martes, 25 de marzo de 2014

Entrevista inédita a Adolfo Suárez: «Soy un hombre completamente desprestigiado»

Esta entrevista la he encontrado en internet del periódico ABC el 25 de marzo de 2014
Entrevista inédita a Adolfo Suárez: «Soy un hombre completamente desprestigiado»

En 1980 Suárez concedió una entrevista a Josefina Martínez del Álamo que se salía de lo habitual. Fue una conversación tan franca que sus consejeros decidieron vetarla. «Un presidente no puede ser tan sincero», dijeron. D7 rescata esas históricas confesiones con motivo de su 75 aniversario



En 1980 Adolfo Suárez erael presidente del Gobierno. Llevaba cuatro años gobernando, y las múltiples críticas le tenían acorralado. La inflación se disparaba, el paro aumentaba, las autonomías de doble velocidad despertaban los agravios comparativos. Todos sus actos y declaraciones pasaban por la criba de los prejuicios políticos. La derecha no le perdonaba la ruptura con el régimen anterior. La izquierda lo acusaba de no imponer la ruptura con el régimen anterior. Dentro de su partido le crecían los traidores. La prensa, la gran mayoría de la prensa, estrenó ¡por fin! su libertad de expresión haciendo verdadera leña de un presidente a punto de caer.
Pero Suárez, a muchas trancas y barrancas, intentaba la convivencia de todos, el respeto entre las corrientes opuestas, la aceptación «sin ira» de unas normas nuevas y de un nuevo futuro. Estaba practicando el diálogo sin patentes ni micrófonos.
Hoy todo son parabienes y medallas para esa figura tristemente quebrada. Como advertía Mihura sólo nuestras desgracias nos hacen perdonar nuestros éxitos. Pero bastaría con consultar las hemerotecas para dejarnos helados los aplausos.
Por aquellas fechas -julio del 80- Suárez estaba a punto de perder su confianza en Abril Martorell; algunos militares manifestaban ya ostensiblemente su descontento. El político más popular era quizás Francisco Fernández Ordóñez; y el presidente huía de la prensa -exceptuando la revista Hola- casi al grito de «vade retro»... Pero muchos de nosotros soñábamos con conseguir esa entrevista imposible.
Hacía seis meses que solicité la entrevista. Tres meses después me la concedieron. Sólo faltaba elegir el momento adecuado; fijarle fecha; esperar que el presidente tuviera dos horas libres para sentarme frente a él. Pero en la agenda de Suárez debe de haber anotaciones hasta en las tapas. Desde mayo sigo atentamente las idas y venidas del Jefe del Gobierno. Y me confieso desalentada: nunca encontrará el momento adecuado.
Por eso, cuando el Gabinete de Presidencia me envió la sorprendente oferta de acompañarlo en un viaje oficial a Perú, con la condición -eso sí- de que el resto de los periodistas invitados ignoren que yo estaba allí para hacerle una entrevista, me quedo perpleja. Y claro, acepto.
Y por fin, un mes después, nos sentamos en un sofá turquesa del Hotel Bolívar de Lima. A 10.000 kilómetros y a siete meses de distancia de mi primera solicitud.
Es la una de la madrugada. Adolfo Suárez acaba de volver de la cena ofrecida en el palacio del Gobierno. Ha llevado un día muy movido: tedeum, recepciones, investiduras... Está cansado. Marcelino Oreja se acerca a recordarle que mañana se tendrá que levantar a las siete.
Cuando nos dejan solos, el presidente se vuelve hacia mí: «¿Ve cómo por fin hablamos?... Yo cumplo lo que prometo. Podía usted confiar».
-Nunca lo dudé. Siempre pensé que haríamos esta entrevista.
«¿Sí?....» -me mira fijamente, sorprendido- «¡Pues es toda una prueba de fe!»
No sonríe. Parece asombrado de que alguien confíe en su palabra. Conecto la grabadora. Abro el cuaderno con las cien preguntas preparadas, y lo miro... Pero en vista de su gesto agotado, intento alguna conversación relajada para que olvide su prevención hacia la prensa.
-¿Sabe por qué quería entrevistarlo? Creo que es usted el gran desconocido. Los españoles no sabemos nada de Adolfo Suárez persona. Cómo se siente, cómo piensa.
«Yo soy el primer convencido de ello. No. No me conocen».
-Pues tienen derecho a conocerle. Si le votan, y si se ponen en sus manos, necesitan saber con quién se juegan el porvenir.
«Sí. Ellos tienen derecho; y yo tengo la obligación de explicarme. Estoy de acuerdo. Y voy a procurar remediar ese desconocimiento; a darles una respuesta. Quiero utilizar más los medios de comunicación. La televisión sobre todo... porque en televisión soy responsable de lo que digo, pero no soy responsable de lo que dicen que he dicho... Tengo muchísimo miedo de cómo escriben después las cosas que he dicho.»
«Soy reacio a las entrevistas»
-¿Por eso evita usted hablar con la prensa?
«Es que soy muy reacio a la entrevistas... Muy reacio».
Recuerdo que en el avión he presenciado cómo un periodista increpaba muy indignado al presidente por alguna información no recibida. Y cómo Adolfo Suárez endureció la mirada, borró la sonrisa, enseñó unos dientes afilados y calló al ofendido.
-Quizás el problema es también nuestro, de la prensa. Últimamente parece que algunos nos sentimos demasiado inclinados a ser protagonistas.
«Sí. Yo noto ese afán de protagonismo. Algunos periodistas me preguntan sobre un tema político para tratar de convencerme de sus posturas. Entonces les digo: ¿Ustedes, qué quieren: saber mi opinión o convencerme de la suya?... Porque si vienen a hacerme una entrevista, les interesará conocer mi criterio, supongo. Y tendrían que escucharlo libre de prejuicios. Después, ustedes lo estudian, se informan y, si no les gusta, lo critican... Después, todo lo que ustedes quieran».
«Pero sólo se tienen presentes a ellos mismos. Escriben para ellos mismos... Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo... Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña... Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción».
«La prensa persigue intereses concretos -políticos o personales del político que le informa-. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Y los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados».
«Hay excepciones, desde luego. Pero, por desgracia, esa es la tónica general».
«Esta tarde les decía a unos periodistas: ¿pero cómo es posible que tengan ustedes el más mínimo respeto a una persona que les cuenta lo que ha ocurrido, lo que se ha tratado en un consejo de ministros o en alguna reunión de naturaleza totalmente reservada? ¡Para mí, ese señor se habría acabado! Porque no me ofrecería ninguna imagen de seriedad, ni de responsabilidad, ni de nada. Pero ustedes colocan a esa persona en la punta de lanza de la popularidad... quizás por pagarle el precio de una información... Eso es deleznable... Y se está dando mucho en la política española».
-Supongo que tiene usted razón. Aunque yo no soy ninguna experta.
«¡No... no! Yo tampoco soy un experto. Simplemente observo una realidad que me parece muy grave, porque nadie intenta remediarla. No se entrevé ningún síntoma de corrección. Y la gente se está apartando de todo. De todo».
«...Y noto, además, que algunos periodistas no intentan obtener los datos necesarios para hacer una información exacta. He hablado de Autonomías con un grupo de periodistas. Y les he dicho: ¿ustedes se dan cuenta de que han desprestigiado totalmente el estatuto gallego? Les pregunto: ¿lo ha leído alguno de ustedes? Y no... ¿Y han leído ustedes el título octavo de la Constitución?... Y no».
Esos que opinan y no saben
«Y es más: me reuní con los intelectuales gallegos que habían criticado el Estatuto de Galicia. Los he llamado reservadamente. Los he invitado a almorzar. He ido con el estatuto y lo he puesto encima de la mesa: «Señores, vamos a mirar artículo por artículo dónde está la ofensa a Galicia...» ¡Y me confesaron que no lo habían leído!... Cuando todos ellos se habían manifestado públicamente en contra... Sólo porque Alfonso Guerra había dicho que aquello era una ofensa a Galicia. Y Fraga había dicho que aquello era una ofensa a Galicia... Así que funcionaban simplemente por el ruido del tam-tam de la selva. Yo repito a menudo que en España está ocurriendo un fenómeno muy grave: las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro... casi nunca pasan por la reflexión previa».
«Pero es un hecho que está ahí; que sucede. Y luchar contra ello es muy difícil... Yo he intentado combatirlo muchas veces... ¡Y así me va!»
«... Así me va... Soy un hombre absolutamente desprestigiado. Sé que he llegado a unos niveles de desprestigio bastante notables... he sufrido una enorme erosión».
-¿Y por qué no intenta arreglarlo? Debe tener una solución.
«Si. Pero la tiene utilizando los mismos procedimientos; y no me gusta. No quiero convertirme en un hombre que busca sectores que lo cuiden, que lo mimen... ¡En absoluto no va conmigo!. Yo sólo digo que me juzguen por mis obras. ¡Dios mío... que no son todas deleznables!».
La hora, el vacío del salón, el silencio... El presidente se ha vuelto de perfil y mira a un punto perdido en la cristalera del salón. Baja la voz casi hasta el murmullo. A veces inclina la cabeza y la balancea lentamente. Fuma y se pasa la mano por la frente... mientras, enlaza los pensamientos hilvanados con alguna pausa. Sólo cuando el ensimismamiento amenaza con prolongar su silencio yo intervengo, apenas, con alguna frase corta; como dándole el pie para que avance en su monólogo. Nada más. Y la voz de Adolfo Suárez continúa al margen de mi presencia.
«Desde luego, el 80 por ciento de lo que se escribe de mí no responde a la realidad... ¿Y qué voy a hacer? ¿Usted sabe lo que supone pasarse el día rectificando? ¡Es horrible! «Quién calla, otorga presidente», suelen decir los periodistas. Pero ustedes comprenderán que si alguieninventa una cosa, y la prensa la recibe como noticia y no la contrasta y la publica, yo no puedo dedicarme a desmentirla... Me faltarían horas para eso».
-Cuando se ocupa un primer puesto, se reciben más críticas que parabienes.
«Sí -admite en voz baja-. Es verdad. Parto de esa base y la acepto. Pero también es verdad que no se puede luchar contra la irreflexión. Es muy difícil que una persona asuma sus propios defectos. Y cuando se los dice alguien que además es presidente del Gobierno, creen que está buscando unos niveles importantes de aprobación personal».
«No se le puede advertir a nadie: usted se equivoca porque no lee; usted se equivoca porque no estudia; no se informa de los hechos... Decir eso es muy grave».
-A cualquiera le resulta difícil de aceptar ¿no?
«Nadie lo admite casi nunca. Consideran que es una ofensa personal. Y aumenta todavía el grado de irritación contra mí. He llegado a la conclusión de que es mejor callar. Y es lo que suelo hacer».
La voz es ya un susurro. El gesto y el tono son de fatalidad.
«Yo sé que me he equivocado en muchas cosas. Pero el resultado final es favorable. Si creyera que es cierto en un 80 por ciento lo que dicen de mí, tendría que corregirme. Pero de tantas acusaciones, sólo un 30 por ciento tiene alguna base real... Es verdad que he cometido errores. No hay persona que no los cometa. Pero la mayoría de las veces, no tanto por lo que me acusan: excesiva concentración de poder. Al revés: mi error ha sido no ejercer el poder que legítimamente me corresponde».
-No crea. Quizás los políticos y la prensa le acusen de excesiva concentración de poderes. Pero la gente de la calle se queja de lo contrario: de que no lo ejerce.
«Pues ésa es una acusación cierta. Sobre todo este último año... Y tenía razones para obrar así. Aunque quizás eran justificaciones personales, porque a la vista del resultado no pueden ser justificaciones institucionales...»
«Lo que ocurrió es que hice una delegación de poder y durante siete u ocho meses, en algunos aspectos, no he tenido los hilos de la información. Los he conservado en política exterior, en seguridad ciudadana... pero se me han escapado otros; fundamentalmente en el Parlamento. Ahora, los estoy recuperando a marchas forzadas».
«Reconozco que he cometido un error grave que quiero corregir... Que no sé si seré capaz de corregir... Bueno, ¡estoy seguro que lo corregiré! Tal vez tengo excesiva confianza en mí mismo. Y eso no es bueno...».
-¿Por qué? Estar dispuesto a superar errores y circunstancias adversas es una buena cosa.
«Yo creo estar especialmente dotado para eso... cuando me siento acosado, salgo hacia delante. Pero no es tan bueno. Lo deseable sería mantener siempre el mismo nivel de exigencia personal... Tengo muchos defectos... Muchos. Pero soy consciente de ellos y lucho por corregirlos, no crea. Pero los asumo -sonríe- sé mis limitaciones, pero conozco también mis posibilidades. Y combinando ambas cosas se obtiene un producto más o menos aceptable... visto lo que abunda en la clase política española y en la internacional».
-¿En la internacional también?
«Pues verá... Al principio, en mis primeros contactos internacionales, me impresionaba conocer a aquellos políticos que siempre había admirado...»
-Y se deslumbró.
«!No...! -niega, lentamente, con la cabeza-... No me deslumbré. En absoluto. Al revés: fui creciéndome yo mismo. Y empecé a sentir una gran preocupación por el destino del mundo, en función de las personas que lo dirigen... Al final, he llegado a la conclusión de que los políticos son hombres como los demás. En el fondo, las cualidades que verdaderamente cuentan son las humanas».
«Un político no puede ser un hombre frío. Su primera obligación es no convertirse en un autómata. Tiene que recordar que cada una de sus decisiones afecta a seres humanos. A unos beneficia y a otros perjudica. Y debe recordar siempre a los perjudicados... Gracias a Dios, yo no lo he olvidado nunca. Pero se sufre porque no puedes tomar decisiones satisfactorias a corto plazo para todos los españoles. Aunque esperas que sean positivas en el futuro y asumes el riesgo... Hay personas que no ven a los gobernados uno a uno... Yo los sigo viendo. ¡les veo hasta las caras!»
«Otro requisito indispensable en un político es la capacidad para aceptar los hechos tal y como vienen, y saber seguir hacia delante. Nunca puede sentirse deprimido. Tiene que continuar luchando. Confiar en lo que siempre ha defendido y en los objetivos programados a largo plazo... Pasar por encima de las coyunturas. Porque, a veces, las circunstancias pueden desvirtuar el destino histórico de un país. Y es preferible decir sí a la Historia que a la coyuntura. Yo lucho, intento luchar, contra esas coyunturas».
-Supondrá una gran tensión... Como nadar contra corriente.
«Sí -baja más la voz-. Una tensión tremenda... hay que estar dispuesto a aceptar un grado enorme de impopularidad -como en una confesión hecha a sí mismo, arrastra las palabras-. Pero yo estoy dispuesto a eso. Lo estuve desde el primer día en que fui presidente».
«Hubo una primera época en que el ambiente jugaba a mi favor. Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto, El ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables... Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro...»
«Cuando en el año 77 se consolida la democracia y las leyes reconocen libertades nuevas, pero también traen aparejadas responsabilidades individuales y colectivas, empieza lo que llaman el desencanto... ¡El desencanto! Yo no creo que el pueblo español haya estado encantado jamás. La Historia no le ha dado motivos casi nunca».
«Tuvimos que aprender que los problemas reales de un país exigen que todos arrimemos el hombro; exigen un altísimo sentido de corresponsabilidad. Y sin embargo, los políticos no transmitimos esa imagen de esfuerzo común... La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español».
-Bueno, yo escucho a la gente ¿sabe? y cada día se siente menos representada por sus políticos. Tienen la sensación de que en el Parlamento sólo se juega a hacer política de partidos... Y no se refieren sólo a usted, sino a la clase política en general.
«... Y yo también. Yo también». Balancea la cabeza afirmativamente. Su voz es ahora un murmullo casi indescifrable.
«Es verdad. Somos todos. Somos los políticos. Los profesionales de la Administración... La imagen que ofrecemos es terrible... Vivimos una crisis profunda que no es, en absoluto, achacable al sistema político. Pero la democracia exige a todos una responsabilidad permanente. Si nosotros fuéramos capaces de transmitir al pueblo ese sentido de responsabilidad, si lo tuviéramos perfectamente informado, el pueblo español asumiría todo lo que supone la soberanía ciudadana».
«Pero le hemos hecho creer que la democracia iba a resolver todos los grandes males que pueden existir en España... Y no era cierto. La democracia es sólo un sistema de convivencia. El menos malo de los que existen».
Se ha hecho el silencio. Por fin, Adolfo Suárez está solo con su pensamiento.
-Señor Suárez, usted ha hablado de actuar siempre con perspectivas históricas, de sacrificar el presente en aras del futuro... ¿Espera también encontrar su compensación en la Historia?
«No. Yo no tengo vocación de estar en la Historia. Además, creo que ya estaré; aunque sólo ocupe una línea. Pero eso no compensa... Hoy, ahora, tengo la satisfacción de poder seguir haciendo lo que debo hacer... Y no siempre ha sido así... Mi mayor preocupación actual es la convivencia. La democracia puede ser más o menos buena, pero lleva en sí unos altos niveles de perfeccionamiento. Y la perfección máxima consiste en la convivencia perfecta. Hay que crear las condiciones necesarias para que los españoles convivan por encima de sus ideas políticas; que las ideologías no dañen las relaciones de amistad, de vecindad».
«Sé que es un objetivo posible; estoy convencido. Y si lo conseguimos, habremos hecho una labor histórica de primera magnitud. Por fin habríamos acabado con todas las previsiones de enfrentamientos históricos. La transición española dará un ejemplo al mundo».
«El símbolo, para mí, es que sean amigos personas de partidos diferentes, pero amigos. Que por la mañana puedan ir a votar juntos, y después sigan charlando y discrepen, pero civilizadamente. Que no traslademos al país nuestro rencor personal. Que no ahondemos con diferencias políticas las diferencias regionales y económicas que ya existen. Diferencias que, además, tampoco son insalvables... ese es mi auténtico objetivo. Esa sería mi compensación».
-Pero como usted ya forma parte de la Historia... ¿Qué le gustaría que escribieran en esa línea que le corresponde?
«Creo que la Historia de esta época sólo será objetiva cuando pase mucho tiempo. Pero ahora, de inmediato, se verá afectada por las propias posiciones personales. Yo escucho y leo muchas cosas que se han escrito en los últimos cuatro años... !Y hay una cantidad de inexactitudes y de errores de perspectiva!... Cualquiera sabe lo que dirá la Historia dentro de 30 o 40 años... Por lo menos, pienso que no podrá decir que yo perseguí mis intereses.
Admitirá que luché, sobre todo, por lograr esa convivencia; que intenté conciliar los intereses y los principios..., y en caso de duda, me incliné siempre por los principios».
-¿Qué pesa más: las insatisfacciones o la alegrías?
«Es muy difícil de calcular. Los hechos no son tan simples. Si examino una situación y pienso que algunas cosas van por el camino que pretendía... entonces tengo una alegría enorme. Tuve una gran satisfacción en el año 76; y la he tenido con algunos textos legales que han salido como queríamos; y con esa convivencia que, pese a todo, se está dando en el Parlamento...»
«Insatisfacciones... muchas. Ingratitudes, más bien diría que muchísimas... Bueno, ingratitud no es la palabra exacta, aunque las he recibido. Lo malo es la incomprensión. ¿Usted sabe las cosas que han dicho de mí? Personalmente me afecta poco lo que digan... pero me preocupo por mi hijos. Por si un día llegan a creer que su padre era todo eso que se escribe en la prensa...
-¿La incomprensión le ha resultado alguna vez insoportable?
«Sí. Me ha producido ratos amargos, cansancios. Ha habido momentos terribles».
-Y los superó...
«Pero resisto. Yo suelo decir que me he empeñado en un combate de boxeo, en el que no estoy dispuesto a pegar un solo golpe. Quiero ganar el combate en el quince round por agotamiento del contrario... ¡Así que debo tener una gran capacidad de aguante!... »
«Es una imagen que refleja bien mi postura. Si en mis decisiones públicas hubiera un pequeño ingrediente personal -el más mínimo- derivado de las ofensas que he recibido, en ese mismo instante me marcharía. Porque estaría cometiendo los mismos errores que se han cometido históricamente. Caería en las equivocaciones de esos políticos que, por razones personales, llevaron a España a enfrentamientos muy graves».
«A veces cuesta un gran esfuerzo mantener esta actitud... A mí me han estado insultando de una forma tremenda... Y yo he seguido saludando con el mismo gesto, con la misma intención, hasta con el mismo afecto, a la persona que me insultaba...»
-Pues eso tiene su mérito.
«Eso es tener un cierto sentido de responsabilidad -de nuevo su voz se vuelve hacia sí mismo-... de responsabilidad histórica... que la da el cargo. Yo he sido siempre un hombre responsable».
«Y también me influye la ilusión que conservo. La ilusión de que es posible conseguir lo que me había propuesto. Los políticos se rinden, a menudo, porque no ponen todo el esfuerzo necesario para alcanzar la meta; porque priman los objetivos a corto plazo. Pero yo todavía tengo una enorme ilusión. La misma que tuve toda mi vida».
-¿Toda su vida?... ¿Cuándo pensó que sería jefe de Gobierno?
«Siempre. Lo comentaba incluso con los amigos».
-¡Qué curioso!... Es raro que se cumplan los sueños.
«Sí. Pero eso satisface el primer año. Después, no te llena lo suficiente, porque entran en juego otras cosas más importantes».
«Se me acusa de ser un hombre ambicioso... ¡Pero ¿es que nadie se ha parado a pensar que ya se han cumplido todas mis ambiciones personales? Todas. No me falta ni una... ¿Y usted cree que el poder, por sí mismo, satisface a quienes lo poseen?»
-Pues si no satisface, por lo menos apasiona ¿no?
«Desde luego es apasionante... apasionante». Su afirmación queda flotando en el aire.
«...Y no digo que el poder no satisfaga, lo que quiero explicar es que por sí mismo no puede justificarse. El poder sólo se justifica en función del cumplimiento de unos objetivos, por supuesto no personales. Además, yo no he disfrutado las compensaciones personales que el poder comporta. Nadie puede negar que soy un hombre volcado en mi trabajo; no se me ve en cócteles ni en cenas, ni en ninguna de esas facetas agradables de la vida pública... Paso el día estudiando documentos, leyendo expedientes, analizando acontecimientos. Despacho los asuntos urgentes... Recibo visitas; me entrevisto con economistas, con especialistas en los temas que me preocupan. Procuro hablar con las personas que tienen una opinión diferente a la mía para ahondar en sus razones... Son muchos deberes. Mi primera obligación es convencer. Tengo un partido político que apoya mi gestión. Y no puedo decir: esto se hace así porque yo lo he decidido. Vivo convenciendo...»
«Ni siquiera estoy demasiado tiempo sentado. Me levanto y paseo muy a menudo. Necesito moverme».
«Soy un hombre inquieto»
-¿Por qué? ¿Por una constante tensión nerviosa?
«Bueno, yo soy un hombre inquieto, vital... Pero me domino muy bien».
Lo observo. La mirada, directa. El apretón de manos, firme. Las palabras, ahora que ha vuelto de su mundo interior, decididas. Es un hombre segurísimo, convencido.
«Lo he pasado muy mal. Pero cuando uno ha sido cocinero antes que fraile, y ha conocido muchas situaciones, aprende a dominarse».
De nuevo vienen a advertirle de la hora. Les preocupa el programa de mañana: «presidente, tiene que madrugar...»
-Si está cansado lo dejamos, señor Suárez.
Se pasa la mano por los ojos.
«Estoy un poco cansado... Sí».
-Seguiremos en otro momento, ¿no? En realidad me quedan por hacerle todas la preguntas....
«Por supuesto -me tranquiliza-. Además, hemos quedado en que esta entrevista la haremos en varias ocasiones».
Un día después, en el vuelo de vuelta a Madrid, lo miro mientras habla con los periodistas. Tiene algo de pez escurridizo. Con la cara de frente, los ojos miran de perfil. Parece inmóvil, pero se escapa.
En cambio, la noche anterior el cansancio, el silencio y la soledad sacaron a flote otro hombre agotado. Me faltó preguntarle si al final de la jornada siempre repasa los buenos y los malos momentos, si reflexiona y hace autocrítica.
Todavía en el avión, en un momento de distracción general, me promete bajito: «Seguiremos hablando. Habrá otra ocasión».
Sin embargo, la ocasión no se presentó o sus adjuntos la impidieron. A saber. No obstante las insistencias de mis idas y llamadas a La Moncloa. Y cuando yo, por compromiso y deferencia, le envié la trascripción de la conversación mantenida en la madrugada de Lima, sus consejeros dilucidarony discreparon si se debería o no publicar. A pesar de Josep Meliá o del apoyo de Chencho Arias, triunfó el no «porque el presidente no puede ser tan sincero».
Pero el hecho es que lo había sido. Demasiado sincero. Y la entrevista quedó encerrada en un cajón y en mi «debe» indignado. Ahora, releída con la serenidad sabia que dan los años, reconozco que un presidente no podía ser públicamente tan sincero. Pero ahora también, cuando le llueven los homenajes y las nostalgias, creo que es bueno que quienes lo criticaban tanto, de los que se dolía, o todos los demás que apenas lo han conocido sepan cómo pensaba y cómo se sentía.
Por aquella época, y al final de algún segundo encuentro, Adolfo Suárez, todavía presidente, me dijo: «Es usted la única persona en España con la que estoy en deuda. Le debo una entrevista».
-Y si no, publico ésta.
«Y si no, en su día, publica ésta...»
Dos meses después dimitió.
Palabras para la Historia
Quien habla en esta entrevista es un hombre de Estado a ratos amargo, harto de encajar golpes, atacado con una saña desmedida, desengañado con la clase política y duro con la Prensa. Una insoportable tensión política y emocional que vuelca en una conversación sin ataduras. Tanta sinceridad, por lo visto, pareció inconveniente a algunos de sus consejeros, que pidieron que se archivara la entrevista. Pero, cuando se cumple el 75 aniversario del hombre que lideró la transición, creemos que no hay mayor homenaje que la publicación de estas confesiones. El lector va a sentir una cierta nostalgia ante un presidente que asegura no tener «vocación de estar en la historia», pero que levanta el vuelo por encima de sectarismos y políticas chusqueras. Suárez se sitúa en la «Historia», porque, como él mismo dice, no le interesa «la coyuntura», sino los principios. Y sus palabras pueden enseñarnos mucho en estos tiempos de «coyuntura»

viernes, 31 de enero de 2014

Euskadi es una nación: ¿Y eso, qué es? artículo en EL CORREO 31/01/14 de ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL


Euskadi es una nación: ¿Y eso, qué es?

EL CORREO 31/01/14
ANDONI UNZALU GARAIGORDOBIL
· Para lograr todos sus objetivos el nacionalismo tiene que utilizar procedimientos y medidas que rompen la igualdad y la democracia
¿Quién lo dice? ¿Y, en cualquier caso, ser una nación qué quiere decir? Empecemos por el principio. Las revoluciones americana y francesa acuñaron dos términos novedosos: la declaración de independencia americana comienza diciendo «Nosotros, el pueblo» y el Tercer Estado de Francia, junto a unos pocos diputados del Segundo, se llamó a sí mismo «Asamblea Nacional». Los dos persiguen el mismo objetivo, reivindicar todo el poder político para el conjunto de la ciudadanía, hasta entonces en manos del rey y de la nobleza. Surge así el concepto de pueblo enfrentado a la nobleza, y Asamblea Nacional enfrentado a la Corte. El pueblo son todos los habitantes y la nación son esos mismos habitantes con poder político soberano. Por eso el primer artículo de la Constitución de Cádiz (1812) dice: «La nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». No tiene ninguna otra connotación, es la unión política de todos los españoles, no hay identidad.
Pero a mediados del XIX vino el nacionalismo, arrasó Europa y todo cambió.
Con el nacionalismo el pueblo no son la gente, no son las personas, es otra cosa diferente y siempre lleva adjetivo: Pueblo vasco, Pueblo catalán… El pueblo existe desde antes y es independiente de las personas reales que viven en la actualidad. ¿Y cómo sabemos que lo que tenemos delante no es un montón de personas que viven en un sitio, sino que en realidad esas personas son un pueblo? Buena pregunta, pero tiene una respuesta sencilla: hay un pueblo cuando dos nacionalistas se juntan y dicen «aquí hay un pueblo». A partir de ese momento hay un pueblo y una nación. Antes de Sabino Arana Euskadi no era una nación, siendo tan antiguos, en los 7.000 años que decía el lehendakari Ibarretxe, a nadie se le ocurrió decir: «Somos una nación». Si preguntamos a un nacionalista si Navarra pertenece a la nación de Euskal Herria, «sin duda que sí», nos contestará. Y si le replico «pero, mire usted, una considerable mayoría de navarros piensa que no son nación vasca». «Es que aún no tienen conciencia nacional», me responderá. «Con la construcción nacional conseguiremos que al final se den cuenta de que, en realidad, sí que son de la nación vasca».
Bueno, pero entonces el pueblo, ¿qué es? Ya vemos que no es la unión de los habitantes; de nuevo tenemos que preguntar al nacionalista, porque es él quien ha definido lo que es: «El pueblo es una comunidad de identidad y tiene dos elementos principales, historia e identidad. Eso es el pueblo y la nación es la expresión política del pueblo». ¿Y el Estado qué es? «Ah! el Estado, el Estado es el poder político para defender la nación. Porque la nación sin Estado se muere». Un poco raro me parecen las prisas para la independencia porque si hemos aguantado 7.000 años sin ni siquiera saber que éramos nación, ahora que ya lo sabemos otros cien años aguantamos seguro, digo yo.
Aunque, en verdad, el Estado les hace falta para hacer ‘construcción nacional’. Esa es la verdad. Y yo me pregunto, si la nación existe, ¿por qué hay que construirla?
Y aquí nos encontramos un serio problema con el nacionalismo que, digan lo que digan, no se puede resolver desde la democracia y la igualdad. Dicho de otra manera: para lograr todos sus objetivos el nacionalismo tiene que utilizar procedimientos y medidas que rompen la igualdad y la democracia. Me explicaré.
Antes hemos dicho que en la concepción republicana de ‘pueblo’ y ‘nación’ participan todos los habitantes en igualdad de condiciones y con los mismos derechos políticos.
Si el concepto nacionalista de pueblo es una comunidad de identidad y la nación es la expresión política del pueblo, en ese pueblo no entran todos los habitantes, porque en todas las sociedades hay personas con sentimientos identitarios diferentes.
Dicho de otra forma: en la nación vasca nacionalista no caben todos los ciudadanos vascos, en la nación republicana sí. El problema es qué hacemos con los vascos que no pertenecen al ‘pueblo vasco’. Y la experiencia europea es desoladora: unos de esos que no eran ‘pueblo’ fueron concienciados debidamente con la constr ucción nacional, y millones más fueron asesinados o desplazados de su tierra.
Los nuevos nacionalistas nos están planteando un Estado que integra dos tipos de ciudadanos, los meros ciudadanos que no asumen la identidad del ‘pueblo’ –y nos dicen, tranquilos, tendrán garantizados los derechos básicos como todo el mundo–, y luego los ciudadanos nacionales, los auténticos. Y esperan que después de una generación los ciudadanos no nacionales se hayan ido o se hayan convertido con la construcción nacional.
Precisamente por eso, en el proyecto de Nuevo Estatuto del lehendakari Ibarretxe en Euskadi había ciudadanos vascos y nacionales vascos. Quisiera que me explicaran cómo se hace esto, respetando a todos los mismos derechos y las mismas oportunidades y sin marginar a nadie.
El definir el Estado como garante de la identidad común del ‘pueblo’ hace imposible la igualdad de los diferentes.
En Europa, después de las largas guerras de religión con sus masacres, se llegó a la conclusión de que para defender la libertad de conciencia el Estado no debiera tener religión, sino proteger a todas las religiones.
Después de muchos más muertos y asesinados por problemas identitarios, es hora ya de que digamos: los estados nacionalistas no pueden resolver el problema, porque son el problema. La solución se llama autogobierno y libertad de identidad, pero de eso hablamos otro día.


jueves, 23 de enero de 2014

Autorretrato del enfermo artículo de AURELIO ARTETA

Autorretrato del enfermo
AURELIO ARTETA / Catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV, EL CORREO 22/01/14

Aurelio Arteta
· Aquí somos muy pluralistas, lo mismo aceptamos que se expresen libremente las convicciones de los perseguidores que las de sus perseguidos.

Acaba de publicarse un estudio del recién estrenado Deustobarómetro que recoge los resultados de un sondeo sobre la salud moral y política de nuestra sociedad. El autorretrato nos ayuda a conocernos, por mucho que en él no salgamos muy favorecidos. Si me lo permiten, esbozaré algún comentario sobre los aspectos que me parecen más preocupantes.

Empecemos por la conciencia que tienen nuestros conciudadanos acerca del carácter de su propia ideología política. Nada menos que la mitad de ellos se sitúa en la izquierda (probablemente «de toda la vida») y seguro que los militantes y afines de Bildu o Sortu se habrán clasificado sin excepción en este sector progresista. Se trata de una identificación duradera y ampliamente extendida…, pero al fin una confusión lamentable. Cualquier estudioso sabría explicarles cómo el nacionalismo étnico que profesan es por naturaleza una doctrina reaccionaria. Vengamos ahora a la confianza en los partidos políticos. Sobre un total de 10 puntos, la gente califica a los partidos con un suspenso demoledor (1’4) y más de la mitad piensa que son innecesarios para el funcionamiento de la democracia y sustituibles por plataformas sociales. Alarma el grado de populismo que encierra semejante rechazo, aunque no sea el suficiente como para que la abstención electoral prevista (un 40 %) llegue a asustar. La gente reniega de los partidos, pero después vota fervorosamente al suyo; sólo abomina de los partidos de los otros.

¿Perciben ellos alguna desigualdad de oportunidades –suponemos que ante todo oportunidades de empleo público– entre los que conocen el euskera y los que no?, se les pregunta. Y responden que sí: un 55 % de los encuestados observa grandes desigualdades y otro 35 % también pequeñas. Casi todos vienen así a confesar en el secreto de la encuesta que, a su juicio, la política lingüística en Euskadi engendra una sistemática injusticia pública y social. Ahora bien, como muestra de su exquisita prudencia, ellos no denuncian ni cuestionan en público esa injusticia. Castellanohablantes como casi todos los de alrededor, se suben al carro del vencedor y matriculan a sus hijos en el modelo D para que gocen de tantas oportunidades de trabajo como los euskaldunes…

Pues nuestra sociedad, eso sí, cultiva la virtud de la tolerancia. Fíjense si será tolerante, que un tercio de ella pregona que todos los ciudadanos puedan participar en el debate público del País Vasco. Aquí somos muy pluralistas, lo mismo aceptamos que se expresen libremente las convicciones de los perseguidores que las de sus perseguidos, todas nos parecen igual de respetables. Otro tercio es partidario de negar la palabra pública a los racistas, aunque podría ocurrir que el etnicismo vasquista no anduviera lejos del racismo… Y un porcentaje parecido lo forman quienes excluirían a los extremistas de derecha y de izquierda, a los extremistas islámicos y a los extremistas católicos. Es de temer que esa exclusión no iba a afectar demasiado a tales extremistas, que no albergan grandes deseos de meterse en debates públicos, sino más bien de acabar a golpes con ellos.

Hay preguntas de esa encuesta que, a mi entender, están mal formuladas. Si se le pide al interrogado que se pronuncie sobre la frase «en ningún caso se puede justificar la violencia para alcanzar fines políticos», se obtienen los resultados previsibles: la inmensa mayoría está de acuerdo con ella y sólo unos pocos recalcitrantes muestran su desacuerdo (a ver si imaginan quiénes). Pero eso no es jugar con la seriedad necesaria. Primero, porque en el País Vasco no hemos padecido la violencia a secas, sino una violencia terrorista. Y segundo, porque la violencia física del Estado atenida a la ley es la única justa para alcanzar fines políticos legítimos. Ignorar esta distinción capital por parte de muchos ciudadanos vascos ha alimentado a ETA, al menos porque impedía condenarla con la fuerza debida.

¿Que si los vascos conocen el Plan de Paz y Convivencia del Gobierno vasco? Sólo un 10% admite conocerlo mucho o bastante, mientras que el 90% restante muy poco, nada o ni siquiera ha oído hablar de él, como si ese plan no fuera uno de los temas públicos más aireados de la temporada. He ahí un buen ejemplo del grado de competencia cívica que reina en el territorio. Se diría que, si nada saben de ese plan, tampoco dispondrán de criterios lo bastante meditados como para evaluar la política sobre los presos y sus víctimas. Así lo revelan a las claras las preferencias mayoritarias: son más los que propugnan medidas para la reinserción de los terroristas y más aún quienes desean un relato imposible de la época del terror que nos complazca a todos, sin que importe tanto que complazca a la verdad. Y, por si fuera poco, para el 70% de los opinantes los partidos que más han contribuido a la paz definitiva han sido el PNV y Bildu. Déjenme hacerles un par de preguntas: ¿es lo mismo una paz definitiva que una paz justa?, ¿podrá ser definitiva una paz que no sea justa?

Resulta, en fin, que el 40% de entrevistados se siente tan vasco como español, y eso parece un excelente punto de partida para llegar a entendernos. Pero del otro lado asoma un porcentaje casi idéntico de quienes se tienen por más vascos que españoles o por sólo vascos, lo que hace presagiar algún fuerte encontronazo entre nosotros. Se dibuja un panorama en el que un tercio de esta sociedad (PSE, PP, etc.) está satisfecha con la porción de autonomía política de que disfruta, mientras que el doble número de ciudadanos (PNV y Bildu) declara que desea más autonomía o incluso la independencia política. ¿Qué quieren que les diga? Ojalá me equivoque, pero uno se acuerda de aquella sombría premonición de que «vendrán más años malos y nos harán más ciegos»…

AURELIO ARTETA / Catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV, EL CORREO 22/01/14


miércoles, 1 de enero de 2014

“Albert Camus, ese maldito”, de Teresa González Cortés

     

“Albert Camus, ese maldito”, de Teresa González Cortés en vozpopuli.com

OPINIÓN
Tenía miedo de romper sus zapatos cuando jugaba al fútbol. No es para menos, Camus siempre supo lo que era vivir en el seno de una familia que, carente de recursos económicos, había quedado rota por la ofensiva bélica (su padre de origen alsaciano murió en las trincheras de la Iª Guerra Mundial, en la batalla del Marne, cuando él no contaba con un año de edad). Educado entre su abuela y una madre analfabeta y casi sorda, él admiraba la enorme fortaleza de Catherine Sintes, una mujer “escandalosamente pobre”, como así la define la hija de Camus. Trabajadora incansable, Catherine Sintes limpiaba casas para sacar adelante a la familia. No obstante y a pesar de estas circunstancias, Albert Camus (1913-1960) conocería la dicha de la gratitud, la fortuna de la lucha y el gozo del optimismo en los lazos de la solidaridad. Y ante los esfuerzos colosales de su madre, admitió que sentía pertenecer “a un noble linaje”.
Cerca de los parias, de ellos aprendió la humildad y reivindicó la esperanza. Y no solo eso. Camus intentó no caer en los peligros de los artificios, en los riesgos de una inteligencia embustera. De ahí que él no deseara para su país “ninguna forma de grandeza, ni la de la sangre ni la de la mentira” porque, en su opinión, la grandeza era una invención que genera soberbia y fanatismo.
Una cosa más. Él no fue un intelectual complaciente con el poder ni un sabio alambicado, cosa que algunos le reprochan. Y es que, a diferencia de la mayoría, Camus buscó calmar su sed en las aguas de la duda saludable y lejos, igual que hizo el viejo Pirrón, de los desiertos de la intolerancia. Es más, por su compromiso con la verdad, se empeñó en retratar la carnalidad de la existencia yquiso en sus escritos periodísticos, novelísticos y… filosóficos dar testimonio sin censuras ni equívocos, de las desdichas, de los dolores, de la muerte de las personas reales. Quizá por eso, diría Camus, “no estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario”.
Filósofo “maldito”
Desde la vida que reivindica la vida nacía su hondo antiescolasticismo. Y de la salvaguardia incondicional de la vida brotaba ese genial inconformismo ockhamista suyo que le conducía a refutar las ideologías de las avanzadillas. Y a escapar de la “hýbris”, de la desmedida de los Savonarolas de su época. Y si su actitud, analíticamente desconfiada y brutalmente lúcida, llegó a provocar ríos de incomprensión, de discrepancia entre sus contemporáneos, con su ensayo El hombre rebelde (1951) Camus sería convertido en un “extranjero”, en un filósofo incómodo, “maldito”, por haberse atrevido a desvelar las tiranías que esconde el nacionalismo.
Divergiendo de los intelectuales de referencia, Albert Camus (que había abandonado en 1937 el Partido Comunista francés justo cuando todo el mundo se afiliaba a él) no silenció la vergüenza del pacto germano-soviético. Tampoco los asesinatos que ejecutaban los líderes del marxismo-stalinismo. Y por exponer esta sumarísima verdad era expulsado, cual hereje, del  “Grupo de Saint Germain”, liderado por Sartre. Éste responde a su antiguo amigo en la revistaTemps Modernes (agosto de 1952, nº 82). Y en  su artículo Los comunistas y la paz argumenta a favor de la política de Stalin y declara, en clara alusión a Camus, que “un anticomunista es un perro”.  Recordemos que Sartre opinaba que “no hay que despertar a Billancourt”, frase con la que hacía hincapié en no facilitar a la clase obrera evidencias de los campos de concentración en la U.R.S.S.
Disidente, distante y distinto, a contracorriente, Albert Camus no queda atrapado en la falacia de perpetrar el mal para conseguir el bien. Y es que Camus tiene a su favor oponerse a las jaulas ideológicas de la filosofía y no acepta la incoherencia de pretender edificar una sociedad de ideales absolutos a partir del sufrimiento de mujeres y hombres. Esto explica por qué, en su antiplatonismo,critica con dureza implacable los grandes sistemas filosóficos de su época (existencialismo, marxismo, nazismo, fascismo, colonialismo…) y no tanto por el carácter inmutable que arrostran esas teorías a la hora de entender la Historia, que también, cuanto sobre todo porque en todas esas concepciones los individuos son transformados en marionetas y, por ende, sacrificados en el altar de las ideologías. Opuesto a los “ismos”, a Camus sólo le interesa el camino de la dignidad, no la artimaña de esconder y justificar las desdichas de los seres humanos bajo la tela de “conceptos-bandera”. 
Pensamiento de “encrucijada”
Camus es un hombre solidario, un pensador independiente, un filósofo de la frontera que desde su percepción del poder advirtió los abusos que se cometen en nombre de la Ley y la Justicia. Y tal es su “engagement” o su compromiso con el ser humano que, en la perspectiva de ese argelino francés por el que corría sangre española, la vida lo baña todo. Y él que había luchado en la “Resistencia” será quien pida clemencia por el escritor “colaboracionista” R. Brasillach, sentenciado a muerte en 1945.
Muchos destacan la luminosidad  incluso nietzscheana de su “pensée du midi” o de su exaltación a la vida mediterránea del “sur”. Yo de Camus prefiero rescatar ese pensamiento suyo de “encrucijada” arriesgado y prometeico que jamás se deja embriagar con las cumbres de la alta política ni enredar en los juegos dialécticos de la farsa filosófica.
Ni víctimas ni verdugos
Difícil de entender en un mundo arrastrado por la ilógica, Camus se enfrentó a la oscuridad del miedo, viniera del lado de donde vinera, y abogó, una vez estallado el conflicto colonial de Argelia (1954-1962), por la paz, por la prudencia, por el federalismo, por la  generosidad política de ambas partes, por la política de integración, por ayudar a conceder medidas de gracias a los argelinos condenados a muerte, por restablecer, en suma, la concordia ciudadana.
Sin tibiezas, y en desacuerdo con ambos bandos, reprendió el uso de la tortura, la instrumentalización del asesinato colectivo en las estrategias militares de Francia. Pero igualmente criticó la caída al absurdo de ciertos grupos argelinos que recurrían al terrorismo como puerta de salvación. Su postura rebelde, poco dada a los cajones de sastre, nunca fue grata: en Francia era considerado sospechosamente “africano”. En Argelia, su tierra de nacimiento, se le tipificaba “pied-noir”, francés residente en Argelia que encarna el espíritu colonial de los conquistadores. En ambos lados, Camus fue tachado de indiferente a la causa nacionalista.
Sin embargo, Camus cuya única posición fue la defensa de la vida se aleja de cualquier legitimación de la violencia. Y rehuyendo los lugares comunes de la discusión política rompió y destrozó los clichés al uso. Es más, como el célebre filósofo pacifista Pierre-Joseph Proudhon, no se dejó llevar por el derramamiento de sangre que conllevan las batallas ideológicas. De ahí que no encontrara justificación alguna a la guerra brutal ejercida por las fuerzas del Estado. De ahí, asimismo, que privara a las tácticas fascistas del F.L.N. de cualquier validez.
Contra la guerra
Incomprendido y difícil de comprender en un siglo, el siglo XX, lleno de guerras y odios causados por los nacionalismos, un 12 de diciembre de 1957 sus palabras levantarían polvareda en la Maison des étudiants de Estocolmo en el momento en que él, AlbertCamus, a raíz de la obtención del Premio Nobel de Literatura,responde tras ser preguntado por Argelia: “He condenado siempre el terror. Debo condenar también el terrorismo que se ejerce ciegamente en las calles de Argelia, por ejemplo, y que un día puede herir a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero yo defenderé a mi madre antes que a la justicia”.
Ya lo había señalado dos días antes durante su discurso de recepción del Premio Nobel: el rol del escritor  “por definición no puede ponerse hoy al servicio de los que hacen la historia: está al servicio de los que la sufren. [… ] Sean cuales sean nuestros defectos personales, la nobleza de nuestro oficio siempre echará raíces en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Ciudadanía abdicada JOSEBA ARREGI, EL MUNDO 25/11/13

Ciudadanía abdicada
JOSEBA ARREGI, EL MUNDO 25/11/13

 
No cabe duda de que vivimos momentos confusos. Los momentos eran ya confusos desde el punto de vista político antes de la crisis. Con la crisis, la confusión no ha hecho más que crecer y algunos elementos que conforman la confusión se han agravado. Por mucho que se nos diga que vivimos momentos de retroceso de la religión, de secularización creciente, de laicidad cada vez más completa, la verdad es que el mito del chivo expiatorio sigue plenamente vigente: siempre tiene que haber algún culpable que nos purifique de nuestras responsabilidades y simplifique la complejidad.

Parece que aún no hemos aprendido a pensar de forma sistémica: si un sistema entra en crisis, es el sistema en su conjunto el que entra en crisis, todas sus partes y todos sus elementos están afectados por la crisis, la crisis se manifiesta en cada elemento del conjunto, y no sólo en algunas partes del mismo. Hoy es el sistema político-económico-cultural el que está en crisis, en todos sus elementos. Pero jugamos con la idea de que la crisis está sólo en alguna parte del sistema, pero que no afecta al resto, no nos afecta a nosotros. Mejor dicho: que nos afecta, pero sin que seamos responsables de ello, porque nosotros, nuestra forma de pensar, nuestra forma de actuar, nuestra forma de comprar, de votar, de relacionarnos, de entender los derechos no son parte activa de la crisis, sino sólo pasiva.

Hace ya algunas décadas que la sociología americana desarrolló la idea de que el capitalismo había cambiado, y con él la cultura que le dota de significado, pasando de un capitalismo de producción a un capitalismo de consumo, y pasando de una cultura capitalista ascética, a una cultura hedonista, de valores subjetivos, post-materialista como se decía, siendo lo material el valor de la producción. Si a este cambio socioeconómico y cultural se le añade la transformación todavía más profunda de la economía con la consecuencia de que el sector manufacturero ha pasado a contribuir de forma muy limitada al PIB –alrededor del 15% en el caso de los EEUU–, con un crecimiento enorme del sector de servicios, dividido entre los servicios muy cualificados, de alto valor añadido y con capacidad de generar importantes ingresos por un lado, y los servicios que requieren poca o muy poca cualificación, con poco valor añadido y mal pagados, nos encontramos con que la infraestructura productiva, económica y social que sostenía y explicaba la estructura política de los estados nacionales occidentales ha cambiado radicalmente, con que los partidos de masas de esa estructura política han perdido su base social y material, y con que el conjunto del sistema está desanclado.

El sistema político de las sociedades modernas se encuentra, pues, con que ha perdido la base socioeconómica tradicional en la que se sustentaba, los partidos de masas están sin anclaje social y los ciudadanos han heredado la cultura consumista repleta de valores hedonistas, post-materiales, la cultura subjetivista que sólo sabe articularse transformando los deseos en necesidades y las necesidades en derechos. En una situación así los culpables, porque son algo más que responsables, siempre son los demás, además los demás entendidos como personas individuales, los políticos, los banqueros, el mercado imaginado como un monstruo personal omnipotente ante el que han abdicado el resto de elementos del sistema.

Los movimientos que suscita la situación política actual agravada por la crisis son movimientos de personas instaladas en esa cultura del capitalismo post-industrial, del capitalismo de consumo, de una cultura capitalista post-materialista, subjetivista y hedonista. Todo son derechos, el estado tiene la obligación de satisfacerlos, los políticos están para que el estado satisfaga esos derechos, y si es necesario, debe anular las leyes del mercado para que esa satisfacción se produzca. Son movimientos articulados en torno a exigencias, a demandas, a reclamación de respeto de derechos adquiridos. Son movimientos que exigen la satisfacción inmediata de lo que reclaman –Democracia YA!– al modo como los infantes exigen la satisfacción inmediata de sus deseos y necesidades. Son movimientos que, a veces, dan a entender que buscan el cambio de modelo. Se puede entender que plantean el cambio de sistema, que son, por lo tanto, revolucionarios. Pero esta palabra, revolución, no se escucha, lo que da a entender que la exigencia de cambio de modelo no se refiere a un radical cambio de sistema, sino a la conquista y ejercicio de poder dentro del sistema existente.

Es necesario, dicen, defender el Estado de Bienestar que tanto ha costado conseguir. Pero el Estado de Bienestar, como lo dice la palabra misma, bien-estar, requiere un grado suficiente de riqueza. Y el bienestar está relacionado con la riqueza que es capaz de producir una sociedad. Si una sociedad se permite mayor bien-estar que lo que es posible con la riqueza que produce, debe endeudarse. Y quien se endeuda debe pagar, antes o más tarde, sus deudas. Y quien se endeuda se pone a sí mismo, en parte al menos, en manos del acreedor. Y todos los acreedores saben que el sistema funciona si existe confianza en que las deudas serán pagadas. En caso contrario, no se presta, no es posible el endeudamiento. Y tampoco un bienestar por encima de la riqueza producida.

Una crisis política y económica, además de cultural, profunda como la actual, requiere que los elementos principales del sistema sean conscientes de los cambios profundos que se han producido en la base socioeconómica del sistema mismo. En su libro Une si longue Nuit, L’apogée des régimes totalitaires en Europe 1935-1953, Stéphane Courtois escribe: «Si Italia antes de 1922, Alemania antes de 1933, Rusia antes de 1917, China antes de 1949 representan efectivamente estadios muy distintos de evolución económica, también ofrecen la característica común de haber practicado formas de movilización de masas que se parecen a la democracia sin haber conocido, salvo episodios breves, el sistema representativo liberal tal y como ha funcionado en períodos largos en Francia, Inglaterra y en los EEUU. En este sentido, el totalitarismo es quizá la democracia menos el sistema representativo liberal; sería en definitiva el producto de lo que Trotski ha llamado la revolución permanente, es decir, el paso brutal de las sociedades antiguas a la política de masas saltando el escalón esencial de la democracia burguesa».

La democracia representativa, repito, ya no se asienta en intereses colectivos claramente definidos por la estructura socioeconómica. La base de la representatividad es más débil: el sector conservador-liberal apela a los sectores emprendedores y capaces de producir riqueza, mientras que los sectores de izquierda-progresista apelan a los sectores consumidores del bienestar permitido por la riqueza producida.

Pero unos y otros están sometidos a infinidad de exigencias provenientes de grupos de intereses difícilmente generalizables y que convierten la gestión política en un galimatías que cada vez requiere más de la capacidad de los responsables políticos de distinguir los fundamentos del acuerdo constitucional que sustentan la voluntad de creación de una comunidad política –y que deben estar a salvo de juegos y frivolidades– la garantía de los derechos y libertades fundamentales que para ser universales deben ser pocos, como decía Michael Walzer, y el resto de derechos y cuestiones políticas más sometidas al albur de mayorías cambiantes, no pocas veces circunstanciales y fruto de acuerdos más allá de las líneas claras de los principios dogmáticos.

Todo ello, sin embargo, requiere de ciudadanos que no abdiquen de sus responsabilidades políticas, que incluyen necesariamente las obligaciones. Una ciudadanía responsable debe ser una que interioriza que un sistema no puede funcionar si unos, los más exigen, y otros, los menos, están obligados a rendir. Una ciudadanía responsable debe saber que no existe bien-estar si antes no se produce la riqueza que lo hace posible. Una ciudadanía responsable debe saber que es una trampa mortal para cualquier sistema democrático transformar los deseos en necesidades, las necesidades en derechos, y los derechos, a poder ser, en derechos humanos para que nadie los pueda cuestionar.


Mucho me temo, sin embargo, que la crisis que estamos viviendo aún no va a servir para reflexionar sobre estas cuestiones.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Víctimas y democracia EL CORREO 23/11/13 JOSEBA ARREGI

Víctimas y democracia
EL CORREO 23/11/13
JOSEBA ARREGI
El dilema natural de la política

 Lo que les debemos a las víctimas es la defensa de la política, del espacio público y de la democracia, pues para hacerlo imposible han matado a sus familiares

Una de las peores cosas que les ha podido suceder a las víctimas es que el problema que les afecta, el de la memoria digna y justa de sus familiares asesinados por ETA, esté siendo recubierta por palabras y más palabras, por circunloquios y discursos múltiples que crean una hojarasca bajo la que es difícil percibir la realidad de la víctima.
Dentro de estas cosas peores que les pueden ocurrir a las víctimas es la de que, al final, lo que se deba hacer con ellas, lo que se deba a la memoria digna y justa de sus familiares asesinados por ETA, no tenga nada que ver con la democracia, sino con cien mil otras cosas, con el perdón, la reconciliación, la convivencia, los derechos humanos abstractos, el futuro, la reinserción y más cuestiones.
Pero si con algo tiene que ver la memoria digna y justa de las personas asesinadas por ETA es con la democracia. Y con la política en su sentido profundo. Política en su sentido serio es el esfuerzo por constituir la comunidad política.
La comunidad política sólo la pueden constituir los ciudadanos. Los creyentes constituyen comunidades religiosas, los hablantes comunidades lingüísticas, los pertenecientes a una etnia o a una cultura comunidades etnoculturales. Sólo los ciudadanos pueden constituir una comunidad política, sólo los ciudadanos pueden constituir una nación política distinta a la nación etnocultural.
El ciudadano se define por sus derechos, por sus libertades fundamentales y por sus obligaciones. El marco de definición del ciudadano es el marco del derecho, el marco de las leyes, el marco del espacio constitucional, el marco de las reglas capaces de crear una unidad para la convivencia de los diferentes en libertad. Ese marco de definición del ciudadano es lo que se denomina espacio público, que a su vez se define desde la aconfesionalidad.
En el espacio público sólo tienen vigencia para todos lo que puede ser predicado de todos: los mismos derechos, la igualdad ante las mismas leyes, la libertad de conciencia, la libertad de opinión, la libertad de asociación. Este espacio público se constituye dejando a un lado lo que caracteriza privadamente a cada persona: sus creencias religiosas o no-religiosas, su identidad lingüística o etnocultural, su sentimiento de pertenencia. Eso es lo que significa la a-confesionalidad del Estado que no implica ninguna afirmación positiva, ni siquiera el de la laicidad.
La política, la democracia se constituyen, pues, en el binomio espacio público-espacio privado. En el espacio público, el espacio de la política, el espacio de la democracia, sólo valen los derechos fundamentales que son universales, las leyes que se derivan de ellos y no entran en contradicción con ellos y que son iguales para todos, porque no atienden a creencias, convicciones, identidades o sentimientos personales y privados, las reglas que regulan la convivencia de los diferentes en libertad. Y el espacio público de la política, de la democracia, se constituye desde la obligación de los ciudadanos a limitar las pretensiones de imponer sus características privadas –creencias, convicciones, identidades, intereses, sentimientos– en el espacio público, pues el suyo es el de la privacidad.
ETA ha asesinado a más de ochocientas personas, en Euskadi y en el resto de España, porque no acepta ningún espacio público, porque, al querer imponer las características privadas que cree son las propias del vasco en el espacio público, transforma éste necesariamente en espacio privado. Por eso no acepta ningún espacio constitucional, por eso no acepta, ni entiende, la política, porque el espacio público, el espacio constitucional, la política parten de entender al individuo como ciudadano, no como identitario, no como creyente, no como sujeto de sentimientos y emociones, no como portador de una lengua o una cultura determinadas, sino como sujeto de derechos inalienables, comunes y universales, positivizadas en leyes ante las que todos, sin atención de credo, convicción, sentimiento, identidad o lengua, son iguales. Por eso no acepta el Estatuto de Gernika como marco de convivencia en libertad. ETA asesina porque quiere llenar el espacio público con su idea y su sentimiento de lo que es el verdadero vasco, el nacionalista radical y socialista revolucionario. ETA asesina porque pretende eliminar a todos los que no caben en su espacio privado, impidiendo así que surja el espacio público, la política. Por eso ETA, y todos sus acompañantes necesarios, tiene que hablar de democracia verdadera, que es la suya, la privada, la particular, pero no la de todos, que es la democracia sin más.
Pero es el conjunto del nacionalismo el que tiene dificultades con la idea de espacio público, de política, de espacio constitucional, de democracia. Lo suyo es la casa, la del padre, el solar, el espacio privado en el que siempre hay restricción del derecho de admisión, el ámbito de los sentimientos, pero no el espacio público en el que las cualidades privadas son irrelevantes para los derechos, libertades y obligaciones. Por eso tiene dificultades con el Estatuto de Gernika y con la Constitución sin la que el Estatuto no se entiende. Y no por que no se haya cumplido el Estatuto, pues lo que plantea no es su cumplimiento, sino alternativas a este Estatuto, su superación, su conversión en el espacio privado del nacionalismo, del sentimiento nacionalista, la negación de la política y del espacio público.
Lo que les debemos a las víctimas es la defensa de la política, del espacio público y de la democracia, pues para negarlo y hacerlo imposible han matado a sus familiares. Y es esta idea la que debe ser transmitida en las escuelas, y sólo para ello deben estar presentes las víctimas en las aulas. Para nada más. Pues si de reinsertar a los presos se trata, ¿en qué se deben reinsertar si no es en aquello que han roto, el vínculo de la unión y la política que crea el espacio público de la democracia y el Estado de derecho?


lunes, 7 de octubre de 2013

Ética por los suelos EL CORREO 05/10/13 FERNANDO SAVATER

Ética por los suelos


EL CORREO 05/10/13
FERNANDO SAVATER

Cualquiera que oiga desde lejos lo mucho que se habla actualmente en Euskadi de consolidar la paz, ponencias de paz, comisiones parlamentarias para diseñar la paz, etc… puede suponer que estamos en una situación bélica o de tregua amenazada entre dos batallas. Pero la sencilla realidad es que aquí vivimos en lo que se llama ‘paz’ en toda tierra de vecinos: tenemos instituciones democráticas que funcionan –regular, como en los demás sitios– unas leyes discutidas pero vigentes, una población ideológicamente diversa que convive con mayor o menor armonía, preocupada por la crisis económica y la pérdida de puestos de trabajo, una capacidad productiva que sin duda ha conocido épocas mejores aunque todavía sigue siendo envidiable para otras regiones españolas y europeas, etc… Desde luego, nuestra organización terrorista autóctona aún no ha entregado las armas ni aceptado su disolución definitiva, pero últimamente sólo aparece en la prensa cuando detienen a sus residuales efectivos, no cuando comete atentados. Aún cuenta con simpatizantes en las calles y con representantes políticos que les son próximos y favorecen su nostálgica exaltación, pero peor es lo de la Mafia o la Camorra y nadie dice que Italia no esté en paz. De modo que tampoco parece que deberíamos agobiarnos tanto.

            Los que se han metido en el enredo de la ponencia de paz tropiezan entre otras cosas con el tema de establecer institucionalmente la memoria de lo acontecido. Es un asunto extraordinariamente confuso, como ocurre en todos los intentos de establecer por ley una ‘memoria histórica’. Lleva a contradicciones insolubles: este verano me pareció oír que Patxi Zabaleta abogaba por una amnistía de los terroristas pero sin olvido de lo ocurrido, cuando resulta que ‘amnistía’ significa precisamente ‘olvido’, al menos para quienes recordamos un poco del griego que aprendimos en el colegio… cuando en los colegios se enseñaba griego, claro.
La verdad es que la memoria y la historia no son ni mucho menos lo mismo y tratar de homogeneizarlas por decreto o por acuerdo político es cosa estrictamente imposible y probablemente indeseable. Lo explicó muy bien el maestro Tony Judt, al que me permito citar en extenso porque merece la pena: «Yo creo profundamente en la diferencia entre la historia y la memoria; permitir que la memoria sustituya a la historia es peligroso. Mientras que la historia adopta necesariamente la forma de un registro, continuamente reescrito y reevaluado a la luz de evidencias antiguas y nuevas, la memoria se asocia a unos propósitos públicos, no intelectuales: un parque temático, un memorial, un museo, un edificio, un programa de televisión, un acontecimiento, un día, una bandera. Estas manifestaciones mnemónicas del pasado son inevitablemente parciales, insuficientes, selectivas; los encargados de elaborarlas se ven antes o después obligados a contar verdades a medias o incluso mentiras descaradas, a veces con la mejor de las intenciones, otras veces no. En todo caso, no pueden sustituir a la historia» (en ‘Pensar el siglo XX’, ed. Taurus). Moraleja: es mejor que establecer las frágiles y dolientes verdades del pasado sean tarea de los historiadores y no resultado de conveniencias políticas. Por lo demás, la memoria que cada cual guarda de lo que ha vivido nunca puede ser sustituida por decreto.

            Por lo visto, la ponencia de paz y convivencia tiene un suelo cuya moqueta es la ética. Es deseable que quienes vayan a pisar ahí lo hagan con los zapatos bien limpios de barro antiguo y sobre todo de sangre seca. Pero no es fácil determinar qué novedades va a aportar esa moqueta, tan importante y discutida.
¿Qué otra cosa va a decir la ética, sino que los asesinatos, la extorsión, la intimidación, la tortura, etc… son inmorales y van contra la decencia humana, por no hablar de la democracia? Francamente, para establecer esa conclusión no hace falta una comisión parlamentaria. ¿Servirá en cambio la ponencia para relativizar la ética que conocemos ya, para decir que esos atropellos estuvieron más o menos justificados por las circunstancias, que a nadie se le puede hacer sentir culpable puesto que tantos culpables hubo, que como todos somos pecadores –¡incluso el Papa, ay Dios mío!– más vale que nos olvidemos de llamar pecados a los pecados? Llegar a esa conclusión no sería establecer un suelo ético sino ver la ética por los suelos. Según la cofradía bildutarra, en el País Vasco las últimas décadas no ha ocurrido nada de especial: hay víctimas de la guerra civil, de abusos policiales, violencia de género, etc… como en otros lugares. Es verdad que también ha habido terrorismo, una lacra no tan común en el resto del país, pero esa especialidad local hay que considerarla dentro del conjunto de los males globales. O sea que tampoco ha sido para tanto y presoak kalera, que es a dónde queríamos llegar…

            Francamente, todo este esfuerzo por poner un remiendo acomodaticio a la realidad desgarrada a sangre y fuego suena a ‘pasión inútil’, como diría Sartre. La sociedad vasca tiene leyes, instituciones democráticas y muchos problemas que resolver en el presente y en el futuro como para ocuparse tanto del pasado.
            La única novedad no ética sino política que nos convendría a todos sería la desaparición completa y definitiva de ETA, pero eso no puede decidirlo ninguna ponencia parlamentaria por bienintencionada que sea.