lunes, 20 de abril de 2026

Los bulos son siempre los de los otros




 

Los bulos son siempre los de los otros

Esa es una de las formas más cómodas de hipocresía política.

Se denuncia la manipulación ajena mientras se disculpa la propia.
Se exige verdad al adversario y se tolera la mentira en los tuyos.
Y cuando los hechos aprietan, aparece la coartada de siempre: el “y tú más”.

Así no se defiende la verdad: se prostituye.
Porque la mentira no deja de ser mentira por estar al servicio de una buena causa,
ni la propaganda se convierte en virtud por llevar nuestras siglas.

El problema no es solo que existan bulos,
sino que su denuncia suele ser selectiva.

Aquí es donde entra un principio ético tan simple como exigente: la reciprocidad.
No es una abstracción, es una prueba concreta:

  • Si lo hace el otro, ¿lo denunciaría?
  • Si lo hago yo, ¿lo justifico?

Cuando la respuesta depende de quién actúe,
no estamos ante un juicio moral, sino ante una estrategia de poder.

La reciprocidad obliga a algo incómodo pero imprescindible:
medirse con la misma vara.

Si existiera, la pregunta clave sería otra:
¿aceptaría yo este argumento si lo usara mi adversario?

Ahí se rompe el “y tú más”.

Sin reciprocidad, el debate público deja de girar en torno a la verdad
y se convierte en una competición de relatos donde todo vale,
siempre que beneficie a los míos.

Y entonces la verdad deja de importar.

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