percepción de profundidad.

Trasladado al ámbito político, este fenómeno describe con inquietante precisión a buena parte del electorado contemporáneo. No vivimos una ceguera total, sino una monocularidad ideológica que impide calcular la distancia entre la promesa y la realidad.


El cíclope político y el sesgo de confirmación

El votante cíclope es aquel que decide, voluntaria o inconscientemente, cerrar uno de sus canales de información. Observa la gestión pública con un solo ojo: el de su ideología, su identidad de grupo o su interés inmediato.

En biología, el cerebro necesita dos imágenes ligeramente distintas para captar el relieve. En política, necesitamos observar pros y contras para comprender la verdadera dimensión de una propuesta.

Cuando solo se utiliza el “ojo de la fe” partidista, el mundo se vuelve plano. Desaparecen los matices. La realidad se reduce a una superficie bidimensional donde solo existe “lo mío” frente a “lo ajeno”.

El cíclope no es ciego. Ve con nitidez los errores del adversario y los aciertos del propio bando. Pero es incapaz de percibir el abismo que se abre bajo sus pies, porque ha perdido la noción de profundidad.


La ceguera por indiferencia

Existe otra figura distinta: el ciego político. No es parcial, es ausente. Ha renunciado a mirar. Su voto no es elección, sino inercia; no es deliberación, sino delegación automática.

En la oscuridad, cualquier destello parece una salida.

La indiferencia facilita el populismo, pero la monocularidad lo legitima.
Quien no mira puede ser arrastrado; quien solo mira por un ojo puede justificar lo injustificable.


El sistema como fabricante de parches

La pregunta incómoda es si esta pérdida de visión binocular es accidental o inducida.

Las redes sociales y los algoritmos actúan como parches oculares tecnológicos. Presentan una realidad diseñada para el único ojo abierto, filtrando datos incómodos y reforzando creencias previas. El ciudadano recibe confirmación, no contraste.

Una sociedad de cíclopes es más manejable que una sociedad con profundidad de campo.
Quien percibe el relieve de las mentiras es más difícil de seducir por la llanura de los eslóganes.


Recuperar la profundidad

Recuperar la visión binocular no significa diluir las convicciones, sino someterlas a contraste.
La profundidad no elimina el relieve moral; lo hace visible.

Examinar los fallos del propio bando no equivale a traicionarlo. Reconocer aciertos del contrario no implica rendición ideológica. Significa simplemente recuperar la tercera dimensión del juicio.

a democracia no se destruye solo cuando se suprime el voto.
Se vacía cuando renunciamos a mirar con ambos ojos.

La libertad política exige profundidad.
Y la profundidad exige contraste.

Recuperar la visión binocular no es traicionar convicciones.
Es dignificarlas.

— J.A.P.A.
La Réplica

domingo, 15 de febrero de 2026

Manifiesto de bolsillo: Valores que nos unen (frente a la polarización)



Comparto este manifiesto breve como recordatorio de un suelo común en tiempos de polarización.
No busca uniformidad, sino convivencia.


  


MANIFIESTO DE BOLSILLO
Valores que nos unen
Frente a la polarización

La democracia no es uniformidad: es convivencia entre diferentes.

Pensar distinto no convierte al otro en enemigo.

La discrepancia es legítima; la deshumanización no.

Libertad: poder pensar, expresarse y vivir sin miedo ni imposiciones.

Igualdad: igualdad ante la ley y rechazo de privilegios.

Solidaridad: responsabilidad mutua dentro de una comunidad plural.

Reciprocidad: no exigir para uno lo que se niega a los demás.

El conflicto político es inevitable; el odio no lo es.

Defender valores comunes no implica renunciar a convicciones propias.

Sin un suelo compartido de respeto y dignidad, la política degenera en trinchera.


Idea central

La polarización comienza cuando olvidamos que antes que adversarios somos ciudadanos con igual dignidad y derechos.

                                                                                                                                  

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gaza y las guerras del siglo XXI

Violencia extrema, categorías jurídicas y el bloqueo político de la paz


Desde el 7 de octubre, la respuesta del gobierno de Benjamin Netanyahu a la agresión de Hamás ha sido, en términos políticos y morales, una sucesión de masacres contra población civil, con un coste humano inaceptable y una devastación sistemática de infraestructuras esenciales. Esta condena puede y debe formularse sin banalizar el término “genocidio”, que no es un adjetivo moral ni un arma retórica, sino una categoría jurídica cuya determinación corresponde a los tribunales internacionales.

En el debate público contemporáneo, “genocidio” se ha convertido con frecuencia en un sintagma de agitación y propaganda. Sin embargo, la gravedad de los hechos no necesita inflaciones semánticas para ser denunciada. Los datos disponibles —muertes de civiles, miles de niños fallecidos, destrucción masiva de viviendas, hospitales, redes de agua y energía— sitúan a Gaza entre los escenarios más destructivos de las guerras del siglo XXI, con independencia de cómo acabe calificándose jurídicamente el conjunto de los hechos.

Comparación con otras guerras del siglo XXI

Si se comparan los últimos episodios de Gaza con conflictos como Irak, Afganistán, Siria, Yemen o Ucrania, aparecen patrones comunes:

  • uso desproporcionado de la fuerza,

  • altísima mortalidad civil,

  • colapso de infraestructuras básicas,

  • y normalización del sufrimiento como daño colateral.

Pero Gaza presenta una singularidad agravante: la combinación de bloqueo prolongado, densidad extrema de población y ausencia de vías de escape convierte cada ofensiva en una catástrofe humanitaria concentrada, donde el margen de protección civil es prácticamente inexistente. Esto explica la magnitud del impacto sobre niños y población no combatiente, sin necesidad de recurrir a categorías jurídicas aún no determinadas.

El factor silenciado: Hamás como dictadura sangrienta

Un elemento central que suele omitirse en ciertos análisis es que Gaza está gobernada por una dictadura, Hamás, con prácticas abiertamente autoritarias y fascistoides: represión interna, eliminación del disenso, instrumentalización de la población civil y uso sistemático del martirio como herramienta política.

Pensar una solución de paz ignorando este hecho es una ilusión. El conflicto actual está retroalimentado por dos liderazgos extremos —Hamás y Netanyahu— cuya lógica política necesita la confrontación permanente. Ambos se legitiman mutuamente: uno mediante la resistencia armada sin límites, el otro mediante la seguridad convertida en guerra total. En este marco, la solución de dos Estados está materialmente bloqueada, no solo por la historia, sino por los actores que hoy detentan el poder.

El origen histórico: resoluciones incumplidas y negaciones iniciales

Es cierto, como recuerda el articulista de Espai Marx, que el conflicto no comienza el 7 de octubre. Pero también lo es que el ciclo de violencia estructural se activa con el rechazo a la Resolución 181 de la ONU. La negativa de los Estados árabes y de sectores palestinos a aceptar el plan de partición —impulsada en parte por liderazgos con simpatías filonazis— cerró tempranamente la vía de un reconocimiento mutuo que hubiera evitado décadas de guerra.

Frente a la narrativa simplificadora de “los judíos acababan de llegar”, conviene recordar un dato histórico incómodo: durante periodos del Imperio Otomano, la población judía fue mayoritaria en Jerusalén. Este hecho no legitima políticas actuales, pero desmonta relatos ahistóricos usados para justificar posiciones maximalistas.

Una conclusión incómoda

Defender hoy una solución pacífica es necesario y, a la vez, profundamente problemático. Con los datos sobre la mesa, no hay condiciones políticas reales para un acuerdo mientras los liderazgos dominantes operen con lógicas incompatibles con la paz. Señalar esta contradicción no es cinismo: es realismo moral.

Condenar las masacres, exigir responsabilidades penales cuando corresponda, rechazar tanto el terrorismo como la guerra total, y negarse a convertir conceptos jurídicos en consignas es, hoy, una posición minoritaria pero intelectualmente honesta. No garantiza la paz; al menos evita la degradación del lenguaje y del juicio moral


He desarrollado esta reflexión con datos y comparaciones en el ensayo completo aquí 👉


martes, 3 de febrero de 2026

Sobre la banalización del fascismo

 

La palabra fascismo se ha convertido en un comodín retórico: sirve para todo y contra cualquiera. Su uso indiscriminado en el debate político no solo empobrece el lenguaje, sino que debilita la capacidad de denunciar el fascismo real, el históricamente verificable.

Conviene empezar por una precisión básica: discrepar no es fascismo. El fascismo no es una opinión desagradable ni una posición política con la que no se está de acuerdo. El fascismo histórico —nazismo, fascismo italiano y regímenes afines del siglo XX— se definió por prácticas muy concretas, no por etiquetas.

Entre esas prácticas se encuentran: la violencia ejercida desde el Estado contra los individuos, la persecución política, la intimidación o captura del poder judicial, el disciplinamiento de los medios de comunicación, el despliegue de fuerzas paramilitares y la normalización de la violencia política. Pero el fascismo no solo reprime: también redefine legalmente qué es delito y qué no, de modo que la violencia afín al régimen deja de ser punible. Esto incluye amnistías selectivas, indultos, archivos sistemáticos o leyes ad hoc, un rasgo ampliamente documentado por la historia comparada de los regímenes autoritarios.

Por eso, en el debate público, la palabra “fascismo” debería reservarse para esos regímenes históricos o para sistemas que reproduzcan de forma integral ese modelo de poder. Cuando se utiliza para designar cualquier posición adversaria, el término pierde precisión, fuerza moral y capacidad de alarma democrática.

Esto no implica equidistancia ni relativismo. No se trata de decir que “todo es igual” ni de diluir responsabilidades. Al contrario: se trata de afinar la denuncia. Cuando aparecen comportamientos que reproducen aquellas prácticas —aunque quienes las ejerzan no se autodenominen fascistas e incluso se presenten como antifascistas—, el término adecuado no es fascismo en abstracto, sino prácticas fascistoides.

La denuncia debe dirigirse a los hechos y no al insulto. La analogía médica es clara: cuando acudimos al médico no decimos simplemente “estoy enfermo”; describimos los síntomas. Solo después, con datos, se llega al diagnóstico. En política democrática debería ocurrir lo mismo: identificar intimidación, censura, violencia normalizada, instrumentalización del poder o impunidad selectiva antes de aplicar etiquetas totales.

El abuso del término fascismo produce un efecto perverso: normaliza prácticas autoritarias al vaciarlas de contenido, y permite que quienes se proclaman antifascistas reproduzcan, sin rubor, comportamientos que históricamente fueron propios del fascismo.

Blanco y en botella: si todo es fascismo, nada lo es. Y cuando llegue de verdad, quizá ya no tengamos palabras para nombrarlo.

Lee la reflexión completa aquí



domingo, 8 de noviembre de 2015

Un déjà vu de manual FUDACIÓN PARA LA LIBERTAD 08/11/15 EDUARDO ‘TEO’ URIARTE

Un déjà vu de manual


FUDACIÓN PARA LA LIBERTAD 08/11/15 EDUARDO ‘TEO’ URIARTE


Cuando sectores políticos moderados aceptan conculcar la legalidad suelen acabar sobrepasados por los radicales que tienen al lado, que sólo esperaban devaneos o decisiones de esa naturaleza para acaudillar el proceso político abierto. Es bastante incomprensible la sorpresa que muchos analistas expresan ahora sobre la deriva de los acontecimientos en Cataluña porque es de manal que una vez abierta la puerta de la ruptura democrática la iniciativa fuera deslizándose hacia los que nunca han estado en ella, como es el caso de los de la CUP.

El denominado “procés”, en una Europa como la de ahora, y en una España como la de ahora, resulta de un surrealismo tal que ni siquiera es imaginable en un guión  de los Monty Python. Escena como la petición de dinero al Estado para las farmacias a la vez que se declara la independencia supera su comicidad. Apenas hay que esperar a la primera moción del Parlament, declarando ajena a toda legalidad exterior la nueva república catalana, para convertir el primer acto de su presidencia en una violación, al saltarse los plazos, del reglamento de su propio parlamento. Un proceso que se ha jactado por parte de sus promotores de democrático (por aquello de sacar a las masas a la calle, las urnas de cartón, y no haber padecido durante el mismo a un grupo terrorista), en su primer acto institucional fuerza el reglamento de la de la Cámara. Lo que nos lleva a contemplar de nuevo cómo la llamada al pueblo y el esencialismo democrático suele acabar en autoritarismo.

Quien espere límite en esta dinámica es un ingenuo, pues una vez iniciado no se trata sólo de una secesión, se trata de la arbitrariedad de los que se creen llamados a mandar. Es decir, finalizará, si se deja, en la dictadura que va previendo este tipo de actos. Luego, de no existir España y, por consiguiente, la intervención del Estado, tal vorágine acabaría con todos sus promotores en la plaza de la guillotina observados por los redactores de la Vanguardia, entre otros, haciendo calceta. Pasará tiempo, caerán cabezas (políticamente hablando), se cocerán en su salsa, y finalmente la plaza se llamará de la Concordia. Mientras más tiempo tarde el Estado español en intervenir peor lo van a pasar.

De momento, los que esperan que la situación se encauce mediante la racionalidad y el diálogo se van a sentir frustrados porque los protagonistas del “procés” están prisioneros de sus decisiones pasadas. Pues una vez que han levantado el telón sus actores se han encontrado en  una tragedia, aunque para el resto sea una farsa, de la que no hay manera de salir. Además, son nacionalistas, y sus propuestas no han sido nunca pensadas para el acuerdo y la convivencia, sino para la ruptura. Sólo queda esperar en la audiencia el efecto catártico del drama, los efectos de sus traumáticos errores.

Pero costará un tiempo. Porque  hasta los protagonistas de segunda fila, que creyeron que todo esto era para presionar a Madrit y sacar más, serán reticentes a reflexionar razonablemente. Es la actitud de una sociedad acomodada que no quiere ni imaginar errores en sus actos, ni la posibilidad de desastres, ni tener en cuenta riesgos –lo conocimos en Euskadi con el plan Ibarretxe, y lo seguimos viendo en la falta de reconocimiento social a las víctimas del terrorismo -, y que tiene que palpar con sus manazas las heridas causadas en el cuerpo social para ser conscientes del daño que ha posibilitado. Pero hay más, la complicidad en este disparate, incluso la indiferencia, se convierte en un elemento que evita que el individuo sea consciente del alcance de los hechos, y le haga capaz de superar el entusiástico gregarismo patriótico que le llevó a gritar independencia en masivas manifestaciones. Por el contrario, ostentará una exagerada sensibilidad ante cualquier decisión que adopte el Estado, aunque sepamos todos que de nos ser por los romanos la patria de Brian sería un caos. El buen e ingenuo catalán que votó secesión antes de sentirse culpable pasará mucho tiempo echando la culpa al otro, máxime cuando ha estado por ahí un tal Pedro Sánchez diciendo en todo momento quien es el culpable de todo.

Es tan cortita la frase en francés, dèjá vu, que resulta corta para analizar lo que ocurre en Cataluña. Todo esto ya pasó en los momentos revolucionarios, incluidas las revoluciones conservadoras, como en la Italia fascista, o en el proceso de triunfo del nazismo (no estaba descaminado Felipe), o en el levantamiento del Caudillo, alentado en sus inicios, entre otros, por insignes catalanistas. Estos procesos, especialmente si son reaccionarios, los propician gente de bien, que creen aprovecharse de los más radicales para enseguida verse en manos de ellos, incluso convirtiéndose a sus postulados. Es que, cuando se vulnera la legalidad  de forma sedicente por gente de la buena sociedad se sabe como empieza, y sólo saben, más o menos, cómo acaba los que han  leído algo. Aunque siempre viene el listo que dice “a mi eso no me va a pasar”.

Es cierto que el nacionalismo se apodera de las conciencias por su exaltación sentimental, su osadía, su capacidad de movilizar amplias masas, y también por el miedo. Un miedo no siempre reconocido por mucha gente que lo padece, que se convierte en un virus ambiental que desarma las conciencias. Incluso, además, es capaz de provocar dudas y temores en sus adversarios. “Si el Estado interviene la situación va a ser peor”, frase que tras el buenismo zapateril lo dice gente de izquierda que está dispuesta a cargarse el Estado de derecho, sin contemplar en ello nada malo, pero que se vuelve exquisitamente timorata cuando se trata de nacionalismos. Es generalizado el temor de provocar a los nacionalistas, ¿pero es que los nacionalistas pueden ir mucho más lejos?. Pues si, van a ir todo lo lejos que puedan montados en el caballo desbocado del “procés” si nadie lo para. Y por catalanismo, pues tantos años de convivencia nos permite a los españoles un cierto catalanismo –puesto que no es de recibo la división que el nacionalismo quiere imponer entre catalanes y españoles-, hay que parar la espiral nacionalista.

Se hizo la vista gorda con lo de Banca Catalana, para no provocar, y no sirvió para nada, salvo para que algunos se hicieran multimillonarios. Haciendo la vista gorda desde el Gobierno de Madrid en múltiples materias, que van desde el déficit presupuestario a las conculcaciones en el sistema educativo, se ha llegado a la declaración de secesión. El no provocarles se ha convertido en el arma del izquierdismo para dejar impune el golpe de estado en marcha. Deberíamos, el resto de los españoles, dejar de mirar nuestro entorno y volvernos un poco catalanistas, preocuparnos por esos compatriotas nuestros y sacarlos de su espiral sin salida. Porque, como dijo mi difunto compañero Onaindia ante el problema vasco, la libertad, la convivencia, la democracia frente al etnicismo, es España.

Ya sabemos que Rajoy no es Abraham Lincoln,  y que Sánchez no es Gordom Brown, pero a poco que colaboren entre si con la ayuda de esa figura en ascenso, con un discurso fresco a lo Churchill, que es Albert Rivera, el problema catalán, engrandecido por la ineficacia y oportunismo de nuestros anteriores políticos, se convertiría en un problema menor y con posibilidades de solución definitiva. Al fin y al cabo, el “procés” es una gran farsa convertida solo en tragedia por la irresponsabilidad política y falta de entereza constitucional. Esperamos a Rivera para otorgarle de nuevo entereza.