Cuando la parte vuelve a convertirse en el todo
El caso de Ariana Harwicz y una de las falacias más peligrosas de nuestro tiempo
Estos días he estado en Granada mientras se desarrollaba una polémica que, al conocerla con más detalle, me ha resultado demasiado familiar.
La escritora argentina Ariana Harwicz había sido invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh. Su participación fue posteriormente cancelada después de las protestas suscitadas por sus posiciones públicas sobre Israel, Gaza y, especialmente, su oposición al boicot cultural a artistas israelíes.
No pretendo aquí decidir si las opiniones de Harwicz son acertadas o equivocadas. Algunas pueden parecernos discutibles, rechazables o incluso profundamente equivocadas.
Precisamente ahí está la cuestión.
¿Qué hacemos con quien piensa algo que consideramos intolerable?
Porque detrás de este episodio aparece nuevamente una confusión que considero una de las más frecuentes y peligrosas de nuestro tiempo:
confundir la parte con el todo.
Una persona sostiene una determinada posición sobre Israel y esa posición termina definiendo a la persona entera.
Un escritor firma un manifiesto y el manifiesto acaba sustituyendo al escritor.
Alguien discrepa sobre Gaza, Ucrania, inmigración, feminismo, memoria histórica o cualquier otro asunto especialmente polarizado y dejamos de discutir lo que ha dicho para empezar a clasificar a quien lo ha dicho.
La discrepancia concreta se transforma en identidad.
Y entonces aparece el mecanismo:
si rechazo una de tus ideas, termino rechazándote a ti.
Ese salto lógico parece pequeño, pero tiene enormes consecuencias.
Podemos considerar equivocada una opinión de Ariana Harwicz y defender simultáneamente que pueda expresarla. Podemos cuestionarla, discutirla, confrontarla con hechos y argumentos e incluso rebatirla públicamente.
Eso es precisamente discrepar.
De hecho, quienes defendieron su exclusión han argumentado que el problema no era su identidad judía, sino determinadas declaraciones públicas sobre Israel, Palestina y Gaza. Ese argumento merece ser escuchado y discutido.
Pero tampoco resuelve la cuestión fundamental:
¿Una posición concreta, por muy equivocada que nos parezca, debe convertir a una persona en alguien con quien ya no se puede compartir un espacio de debate?
La Universidad de Granada terminó desmarcándose de la decisión y recordó algo elemental: una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico, al contraste de ideas y también a las posiciones discrepantes o controvertidas.
Me parece una buena definición de lo que debería ser una sociedad plural.
Porque la alternativa resulta inquietante: espacios culturales en los que todos podamos discrepar siempre que nuestra discrepancia permanezca dentro de unos límites previamente aceptados por quienes participan en ellos.
Eso no es pluralismo.
Es pluralismo entre quienes ya están suficientemente de acuerdo.
Cambiemos a los protagonistas: ¿mantenemos el mismo criterio?
Hay una manera muy sencilla de comprobar si estamos defendiendo realmente un principio.
Cambiemos a los protagonistas.
Imaginemos que mañana una universidad, un festival o una institución cultural dominada por personas de ideas completamente diferentes decide excluir a un escritor porque sus opiniones sobre Palestina, inmigración, feminismo, religión o memoria histórica les parecen moralmente inadmisibles.
¿Defenderíamos entonces la exclusión con los mismos argumentos?
¿O nuestra respuesta sería diferente?
La pregunta importa porque un principio solo es realmente un principio cuando estamos dispuestos a aplicarlo también a quien piensa de manera muy distinta a nosotros.
Si la respuesta cambia cuando cambian los protagonistas, quizá no defendemos un principio, sino solo a los nuestros.
Y volvemos así a una idea que atraviesa muchas de las reflexiones que he publicado en La Réplica:
los principios se ponen a prueba precisamente cuando nos incomodan.
No se trata de estar de acuerdo con Ariana Harwicz.
Se trata de algo bastante más importante.
De conservar la capacidad de distinguir entre una persona y una de sus opiniones; entre una obra y una declaración; entre discutir una idea y expulsar del debate a quien la sostiene.
La parte no es el todo.
Nunca debería serlo.
Y quizá precisamente porque olvidamos algo tan elemental, esta sea una de las falacias más utilizadas —y más peligrosas— de nuestro tiempo.
La discrepancia es normal.
Convertir al discrepante en aquello que discrepamos de él es otra cosa.
La Réplica





