EL ODIO AL ADVERSARIO TAMBIÉN PUEDE ALIMENTARLO
Hay una reacción casi automática ante determinados dirigentes políticos: «¡Qué odiosos!»
Es comprensible. Hay discursos, comportamientos y decisiones que pueden producir rechazo, indignación e incluso repugnancia.
Pero quizá convenga hacerse una pregunta incómoda:
¿Y si nuestro odio hacia ellos fuera precisamente una parte de su alimento?
La política de la polarización no vive únicamente de conseguir adhesiones. Necesita también enemigos.
Necesita que enfrente haya alguien que desprecie, ridiculice o demonice a quienes están al otro lado. Porque entonces resulta mucho más sencillo construir un relato:
«Nos odian. Nos persiguen. Quieren acabar con nosotros. Por eso tenemos que permanecer unidos».
El mecanismo no pertenece exclusivamente a una ideología. Puede utilizarlo la derecha o la izquierda, un nacionalismo o su contrario, un movimiento religioso o uno antirreligioso.
La identidad del adversario cambia; el mecanismo permanece.
EL CÍRCULO QUE SE RETROALIMENTA
La polarización puede convertirse así en un círculo:
PROVOCACIÓN → INDIGNACIÓN → ODIO AL ADVERSARIO → REACCIÓN DEL ADVERSARIO → MAYOR COHESIÓN DE CADA BANDO → NUEVA PROVOCACIÓN
Y cada vuelta de la rueda beneficia especialmente a quienes hacen de la confrontación su principal herramienta política.
Esto no significa caer en el cómodo «todos son iguales».
No todos los hechos tienen la misma gravedad ni todas las responsabilidades son equivalentes.
Una democracia necesita señalar la mentira, el abuso de poder, la corrupción, el autoritarismo o cualquier vulneración de derechos, venga de donde venga.
La cuestión es otra:
¿Cómo hacerlo sin convertir nuestra indignación en combustible para aquello que queremos combatir?
CRITICAR NO ES ODIAR
Podemos combatir unas ideas sin despreciar a quienes las sostienen.
Podemos denunciar a un gobernante sin considerar despreciables a millones de ciudadanos que lo votan.
Podemos exigir responsabilidades sin deshumanizar al adversario.
De hecho, esa distinción resulta esencial para conservar el espíritu crítico.
Cuando alguien pasa de ser un adversario a convertirse simplemente en «uno de los malos», dejamos de analizar lo que hace. Empezamos a interpretar automáticamente todo cuanto hace según la etiqueta que previamente le hemos colocado.
Y entonces los hechos pierden importancia.
También nosotros hemos entrado en la lógica de la trinchera.
UNA PARADOJA QUE MERECE LA PENA RECORDAR
Quien basa su poder en la confrontación necesita adversarios enfurecidos casi tanto como seguidores entusiasmados.
Por eso quizá la respuesta más eficaz ante determinados discursos no sea aumentar el volumen del desprecio, sino hacer algo mucho más difícil:
Examinar los hechos.
Desmontar las falsedades.
Exigir responsabilidades.
Y, al mismo tiempo, negarnos a participar en la deshumanización del contrario.
Porque existe una paradoja que deberíamos tener siempre presente:
EL ODIO AL ADVERSARIO NO SIEMPRE LO DEBILITA.
MUCHAS VECES LO ALIMENTA.
Y quizá una de las mejores formas de combatir la polarización sea precisamente negarle ese alimento.
La verdad importa. Y si no nos gusta, importa más.
JAPA

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