martes, 23 de junio de 2026

Cuando una causa deja de necesitar argumentos


 

Cuando una causa deja de necesitar argumentos

La lectura de un artículo de Jesús Maraña, "De las joyas de Zapatero al 'Perla' de Ayuso", ha sido el detonante de esta reflexión.

No porque comparta o discrepe de cada una de sus conclusiones. Tampoco porque crea que los problemas que señala sean imaginarios. Lo que me preocupa es algo más profundo: el tono que va impregnando cada vez más el debate político español.

Un tono que no busca comprender, sino movilizar.

Un tono que no invita a deliberar, sino a alinearse.

Un tono que no pregunta, sino que sentencia.

Vivimos en una época en la que muchos debates parecen haberse transformado en una lucha entre bloques morales. Ya no se discuten principalmente hechos, argumentos o propuestas. Se identifican bandos. Se reparten etiquetas. Se asignan virtudes a unos y culpas a otros.

Los nuestros aparecen como víctimas.

Los otros aparecen como culpables.

Y cada noticia nueva se incorpora al relato previamente construido.

Cuando una información favorece a los nuestros, hablamos de hechos.

Cuando perjudica a los nuestros, hablamos de conspiraciones.

Cuando favorece a los otros, hablamos de privilegios.

Cuando perjudica a los otros, hablamos de justicia.

Naturalmente, este fenómeno no pertenece a una sola ideología. Lo encontramos en la izquierda y en la derecha, en los medios afines a unos y a otros, en las redes sociales y en demasiadas conversaciones cotidianas.

Por eso la pregunta importante no es quién lo hace, sino qué consecuencias tiene.

Y la historia ofrece algunas pistas inquietantes.

Las sociedades no suelen romperse de un día para otro. Antes aparece un lenguaje que simplifica la realidad. Un lenguaje que divide el mundo entre buenos y malos, demócratas y enemigos, patriotas y traidores, pueblo y antipueblo.

Poco a poco, el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien sospechoso. Después pasa a ser alguien peligroso. Y finalmente alguien al que ya no merece la pena escuchar.

La historia europea conoce demasiado bien ese camino.

No porque España vaya a repetir automáticamente los errores del pasado.

Pero sí porque los mecanismos psicológicos y políticos que alimentan la polarización son sorprendentemente parecidos en todas las épocas.

La ironía es que quienes más denuncian los fanatismos a veces terminan utilizando la misma lógica que hizo posibles muchos fanatismos del pasado: la certeza absoluta de poseer la verdad y la convicción de que quien discrepa no se equivoca, sino que forma parte del problema.

Por supuesto, existen hechos.

Existen responsabilidades.

Existen delitos cuando los tribunales los acreditan.

Existen abusos de poder cuando las pruebas los demuestran.

Pero precisamente por eso necesitamos más prudencia, más rigor y menos fervor tribal.

Porque explicar no es justificar.

Analizar no es exculpar.

Discrepar no es traicionar.

Y preguntar no es convertirse en cómplice.

Quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea recuperar la capacidad de discutir sin demonizar, criticar sin deshumanizar y discrepar sin convertir al adversario en un enemigo moral.

La democracia no necesita ciudadanos que repitan consignas de su bando.

Necesita ciudadanos capaces de pensar incluso cuando los hechos incomodan a los suyos.

Los principios se ponen a prueba cuando NOS incomodan.

Y quizá la mejor vacuna contra la deriva sectaria sea recordar una lección que la historia repite una y otra vez:

Los mayores errores colectivos rara vez comienzan con la duda. Suelen comenzar con la certeza.





 

No hay comentarios:

Publicar un comentario