LA PRUEBA DEL CAMBIO DE PROTAGONISTA
Los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan
Entre el relato y las creencias, los hechos
Esta reflexión tiene un desencadenante inmediato.
Un vídeo sobre China, Estados Unidos y la geopolítica del petróleo terminaba cuestionando la facilidad con la que hablamos de los Estados como si fueran personas: «China gana», «Estados Unidos pierde», «nosotros» frente a «ellos».
No era exactamente el asunto sobre el que llevaba tiempo reflexionando, pero hizo confluir varias ideas que ya habían aparecido en La Réplica: no confundir la parte con el todo, no subordinar los hechos al relato y recordar que los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan.
Y de ahí surge una pregunta muy sencilla:
¿Juzgaríamos de la misma manera un hecho si lo hubiera cometido el bando contrario?
Parece una pregunta elemental. Pero quizá sea una de las mejores herramientas para comprobar si estamos juzgando los hechos de acuerdo con nuestros principios o acomodando los principios al relato al que pertenecemos.
Probemos.
Si considero intolerable encarcelar a una mujer por desafiar las normas religiosas de un régimen, ¿seguiría pareciéndome intolerable aunque ese régimen sea enemigo de un país cuya política rechazo?
Si condeno la muerte de civiles cuando bombardea el adversario, ¿mantengo el mismo criterio cuando bombardean los míos?
Si considero inadmisible la censura cuando la practica un Gobierno que detesto, ¿la justifico cuando pretende proteger una causa que comparto?
Si denuncio una invasión cuando la realiza una potencia adversaria, ¿busco atenuantes cuando quien invade pertenece a mi espacio político o geoestratégico?
No se trata de afirmar que todas las situaciones sean iguales. Casi nunca lo son. El contexto importa, las responsabilidades pueden ser diferentes y los antecedentes también.
Pero el contexto debe ayudarnos a comprender los hechos, no a hacerlos desaparecer.
CUANDO EL RELATO MANDA SOBRE LOS HECHOS
Aquí aparece una inversión que merece atención.
Lo razonable sería:
HECHOS → ANÁLISIS → CONCLUSIÓN
Pero con demasiada frecuencia hacemos lo contrario:
RELATO → SELECCIÓN DE HECHOS → JUSTIFICACIÓN
Primero sabemos quiénes son «los nuestros» y quiénes «los otros». Después interpretamos lo ocurrido.
Y entonces un mismo hecho puede cambiar de nombre según quién lo cometa.
Lo que en el adversario es represión puede convertirse en «defensa de la estabilidad» entre los nuestros.
Lo que en unos es agresión puede presentarse en otros como «necesidad geoestratégica».
Las víctimas que sirven para denunciar al contrario ocupan titulares; las que incomodan a nuestro relato pasan rápidamente a segundo plano.
Los hechos siguen siendo los mismos.
Lo que ha cambiado es el protagonista.
IRÁN Y LAS MUJERES: UN EJEMPLO INCÓMODO
La represión ejercida por el régimen iraní contra mujeres, manifestantes y disidentes está ampliamente documentada.
Las protestas desencadenadas en 2022 tras la muerte bajo custodia de Jina Mahsa Amini fueron reprimidas violentamente. Naciones Unidas recogió informaciones fiables sobre el uso intencionado y desproporcionado de fuerza letal y más de 550 manifestantes muertos, incluidos menores.
Posteriormente, organismos de Naciones Unidas han seguido documentando medidas represivas contra mujeres y niñas y contra activistas del movimiento «Mujer, Vida, Libertad».
Podemos analizar al mismo tiempo la política estadounidense hacia Irán, las acciones de Israel, las sanciones, Palestina, el petróleo o el equilibrio de poder en Oriente Próximo.
Debemos hacerlo.
Pero ninguna consideración geopolítica convierte la represión de una mujer iraní en menos represión.
Aquí puede producirse una doble perversión.
Quien sitúa al régimen iraní dentro del campo de «los enemigos de mis enemigos» puede relativizar sus abusos porque denunciarlos parece favorecer al adversario.
Y quien considera a Irán simplemente parte del «eje enemigo» puede utilizar el sufrimiento de esas mismas mujeres como munición contra el contrario y olvidarse de ellas cuando dejan de ser útiles.
En los dos casos sucede lo mismo:
la persona queda subordinada al relato.
CAMBIEMOS LOS NOMBRES
Esta es la prueba que propongo.
Ante una noticia que confirme nuestras convicciones, hagamos mentalmente un pequeño experimento:
cambiemos los nombres de los protagonistas.
Donde pone el partido que detesto, pongamos el que voto.
Donde pone el país adversario, pongamos el aliado.
Donde pone Israel, pongamos Palestina; donde pone Palestina, Israel.
Donde pone Rusia, pongamos Estados Unidos.
Y después volvamos a preguntarnos qué pensamos del hecho.
Naturalmente, intercambiar nombres no convierte situaciones históricas diferentes en equivalentes.
No se trata de fabricar falsas equidistancias.
Se trata de poner a prueba nuestro propio criterio.
Si nuestra valoración moral cambia automáticamente al cambiar el nombre, tenemos un problema.
Quizá no estuviéramos defendiendo un principio.
Estábamos defendiendo a los nuestros.
LOS PRINCIPIOS TIENEN UNA PRUEBA DE RESISTENCIA
Por eso aquella frase que he utilizado otras veces adquiere aquí todo su significado:
Los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan.
Defender la libertad de expresión de quien piensa como nosotros es fácil.
Denunciar la corrupción del adversario es fácil.
Indignarse ante las víctimas producidas por el enemigo es fácil.
La dificultad comienza cuando la libertad que debemos defender es la de quien nos irrita; cuando la corrupción aparece entre los nuestros; cuando la víctima cuestiona nuestra explicación del mundo.
Ahí descubrimos cuánto pesaba realmente el principio.
Porque un principio que sólo aplicamos al adversario no es un principio.
Es un arma.
EL PROBLEMA NO ES EL «NOSOTROS»
Necesitamos un «nosotros»: familia, amigos, comunidad, país, ideas compartidas. La pertenencia puede generar solidaridad, cooperación y responsabilidad hacia los demás.
El problema empieza cuando para afirmar ese nosotros necesitamos fabricar un ellos.
Y se vuelve mucho más peligroso cuando, una vez construido ese «ellos», dejamos de aplicar a unos y otros el mismo criterio.
Entonces ya no acomodamos nuestros relatos a los hechos.
Acomodamos los hechos a nuestros relatos.
Por eso quizá necesitemos hacernos más veces una pregunta extraordinariamente sencilla:
¿PENSARÍA LO MISMO SI LO HUBIERAN HECHO LOS OTROS?
Si la respuesta es no, merece la pena detenerse.
Porque los principios no deberían cambiar cuando cambiamos el nombre del protagonista.
Y porque cuando subordinamos los hechos al relato, tarde o temprano terminamos subordinando también a las personas.
A partir de: un vídeo de Liberalístico sobre China, Estados Unidos, el petróleo y el llamado «dilema de Malaca». Su reflexión final sobre los relatos geopolíticos fue el desencadenante inmediato para volver sobre ideas que ya había tratado anteriormente en La Réplica.

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