¿Quién evalúa la mente de quienes deciden sobre la
vida de todos?
Formulación breve de la idea
Antes de
evaluar la capacidad técnica de alguien, lo primero debería ser saber si su
mente está en condiciones de manejar poder.
Porque un mal técnico puede cometer errores.
Pero un desequilibrado con poder puede provocar catástrofes.
En muchas
profesiones sensibles existe una premisa básica: antes de confiar poder, se
evalúa la estabilidad psicológica de la persona.
Un piloto, un policía o alguien que solicita una licencia de armas suele pasar pruebas
psicotécnicas y entrevistas clínicas destinadas a detectar problemas graves
de juicio, impulsividad o trastornos mentales.
La lógica es
simple:
la capacidad
técnica no garantiza la estabilidad emocional ni el criterio moral.
Un ingeniero
brillante podría ser profundamente inestable.
Un médico excelente podría tener rasgos peligrosos de personalidad.
Por eso en determinados ámbitos el primer filtro no es el conocimiento, sino la aptitud psicológica para manejar
responsabilidad.
Sin embargo,
ocurre una paradoja notable en las democracias modernas.
Para ocupar
muchos puestos administrativos se exige aprobar oposiciones, conocer leyes,
demostrar competencias técnicas e incluso superar evaluaciones psicológicas.
Pero para ocupar algunos de los cargos con mayor poder real —diputado,
presidente de gobierno, jefe de Estado— no se exige prácticamente nada más allá
de ganar unas elecciones.
Ni pruebas
de conocimiento institucional.
Ni evaluaciones psicológicas.
Ni acreditaciones de criterio o estabilidad.
La
legitimidad proviene únicamente del voto.
Esto plantea
una cuestión incómoda:
¿puede el
electorado evaluar algo que no conoce?
Si un
candidato presentara rasgos graves de personalidad —por ejemplo impulsividad
extrema, narcisismo patológico o tendencias psicopáticas— los ciudadanos
probablemente no lo votarían. Pero el problema es evidente: esa información
rara vez está disponible. El votante decide con información incompleta.
La
legitimidad democrática presupone que los ciudadanos eligen libremente, pero
esa libertad se basa en la calidad de la información disponible.
Cuando las
decisiones políticas afectan a cuestiones trascendentales —como declarar una
guerra— la cuestión se vuelve aún más delicada.
Los sistemas
militares modernos han desarrollado múltiples controles para evitar decisiones
individuales impulsivas en el uso de armas extremadamente destructivas. Existen
cadenas de mando, procedimientos de verificación y normas que obligan a la
participación de varias personas en decisiones críticas.
Pero esos
mecanismos operan después de la decisión política.
Lo previo es
mucho más simple: decidir entrar en una guerra.
En teoría,
en las democracias ese tipo de decisiones debería estar sometido a control
parlamentario. En la práctica, la historia reciente muestra numerosos casos en
los que las acciones militares se han iniciado con controles limitados o
interpretaciones amplias de los poderes ejecutivos.
En regímenes
autoritarios o movimientos totalitarios la situación es aún más clara: las
decisiones pueden depender de un líder o de un pequeño grupo cerrado,
sin contrapesos reales.
Esto nos
devuelve a la cuestión inicial.
Quizá el
problema no sea solo técnico ni jurídico, sino humano.
Antes de
preguntarnos si alguien está preparado para gobernar, tal vez deberíamos
preguntarnos algo más básico: si su equilibrio mental y su capacidad de juicio son compatibles con
el poder que va a ejercer.
Porque un
mal técnico puede cometer errores.
Pero un
desequilibrado con poder puede provocar catástrofes.
Esa es una
de las paradojas más inquietantes de nuestras sociedades:
cuanto más poder técnico tiene un puesto, más filtros existen;
cuanto más poder político tiene un puesto, más se confía únicamente en el voto.
La pregunta
que queda abierta es incómoda pero inevitable:
¿basta la
legitimidad electoral cuando las decisiones pueden afectar al destino de
millones de personas?
Nota del autor
La idea inicial de esta reflexión surgió durante una conversación tomando café con mi amigo José, médico, a propósito de una pregunta tan sencilla como inquietante:
¿quién evalúa la mente de quienes toman decisiones que afectan a millones de personas?

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