"La democracia no consiste en confiar ciegamente en los jueces, la prensa o el Parlamento. Consiste en que existan y puedan controlar al poder." J.A.P.A.
Hechos, dudas e interrogantes frente a las certezas ideológicas
Hace unos días recibí por correo una viñeta política que denunciaba un supuesto "golpe de Estado contra la democracia". No era una simple crítica política. Presentaba una explicación global de la realidad: jueces, policías, medios de comunicación, Estados Unidos, la oposición política, grandes empresas y poderes económicos aparecerían actuando coordinadamente para derribar al Gobierno.
No es la primera vez que veo planteamientos semejantes. Tampoco son exclusivos de una ideología. Los encontramos en la derecha, en la izquierda, en nacionalistas, en populistas y en movimientos de muy distinto signo. Cambian los protagonistas, pero la estructura del relato suele ser la misma.
Lo que me interesa no es tanto quién tiene razón en cada caso concreto, sino el método que utilizamos para aproximarnos a la realidad.
Los hechos primero
La política democrática debería comenzar por una pregunta sencilla:
¿Qué sabemos realmente?
No qué sospechamos.
No qué deseamos.
No qué encaja mejor con nuestras preferencias ideológicas.
¿Qué hechos pueden comprobarse?
A partir de esos hechos pueden existir interpretaciones distintas, incluso contrapuestas. Eso es normal. Lo preocupante aparece cuando las interpretaciones sustituyen a los hechos y terminan convirtiéndose en verdades indiscutibles para quienes ya estaban predispuestos a creerlas.
En ese momento dejamos de analizar la realidad para empezar a construir relatos.
Cuando las dudas desaparecen
Las sociedades abiertas avanzan gracias a la duda.
La ciencia progresa porque cuestiona sus propias conclusiones.
La justicia funciona porque admite recursos y revisiones.
La democracia existe porque acepta la discrepancia.
Sin embargo, la política contemporánea parece avanzar en dirección contraria. Cada vez resulta más frecuente encontrar personas absolutamente convencidas de que todos los acontecimientos responden a una única explicación.
Para unos existe una conspiración progresista global.
Para otros existe una conspiración reaccionaria internacional.
Para unos todo se explica por el capitalismo.
Para otros todo se explica por el socialismo.
Para unos la culpa es siempre de Washington.
Para otros siempre de Moscú, Pekín o Bruselas.
Las preguntas desaparecen y son sustituidas por certezas.
Y cuando desaparecen las preguntas también desaparece el pensamiento crítico.
La paradoja de los contrapoderes
Resulta curioso observar cómo muchas personas defienden los contrapoderes cuando investigan a sus adversarios y los desprecian cuando investigan a quienes consideran de los suyos.
Jueces, periodistas, organismos de control o fuerzas de seguridad son considerados héroes o villanos dependiendo de a quién afecten sus actuaciones.
Sin embargo, una democracia no se caracteriza porque los contrapoderes actúen siempre correctamente. Se caracteriza porque existan.
La pregunta verdaderamente importante no es si un gobierno es de izquierdas o de derechas.
La pregunta es otra:
¿Quién controla al poder?
Porque la experiencia histórica demuestra que ningún poder debería quedar libre de vigilancia.
Los nuevos golpes de Estado
Es cierto que los golpes de Estado modernos ya no se parecen necesariamente a los del siglo XX.
No siempre aparecen tanques en las calles ni militares ocupando edificios públicos.
Existen formas más sutiles de deterioro democrático: colonización institucional, debilitamiento de la separación de poderes, utilización partidista de las instituciones, control de los medios públicos o limitación de la capacidad de fiscalización.
Pero precisamente por eso debemos ser rigurosos.
Si llamamos golpe de Estado a cualquier cosa que no nos gusta, el concepto pierde significado.
La democracia necesita palabras precisas.
El regreso de los viejos fantasmas
Durante la Transición existió un amplio consenso sobre la conveniencia de no utilizar permanentemente la Guerra Civil y el franquismo como arma arrojadiza de la política cotidiana.
No se trataba de olvidar la historia.
Se trataba de evitar que el pasado sustituyera al debate sobre el presente.
Sin embargo, en los últimos años observamos una tendencia creciente a movilizar emocionalmente a la ciudadanía mediante referencias constantes a los grandes conflictos históricos.
Franco, la Guerra Civil, el fascismo, la República, la revolución, el antifranquismo o la memoria histórica aparecen con frecuencia convertidos en instrumentos de combate político.
Y cuanto más débil es una argumentación sobre el presente, más fuerte suele ser la tentación de refugiarse en las emociones del pasado.
Entre la credulidad y el escepticismo
No propongo ingenuidad.
La corrupción existe.
Los abusos de poder existen.
Las conspiraciones también han existido a lo largo de la historia.
Pero tampoco conviene caer en el extremo contrario y convertir cualquier acontecimiento complejo en la prueba definitiva de una gran conspiración universal.
La democracia necesita ciudadanos vigilantes, no creyentes.
Necesita personas capaces de distinguir entre hechos, hipótesis y especulaciones.
Necesita ciudadanos que sepan decir:
"Esto lo sé."
"Esto lo sospecho."
"Y sobre esto, simplemente, tengo dudas."
Quizá esa sea una de las virtudes cívicas más importantes de nuestro tiempo.
Porque la verdad no suele encontrarse en las certezas absolutas, sino en la capacidad de mantener abiertas las preguntas mientras buscamos respuestas.


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