La inteligencia artificial: ¿de quién será el nuevo capital?
La frase impresiona. Pero quizá lo más interesante no sea la nacionalización, sino la pregunta que hay detrás:
¿Quién será propietario de la inteligencia artificial y quién se beneficiará de la riqueza que genere?
La IA también es capital
Milanović parte de una idea sencilla: la inteligencia artificial es una nueva forma de capital.
No tiene necesariamente la apariencia de una fábrica, una máquina o una explotación minera. Está formada por algoritmos, modelos, datos, chips, centros de procesamiento, energía y conocimiento. Pero requiere enormes inversiones y puede multiplicar extraordinariamente la productividad.
Y, como cualquier capital, tiene propietarios.
Ahí aparece el problema.
Si la IA permite producir más con menos trabajo humano y la propiedad de esa tecnología se concentra en pocas empresas, una parte creciente de la riqueza podría desplazarse desde quienes aportan su trabajo hacia quienes poseen ese capital.
No es una certeza. Nadie sabe todavía cuál será el efecto final de la IA sobre el empleo y los salarios. También puede crear nuevas profesiones, aumentar la productividad de millones de trabajadores y democratizar capacidades que antes estaban reservadas a grandes organizaciones.
Pero el riesgo señalado por Milanović es real: una revolución tecnológica capaz de aumentar enormemente la riqueza también puede aumentar enormemente su concentración.
¿Nacionalizar qué?
Aquí empiezan mis dudas sobre su propuesta.
Decir «nacionalicemos la inteligencia artificial» resulta mucho más sencillo que explicar qué significa.
¿Nacionalizamos las empresas que desarrollan los grandes modelos? ¿Los propios modelos? ¿Los centros de datos? ¿La capacidad de computación? ¿Los chips? ¿Los datos?
La IA no es una fábrica situada dentro de las fronteras de un país. Es una infraestructura tecnológica internacional extraordinariamente compleja.
Por eso creo que la expresión nacionalizar la inteligencia artificial tiene más fuerza como advertencia que como programa político concreto.
Pero Milanović plantea una cuestión que no deberíamos eludir.
¿Todo el poder para las empresas?
Si dentro de unos años la inteligencia artificial resulta tan fundamental para una sociedad como hoy lo son la electricidad, las telecomunicaciones o Internet, cabe preguntarse si podemos permitir que su infraestructura esencial quede concentrada exclusivamente en unas pocas corporaciones.
Porque quien controle una tecnología capaz de intervenir en la producción, la información, la educación, la investigación científica, la administración o la defensa no tendrá solamente poder económico.
Tendrá poder social y político.
Y una democracia tiene razones legítimas para impedir una concentración semejante.
Eso puede exigir regulación, defensa de la competencia, fiscalidad, modelos abiertos, investigación pública y posiblemente infraestructuras públicas de inteligencia artificial.
Pero entonces aparece la pregunta contraria.
¿Todo el poder para el Estado?
Que desconfiemos de una concentración excesiva del poder privado no significa que debamos confiar automáticamente en la concentración del poder público.
Una inteligencia artificial controlada exclusivamente por un Estado también podría convertirse en una formidable herramienta de vigilancia, manipulación o control social.
Especialmente en un régimen autoritario.
Por eso quizá estemos formulando mal la alternativa.
No debería ser:
IA privada o IA estatal.
El verdadero desafío debería ser:
cómo impedir que una tecnología con semejante capacidad quede monopolizada por nadie.
Ni por cinco grandes corporaciones.
Ni por un Gobierno.
Democratizar el nuevo capital
En este punto encuentro especialmente interesante otra de las propuestas de Milanović, menos llamativa que la nacionalización pero posiblemente más importante: ampliar el acceso a ese nuevo capital.
Que universidades, administraciones, pequeñas empresas, investigadores, trabajadores y ciudadanos puedan utilizar herramientas avanzadas de inteligencia artificial evita que todas sus ventajas queden reservadas a quienes disponen de miles de millones para desarrollarlas.
Quizá ahí esté una parte de la respuesta.
Competencia real. Regulación democrática. Investigación pública. Modelos abiertos cuando sea posible. Acceso amplio a la tecnología. Fiscalidad sobre las nuevas rentas del capital. Protección para quienes resulten perjudicados por la transformación laboral.
Y límites claros al poder, sea privado o público.
Entre el miedo y la fascinación
Con la inteligencia artificial estamos cayendo con frecuencia en dos relatos opuestos.
Uno anuncia una especie de paraíso tecnológico en el que la IA resolverá nuestros problemas.
El otro anuncia desempleo masivo, desigualdad extrema e incluso la desaparición de la humanidad.
Probablemente todavía no tengamos datos suficientes para afirmar ninguno de los dos futuros.
Y precisamente por eso conviene empezar a formular las preguntas ahora.
Milanović ha planteado una incómoda y necesaria.
Pero yo la formularía de otra manera:
Si la inteligencia artificial se convierte en uno de los principales capitales del siglo XXI, ¿quién será su propietario, quién decidirá cómo se utiliza y quién recibirá la riqueza que produzca?
Porque la tecnología por sí sola no decidirá si genera mayor igualdad o mayor desigualdad.
Eso dependerá también de las instituciones que construyamos alrededor de ella.
Y quizá el problema fundamental no sea decidir quién debe quedarse con todo ese poder, sino conseguir que nadie pueda quedarse con todo él.

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