Antes de los bandos: Lorca, La Barraca y la España que también convivía
La película La bola negra, de Los Javis, devuelve a la actualidad a Federico García Lorca y a Rafael Rodríguez Rapún. Pero, al acercarnos a sus vidas, aparece también otra España que merece ser recordada: una sociedad profundamente enfrentada, sí, pero todavía no dividida en dos compartimentos humanos impermeables.
Hay relatos que, de tanto repetirse, terminan simplificando la historia.
Uno de ellos consiste en contemplar la España anterior a la Guerra Civil desde lo que sabemos que ocurrió después: dos bandos perfectamente delimitados, dos Españas que parecieran haber vivido siempre separadas y enfrentadas.
Pero la realidad fue bastante más compleja.
La bola negra y Rafael Rodríguez Rapún
La reciente película La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, ha vuelto a poner el foco sobre una figura mucho menos conocida que Lorca: Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca, militante socialista y uno de los grandes afectos amorosos del poeta.
Los propios directores han explicado que llegaron a Rapún a través de La piedra oscura, de Alberto Conejero, y que su historia les llevó a investigar el epistolario y la biografía de Lorca.
Pero siguiendo ese hilo aparece algo que va más allá de una historia de amor.
Aparece La Barraca.
Un pequeño microcosmos de aquella España
La Barraca fue el teatro universitario impulsado durante la Segunda República y dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte. Desde 1932 recorrió pueblos españoles representando gratuitamente a Calderón, Lope de Vega, Cervantes y otros clásicos.
Podría resultar fácil imaginarla retrospectivamente como un grupo políticamente homogéneo de jóvenes republicanos y de izquierdas.
No fue exactamente así.
Entre aquellos estudiantes hubo socialistas y personas de otras sensibilidades políticas. Y hubo también quienes terminarían vinculados a Falange.
Un caso especialmente revelador es Eduardo Ródenas Llusiá.
Ródenas había pertenecido a La Barraca y posteriormente escribió en Haz, órgano de Falange Española. Y desde allí defendió precisamente el proyecto cultural de Lorca frente a quienes desde la derecha pretendían desacreditarlo.
La paradoja es extraordinaria: un falangista defendiendo públicamente La Barraca de Federico García Lorca frente a sectores conservadores que la consideraban propaganda republicana.
También encontramos a Modesto Higueras, discípulo de Lorca en La Barraca, cuya trayectoria posterior quedaría vinculada al teatro universitario del régimen franquista y a Falange.
Nada de esto convierte a La Barraca en un espacio apolítico ni borra las profundas diferencias ideológicas existentes.
Pero obliga a introducir matices.
Lorca tampoco quería reducir La Barraca a una trinchera
El propio Lorca rechazó que el proyecto pudiera reducirse a una operación política.
En 1932, cuando ya existían acusaciones en ese sentido, declaró que al Teatro Universitario se le pretendía atribuir un matiz político que él negaba: para Lorca aquello era, ante todo, teatro.
Naturalmente, La Barraca formaba parte de una política cultural de la Segunda República y pretendía llevar la cultura a lugares donde difícilmente llegaba.
Pero una cosa es reconocer su contexto político y otra convertir retrospectivamente a todos sus integrantes en miembros de un mismo bloque ideológico.
No lo eran.
¿Y Lorca y José Antonio Primo de Rivera?
Aquí debemos ser especialmente prudentes.
Existen testimonios según los cuales Lorca y José Antonio se conocieron y tuvieron contactos personales. También está documentada la admiración de José Antonio por la obra del poeta.
Otra cosa muy distinta es afirmar, como algunas veces se hace, que existió entre ellos una amistad íntima y clandestina.
Hay testimonios posteriores que lo sostienen, pero no disponemos de cartas, fotografías u otra documentación contemporánea suficiente para establecerlo como un hecho indiscutible.
Y precisamente esta distinción importa.
Una cosa es el hecho documentado; otra, el testimonio; y otra, la interpretación que posteriormente construimos sobre ambos.
La guerra proyecta su sombra hacia atrás
Quizá ahí esté la cuestión fundamental.
Sabemos cómo terminó la historia.
Lorca fue asesinado en 1936.
Rafael Rodríguez Rapún murió combatiendo en el Ejército republicano en 1937.
Eduardo Ródenas, el barraco falangista que había defendido aquel proyecto cultural, fue también asesinado al comienzo de la Guerra Civil.
Cuando conocemos el desenlace resulta muy difícil no proyectarlo hacia atrás.
Terminamos imaginando que las fronteras que la guerra convirtió en abismos habían existido siempre.
Pero no era exactamente así.
Había enfrentamiento político, violencia, sectarismo y una polarización creciente. Sería absurdo negarlo.
Pero también había espacios compartidos.
Personas que pensaban de manera radicalmente distinta estudiaban juntas, trabajaban juntas, discutían, hacían teatro, escribían, se enamoraban o mantenían amistad.
La Barraca fue uno de esos lugares.
Antes de los bandos
Quizá por eso recuperar estas historias tenga hoy algún valor.
No para blanquear lo que ocurrió después.
No para establecer falsas equidistancias.
Y tampoco para fabricar un nuevo relato tranquilizador según el cual aquella España convivía armoniosamente hasta que, de repente, alguien decidió romperla.
La historia tampoco fue así.
Se trata de algo bastante más sencillo:
recordar que ninguna sociedad está formada únicamente por bloques.
Entre las etiquetas existen personas.
Y antes de que una guerra convierta al vecino en enemigo, hubo muchas ocasiones en las que ese vecino fue compañero, amigo, colega o simplemente alguien con quien era posible compartir un proyecto.
Los Javis han dicho estos días, hablando de La bola negra, algo que trasciende la película: cuando desaparece la posibilidad de dialogar con quien piensa diferente, el resultado puede terminar siendo la violencia y la tragedia.
Noventa años después, quizá La Barraca conserve una enseñanza que no estaba escrita en ninguno de sus libretos.
Rafael Rodríguez Rapún, Federico García Lorca, Eduardo Ródenas y los demás barracos no pensaban igual.
Durante algún tiempo, sin embargo, fueron capaces de levantar juntos un escenario.
Y eso también forma parte de nuestra historia.






