Existe una forma de hipocresía política que no siempre es evidente, pero que duele cuando se percibe:
la de quienes denuncian con fuerza unas injusticias mientras guardan silencio ante otras igual o más graves.
Durante años hemos visto manifestaciones masivas contra determinadas causas legítimas, pero apenas hemos visto una reacción proporcional ante la represión brutal de ciudadanos en países como Irán o Venezuela, donde miles de personas han salido a la calle de forma pacífica y han sido encarceladas, torturadas o asesinadas.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿por qué unas víctimas movilizan conciencias y otras no?
La respuesta, en muchos casos, no está en la gravedad de los hechos, sino en su encaje dentro del relato geopolítico dominante.
Cuando el sufrimiento humano se filtra por intereses ideológicos, deja de ser un principio moral universal y se convierte en una herramienta selectiva.
Y ahí es donde aparece el problema de fondo:
cuando la indignación no es coherente, pierde credibilidad.
Cuando los derechos humanos se defienden solo a conveniencia, dejan de ser derechos y pasan a ser argumentos.
Porque el dolor no debería tener bandos.
Y la dignidad humana, tampoco.

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