viernes, 28 de agosto de 2026

Comprender las causas no significa justificar al agresor

 


Comprender las causas no significa justificar al agresor

Hay algo profundamente razonable en advertir contra una guerra interminable en Ucrania. También lo hay en recordar el riesgo de una escalada entre potencias nucleares, en cuestionar determinadas decisiones de Estados Unidos y de los gobiernos europeos y en preguntarnos cuántas vidas estamos dispuestos a sacrificar por recuperar cada kilómetro de territorio ocupado.

Todo eso merece ser discutido.

Pero hay una línea que no deberíamos cruzar: explicar una agresión no puede terminar convirtiéndose en una justificación del agresor ni en una transferencia de responsabilidad hacia el agredido.

La comparación es deliberadamente incómoda, pero ayuda a entender el problema. Podemos analizar si una mujer que ha sufrido una agresión sexual tomó previamente decisiones imprudentes, si caminó sola de madrugada o si vestía de determinada manera. Pero nada de eso modifica quién . la decisión de agredirla.

La imprudencia, incluso cuando existe, no convierte al agredido en responsable de la agresión.

Rusia invadió Ucrania

Este es el hecho del que hay que partir.

En febrero de 2022, Rusia cruzó las fronteras internacionalmente reconocidas de Ucrania con sus Fuerzas Armadas. La Asamblea General de Naciones Unidas calificó lo sucedido como una agresión contra Ucrania y exigió a Rusia la retirada de sus tropas.

A partir de ahí podemos —y debemos— discutir todo lo demás.

Podemos preguntarnos si la ampliación de la OTAN fue políticamente inteligente.

Podemos analizar si Estados Unidos despreció durante años las preocupaciones rusas sobre su seguridad.

Podemos examinar los errores de Ucrania antes de 2022.

Podemos criticar las sanciones occidentales.

Podemos considerar temeraria la autorización para utilizar determinadas armas occidentales contra territorio ruso.

Y podemos preguntarnos si algunos gobiernos europeos están contribuyendo a prolongar una guerra que difícilmente tendrá una solución militar satisfactoria.

Pero ninguna de esas preguntas cambia el sujeto de la decisión fundamental: quien decidió invadir Ucrania fue el Gobierno ruso.

Comprender las circunstancias que preceden a una decisión no significa transferir la responsabilidad de quien la toma.

¿Europa quiere la guerra?

También conviene tener cuidado con las palabras.

Puede criticarse la política de los países bálticos y nórdicos. Es comprensible, además, que su historia de ocupaciones y dominación rusa o soviética condicione su percepción de la amenaza.

Podemos pensar que exageran ese peligro.

Podemos considerar equivocada su estrategia.

Incluso podemos sostener que continuar suministrando determinadas armas a Ucrania aumenta peligrosamente el riesgo de escalada.

Pero afirmar que esos países tienen una especie de «sed de guerra» o que desean una guerra contra Rusia exige demostrar algo bastante más difícil.

Porque esos mismos gobiernos que apoyan militarmente a Ucrania han reclamado también un alto el fuego y negociaciones para alcanzar una paz duradera.

Podremos discrepar sobre cómo pretenden alcanzar la paz. No deberíamos convertir automáticamente esa discrepancia en una división moral entre quienes quieren la paz y quienes quieren la guerra.

La pregunta incómoda: ¿hasta cuándo?

Aquí, sin embargo, los críticos con la estrategia occidental plantean una cuestión que no deberíamos eludir.

¿Cuántos ucranianos más deben morir para recuperar los territorios ocupados?

¿Existe realmente una posibilidad militar razonable de recuperar Crimea y el Donbás?

¿Durante cuánto tiempo debe continuar una guerra antes de admitir que una paz imperfecta puede ser preferible a una victoria imposible?

Son preguntas legítimas.

También lo es plantear un alto el fuego sobre las líneas actuales sin reconocer jurídicamente la soberanía rusa sobre los territorios ocupados.

Una cosa es el control de facto y otra muy distinta su reconocimiento de iure.

La historia está llena de armisticios, fronteras provisionales y conflictos congelados que han evitado durante décadas guerras mucho peores.

Por tanto, defender una negociación no equivale necesariamente a premiar a Putin.

Pero aquí aparece otra pregunta igualmente incómoda.

¿Qué ocurre si una invasión acaba siendo rentable?

Imaginemos que aceptamos como principio que, cuando una guerra ha provocado suficientes muertos y el agresor controla una parte considerable del territorio invadido, lo razonable es detenerla manteniendo provisionalmente las posiciones alcanzadas.

Puede ser necesario hacerlo.

Pero no podemos ignorar el precedente que creamos.

¿Qué mensaje recibe cualquier potencia que tenga reivindicaciones territoriales sobre su vecino?

Puede invadir.

Puede ocupar territorio.

Puede resistir durante algunos años.

Y llegará un momento en que la comunidad internacional comenzará a preguntarle al país invadido si realmente merece la pena seguir muriendo para recuperar sus fronteras.

Por eso no basta con preguntar:

¿cuántas personas deben morir para recuperar el territorio ocupado?

También debemos preguntar:

¿qué consecuencias tendrá para el futuro que conquistar territorio mediante la fuerza termine produciendo resultados?

No existe una respuesta sencilla.

Precisamente por eso desconfío de quienes parecen tenerla.

Negociar no significa absolver

Creo que podemos mantener simultáneamente varias ideas sin que sean contradictorias.

Rusia es responsable de haber iniciado una guerra de agresión contra Ucrania.

Occidente ha cometido errores graves antes y después de la invasión.

Ucrania tampoco está exenta de errores ni de obligaciones jurídicas y morales.

La escalada progresiva del conflicto aumenta un riesgo nuclear que ninguna persona sensata debería trivializar.

Y después de años de guerra puede llegar un momento en que negociar una paz imperfecta sea moralmente preferible a continuar buscando una victoria improbable.

Todo eso puede ser verdad simultáneamente.

Lo que no deberíamos hacer es comenzar reconociendo que existe un agresor y un agredido y terminar dedicando prácticamente toda nuestra indignación al agredido y a quienes lo ayudan.

Porque entonces el análisis ha sufrido un desplazamiento casi imperceptible: hemos pasado de intentar comprender por qué ocurrió una agresión a explicar por qué el agredido debería haber actuado de otra manera.

Y ahí conviene recordar una distinción elemental.

Las circunstancias explican.

Los errores ayudan a comprender.

La geopolítica proporciona antecedentes.

Pero la responsabilidad de una agresión corresponde, en primer término, a quien decide realizarla.

Defender la negociación no exige olvidarlo.

Al contrario: probablemente una paz duradera solo pueda construirse cuando seamos capaces de hacer las dos cosas a la vez: reconocer los hechos sin convertirlos en propaganda y buscar la paz sin convertirla en una absolución del más fuerte.

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