Lorca, los «herederos biológicos» y las trincheras que no deberíamos reconstruir
Utilizar el asesinato de Federico García Lorca para señalar a los adversarios políticos de hoy quizá nos haga olvidar una de las principales lecciones de 1936: antes de que una sociedad llegue a enfrentarse con las armas, puede haber empezado a dejar de reconocerse como una comunidad de ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan diferente.
Hace unos días, con motivo del 90 aniversario del asesinato de Federico García Lorca, Óscar Puente escribió:
«Tal como hoy, hace 90 años, unos fascistas asesinaron a la que fue, quizá, la mente literaria española más importante del siglo XX. Murió con tan solo 38 años. Los herederos políticos y biológicos de sus asesinos llaman a la puerta del gobierno de nuevo. Que no lo consigan.»
La primera afirmación nos remite a un hecho histórico: Federico García Lorca fue asesinado en Granada por fuerzas vinculadas a los sublevados pocas semanas después del golpe militar de julio de 1936.
No hay razón para ocultarlo, relativizarlo ni compensarlo con los crímenes cometidos por el otro bando. Cada crimen merece ser juzgado por sí mismo.
Pero hay unas palabras en el mensaje del ministro que me resultan especialmente inquietantes:
«Los herederos políticos y biológicos de sus asesinos».
¿Herederos biológicos?
Nadie hereda la culpa de sus padres, de sus abuelos ni de sus bisabuelos.
La responsabilidad es individual.
Uno de los grandes avances de nuestra civilización consiste precisamente en haber sustituido la culpa colectiva, familiar o hereditaria por la responsabilidad personal.
Podemos discutir si determinadas ideas políticas actuales tienen antecedentes históricos. Podemos analizar continuidades ideológicas, discursos autoritarios o comportamientos antidemocráticos. Y debemos denunciarlos cuando existan.
Pero a las personas hay que juzgarlas por lo que piensan, dicen y hacen ellas, no por lo que hicieron sus antepasados.
Introducir la biología en la responsabilidad política nos lleva precisamente a un terreno del que la historia europea debería habernos enseñado a alejarnos.
El Lorca que no cabe bien en las trincheras
Hay además algo en la propia vida de Federico García Lorca que hace especialmente paradójico este mensaje.
Lorca tenía posiciones políticas y sociales conocidas y no hay necesidad de convertirlo retrospectivamente en un hombre sin ideas.
Pero una cosa son las convicciones y otra el sectarismo.
Cuando en agosto de 1936 comprendió que su vida podía correr peligro en Granada, Lorca buscó refugio en casa de su amigo Luis Rosales.
Luis Rosales era falangista y varios de sus hermanos estaban vinculados a Falange.
Lorca pensó que aquella casa podía protegerlo precisamente por la amistad que los unía y por la posición política de los Rosales.
Y sus amigos intentaron protegerlo.
No pudieron conseguirlo. Lorca fue detenido en aquella casa y posteriormente asesinado.
Pero el hecho resulta extraordinariamente revelador: un hombre identificado con la cultura republicana buscaba protección en casa de unos amigos falangistas.
La ideología no había conseguido destruir la amistad.
La Barraca: izquierdas y derechas subidas al mismo camión
También resulta significativo recordar La Barraca, el proyecto de teatro universitario dirigido por Lorca y Eduardo Ugarte durante la Segunda República.
Aquellos estudiantes recorrían pueblos y ciudades representando gratuitamente a Cervantes, Lope de Vega, Calderón y otros clásicos.
Y entre ellos había jóvenes de izquierdas y de derechas.
Uno de los vinculados al proyecto, Eduardo Ródenas, acabaría militando en Falange y moriría también durante la violencia desencadenada por la Guerra Civil.
Aquella España existió también.
Jóvenes con ideas políticas diferentes podían trabajar juntos, representar juntos a nuestros clásicos y compartir un proyecto cultural común.
Después muchos terminarían separados por unas trincheras que no habían construido ellos solos.
La Guerra Civil no comenzó de repente
La Guerra Civil convencional comenzó después de la sublevación militar del 17 y 18 de julio de 1936 y de su fracaso parcial.
Pero sería un error imaginar que una sociedad pasa de la convivencia a una guerra civil de un día para otro.
Durante los meses anteriores se había producido una creciente violencia política. Hubo asesinatos, atentados, incendios, enfrentamientos callejeros, discursos revolucionarios y conspiraciones militares.
La violencia procedía de distintos sectores, aunque eso no elimina ni iguala las responsabilidades concretas de cada uno.
El asesinato del teniente Castillo el 12 de julio y, pocas horas después, el asesinato de Calvo Sotelo constituyen quizá la expresión más dramática de aquel deterioro inmediatamente anterior al golpe.
Mientras tanto, la conspiración militar llevaba tiempo preparándose.
Por eso sería históricamente incorrecto afirmar que la Guerra Civil comenzó meses antes del 18 de julio.
Pero podemos decir algo diferente:
Antes de que comenzara la Guerra Civil, se estaban destruyendo algunas de las condiciones que permiten evitar una guerra civil.
Entre ellas, una fundamental:
reconocer como legítima la existencia del adversario.
No estamos en 1936
Conviene decirlo con toda claridad.
España no está en 1936.
Tenemos una democracia consolidada, elecciones libres, instituciones constitucionales y una sociedad incomparablemente menos violenta que aquella.
Utilizar 1936 para anunciar constantemente una nueva Guerra Civil sería tan irresponsable como utilizarlo para convertir a nuestros adversarios políticos actuales en continuadores de quienes asesinaron hace noventa años.
Pero precisamente porque conocemos nuestra historia deberíamos prestar atención a determinados mecanismos.
La polarización comienza a ser peligrosa cuando dejamos de decir:
«Creo que estás equivocado».
y empezamos a decir:
«Tú eres uno de ellos».
Fascista.
Comunista.
Franquista.
Bolivariano.
Heredero de asesinos.
Entonces ya no discutimos las ideas o los actos del ciudadano que tenemos delante.
Lo convertimos en representante de una categoría moralmente condenada de antemano.
Y una vez hecha esa transformación, escucharlo deja de ser necesario.
Nuestros muertos no deberían convertirse en munición
Federico García Lorca pertenece a nuestra memoria colectiva.
También a los españoles que piensan diferente de nosotros.
Quizá por eso resulte especialmente desafortunado utilizar su asesinato para dividir nuevamente a los españoles entre herederos de víctimas y «herederos biológicos» de verdugos.
Tal vez el propio Lorca nos haya dejado, involuntariamente, una imagen bastante más hermosa para recordar estos días:
un hombre de izquierdas buscando protección en casa de unos amigos falangistas.
Y unos jóvenes de izquierdas y de derechas subiéndose juntos a los vehículos de La Barraca para llevar a Cervantes, Calderón y Lope por los pueblos de España.
También esa fue España.
Y quizá esa memoria sea hoy mucho más útil que averiguar quién es heredero de quién.
La historia debe servirnos para conocer las responsabilidades del pasado, no para transmitirlas hereditariamente al presente.
La discrepancia es normal; la deshumanización del otro, no.
Y si realmente queremos honrar a quienes fueron víctimas de nuestra Guerra Civil, quizá la mejor manera de hacerlo sea impedir que sus nombres vuelvan a utilizarse para levantar trincheras entre los españoles.
La verdad importa. Y si no nos gusta, importa más, aunque nos duela.
JAPA — La Réplica
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