Cuando los árbitros, los contrapoderes, dejan de parecer independientes
En los últimos días he querido contrastar algunos
datos sobre la llamada "colonización" de las instituciones del
Estado. Mi intención inicial era sencilla: comprobar si determinadas
afirmaciones que circulan en el debate político estaban respaldadas por hechos
o eran simplemente consignas de partido.
La conclusión a la que he llegado es doble.
La primera es que la politización de las
instituciones no nació con Pedro Sánchez. Quien conozca mínimamente la historia
política española sabe que el reparto de cargos entre los grandes partidos
viene de lejos. Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial,
Tribunal de Cuentas, RTVE o Banco de España han sido objeto de negociaciones
políticas durante décadas.
La segunda conclusión, sin embargo, es que
existen hechos objetivos que permiten afirmar que en algunos casos la distancia
entre el poder político y determinadas instituciones se ha reducido
notablemente. El paso directo de ministros o altos cargos gubernamentales a
organismos llamados precisamente a supervisar, controlar o limitar la acción
del poder ejecutivo ha alimentado una percepción de dependencia que afecta a la
confianza ciudadana.
Pero quizá la cuestión más importante no sea
esta.
Tal vez la pregunta verdaderamente relevante sea
por qué seguimos discutiendo sobre las personas y tan poco sobre las reglas.
La tendencia del poder a extenderse no es una
anomalía. Es una constante histórica. En las dictaduras se manifiesta de forma
abierta y descarnada. En las democracias adopta formas más sutiles, pero
responde al mismo impulso: quien gobierna tiende a acumular capacidad de
decisión, influencia y control.
Por eso las democracias liberales nunca se
basaron en la confianza ciega en la virtud de los gobernantes. Su gran
aportación histórica fue precisamente la contraria: asumir que los gobernantes
son seres humanos y diseñar instituciones capaces de limitar sus excesos.
La pregunta no debería ser si confiamos en este o
aquel dirigente. La pregunta debería ser qué mecanismos existen para controlar
a cualquier dirigente, incluso a aquellos con los que simpatizamos.
Quizá durante demasiado tiempo aceptamos una
versión imperfecta del problema. Las instituciones no eran independientes, sino
repartidas. No teníamos árbitros completamente neutrales; teníamos árbitros
elegidos mediante pactos entre los grandes partidos. Aquello generaba
estabilidad, pero no necesariamente independencia.
Hoy asistimos a una fase distinta. Los consensos
se debilitan y las instituciones son percibidas cada vez más como extensiones
de la lucha partidista. Cuando eso ocurre, la confianza pública se erosiona.
Y sin confianza en los árbitros, las reglas del
juego empiezan a perder legitimidad.
Por eso la cuestión fundamental ya no es quién
ocupa cada cargo, sino cómo evitar que cualquier gobierno, presente o futuro,
pueda influir en quienes deben controlarlo.
Algunas posibles reformas merecerían al menos ser
debatidas:
- Periodos de incompatibilidad más largos entre cargos políticos y
puestos institucionales de control.
- Mayor participación de asociaciones profesionales y cuerpos técnicos
en la selección de candidatos.
- Mandatos no renovables para evitar dependencias futuras.
- Comparecencias públicas más exigentes y transparentes.
- Mayorías parlamentarias reforzadas que obliguen a buscar consensos
amplios.
- Publicidad completa de los méritos profesionales de los candidatos.
- Evaluaciones periódicas e independientes del funcionamiento de las
instituciones.
Ninguna reforma eliminará completamente la
influencia política. Eso sería una ilusión.
Pero la función de una buena arquitectura
institucional no es crear seres humanos perfectos. Es impedir que las
imperfecciones humanas puedan concentrar demasiado poder.
Porque la democracia no consiste en confiar en
los gobernantes.
Consiste en diseñar mecanismos para que nadie
tenga que hacerlo.
Y quizá esa sea una de las lecciones más
importantes de la historia política moderna: los contrapoderes no se crean para
controlar a nuestros adversarios, sino para controlar a aquellos que dicen
gobernar en nuestro nombre.

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