La memoria no puede ser selectiva sin perder legitimidad.
La memoria no puede depender de quién mató.
Porque cuando depende del bando, deja de ser justicia y se convierte en relato.
Durante años se ha repetido que ETA ya es pasado y que no conviene seguir hablando de sus crímenes ni de sus víctimas. Al mismo tiempo, se sostiene —con razón— que las víctimas del franquismo deben ser reconocidas, reparadas y dignificadas, pese al tiempo transcurrido desde la muerte de Francisco Franco.
Y aquí surge una pregunta incómoda:
¿por qué un criterio sirve para unos casos y no para otros?
No se trata de equiparar contextos históricos distintos, sino de exigir coherencia moral.
Si la memoria es necesaria para unas víctimas, también lo debe ser para todas.
Porque el problema no es solo qué se recuerda, sino cómo y para qué se recuerda.
En este sentido, conviene añadir una reflexión que suele quedar fuera del debate:
Las prácticas de ETA no fueron solo violencia puntual, sino una forma de acción política basada en la persecución del adversario, el señalamiento público, la presión social y, en último término, el asesinato. No eran únicamente los pistoleros: existía un entramado político y social que sostenía ese clima.
Y esto nos obliga a mirar más allá de las etiquetas.
El nazismo y el fascismo fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial.
Pero las prácticas que los hacían abominables no desaparecieron con ellos.
La persecución del disidente, la deshumanización del adversario, la justificación de la violencia “por una causa superior”… todo eso puede reaparecer con otros discursos y bajo otras banderas.
Y aquí está la paradoja más inquietante:
algunas de esas prácticas hoy son reproducidas —con otros lenguajes— incluso por quienes se presentan como antifascistas.
Por eso, el verdadero criterio no puede ser quién ejerce la violencia o desde qué ideología se justifica, sino qué principios se respetan o se vulneran.
Cuando la memoria se utiliza de forma selectiva, deja de ser justicia y se convierte en relato.
Cuando la condena depende del bando, deja de ser ética y se convierte en estrategia.
Sin concordia y sin reciprocidad, no puede haber una memoria compartida.
Y sin una memoria compartida, difícilmente puede haber libertad, igualdad ni solidaridad.

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