¿Gobernar o gestionar el relato?
El artículo de Manuel Arias Maldonado sobre la credibilidad política de Pedro Sánchez no trata únicamente sobre una persona concreta.
En realidad apunta hacia un fenómeno mucho más amplio:
la transformación de la política en comunicación permanente.
La cuestión no es nueva.
Todos los poderes, desde siempre, han intentado:
- construir legitimidad,
- influir en la opinión pública,
- y presentar favorablemente su gestión.
La propaganda no nació con internet ni con las redes sociales.
Pero sí parece evidente que en las democracias actuales se ha producido un salto cualitativo:
La comunicación política ya no acompaña al poder; en muchos casos se ha convertido en una parte esencial del propio ejercicio del poder.
Hoy se habla de:
- “relato”,
- “estrategia de comunicación”,
- “gestión narrativa”,
- “control del marco”,
- “batalla cultural”.
Son términos más sofisticados que la vieja palabra propaganda.
Pero el mecanismo de fondo sigue siendo reconocible:
influir emocionalmente sobre la percepción colectiva para consolidar poder político.
Y aquí aparece una distinción fundamental.
No es lo mismo la propaganda desde fuera del poder que desde dentro del poder
Un partido, un activista, un medio o un intelectual pueden intentar influir culturalmente sobre la sociedad.
Eso forma parte normal del pluralismo democrático.
Pero cuando quien impulsa esos mecanismos controla además:
- recursos públicos,
- campañas institucionales,
- medios oficiales,
- equipos de comunicación financiados por el Estado,
- asesores estratégicos,
- y capacidad normativa,
el problema adquiere otra dimensión.
Porque entonces ya no hablamos solo de persuasión política.
Hablamos de la posibilidad de utilizar el aparato institucional para modelar la percepción social.
Y cuanto mayor es el poder institucional, mayor debería ser también la exigencia crítica.
Precisamente por eso el debate sobre:
- asesores,
- gasto en comunicación,
- publicidad institucional,
- estructuras de imagen,
- y construcción del “relato”
no debería reducirse al insulto partidista ni al “y tú más”.
Un partido, un activista, un medio o un intelectual pueden intentar influir culturalmente sobre la sociedad.
Eso forma parte normal del pluralismo democrático.
Pero cuando quien impulsa esos mecanismos controla además:
- recursos públicos,
- campañas institucionales,
- medios oficiales,
- equipos de comunicación financiados por el Estado,
- asesores estratégicos,
- y capacidad normativa,
el problema adquiere otra dimensión.
Porque entonces ya no hablamos solo de persuasión política.
Hablamos de la posibilidad de utilizar el aparato institucional para modelar la percepción social.
Y cuanto mayor es el poder institucional, mayor debería ser también la exigencia crítica.
Precisamente por eso el debate sobre:
- asesores,
- gasto en comunicación,
- publicidad institucional,
- estructuras de imagen,
- y construcción del “relato”
no debería reducirse al insulto partidista ni al “y tú más”.
La cuestión importante no es solo cuánto se gasta
La cuestión importante es:
¿dónde termina la información institucional legítima y dónde empieza la construcción propagandística del relato político?
Es evidente que toda democracia moderna necesita comunicación institucional.
Sería absurdo negarlo.
Pero una cosa es informar y otra muy distinta convertir la política en una operación permanente de marketing emocional.
Y ahí aparece uno de los grandes problemas contemporáneos:
cuando el relato pesa más que los hechos.
Cuando:
- la coherencia deja de importar,
- la crítica desaparece dentro de los bloques ideológicos,
- y la propaganda propia se convierte mágicamente en “pedagogía”.
Ese fenómeno no pertenece solo a la izquierda ni solo a la derecha.
Es una deriva transversal de las democracias hipermediáticas actuales.
La cuestión importante es:
¿dónde termina la información institucional legítima y dónde empieza la construcción propagandística del relato político?
Es evidente que toda democracia moderna necesita comunicación institucional.
Sería absurdo negarlo.
Pero una cosa es informar y otra muy distinta convertir la política en una operación permanente de marketing emocional.
Y ahí aparece uno de los grandes problemas contemporáneos:
cuando el relato pesa más que los hechos.
Cuando:
- la coherencia deja de importar,
- la crítica desaparece dentro de los bloques ideológicos,
- y la propaganda propia se convierte mágicamente en “pedagogía”.
Ese fenómeno no pertenece solo a la izquierda ni solo a la derecha.
Es una deriva transversal de las democracias hipermediáticas actuales.
Comparar para entender, no para hacer agitprop
Sería interesante realizar una comparación histórica rigurosa entre los distintos gobiernos españoles, desde Adolfo Suárez hasta la actualidad:
- número de asesores,
- gasto en comunicación,
- publicidad institucional,
- estructura de Presidencia,
- y crecimiento del aparato político-comunicativo.
No para hacer propaganda contra un dirigente concreto.
Sino para analizar una tendencia de fondo:
la creciente profesionalización de la gestión de la percepción pública.
Probablemente descubriríamos una evolución clara:
- primero la televisión,
- después la política espectáculo,
- más tarde internet,
- y finalmente las redes sociales y la comunicación emocional permanente.
Sería interesante realizar una comparación histórica rigurosa entre los distintos gobiernos españoles, desde Adolfo Suárez hasta la actualidad:
- número de asesores,
- gasto en comunicación,
- publicidad institucional,
- estructura de Presidencia,
- y crecimiento del aparato político-comunicativo.
No para hacer propaganda contra un dirigente concreto.
Sino para analizar una tendencia de fondo:
la creciente profesionalización de la gestión de la percepción pública.
Probablemente descubriríamos una evolución clara:
- primero la televisión,
- después la política espectáculo,
- más tarde internet,
- y finalmente las redes sociales y la comunicación emocional permanente.
La pregunta importante
La verdadera cuestión no es si existe propaganda.
Eso ha existido siempre.
La pregunta importante es otra:
¿Puede mantenerse una democracia sana si los ciudadanos dejan de exigir verdad y coherencia porque consideran más importante la victoria de su bloque político?
La verdadera cuestión no es si existe propaganda.
Eso ha existido siempre.
La pregunta importante es otra:
¿Puede mantenerse una democracia sana si los ciudadanos dejan de exigir verdad y coherencia porque consideran más importante la victoria de su bloque político?

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