Herejía necesaria: pensamiento crítico frente a dogma y fragmentación
El encuentro con el pensamiento de Roger Scruton puede producir una impresión inesperada: más allá de su ubicación ideológica, aparece una voz que apela a la razón, a la coherencia y a la necesidad de cuestionar lo que se presenta como incuestionable. Esa es, precisamente, la función del “hereje”: no negar por sistema, sino someter a examen lo que se ha convertido en consenso automático.
En el contexto actual, marcado por debates intensos en torno al llamado wokismo y a la cultura de la cancelación, esta actitud adquiere especial relevancia. La crítica que se formula desde esa posición no se limita a discrepar de determinadas propuestas, sino que apunta a una cuestión más profunda: la transformación de ciertas corrientes en sistemas cerrados de pensamiento. Sistemas donde existen dogmas implícitos, donde la discrepancia se penaliza socialmente y donde el disidente corre el riesgo de ser señalado o excluido.
Este fenómeno no es nuevo en la historia. Lo que cambia es su forma. Allí donde antes operaban religiones institucionales, hoy pueden aparecer estructuras de pensamiento que cumplen funciones similares: delimitan lo correcto y lo incorrecto, establecen marcos morales rígidos y generan dinámicas de pertenencia y exclusión. El problema no es la defensa de valores —que es necesaria—, sino la imposibilidad de discutirlos sin ser deslegitimado.
Es aquí donde el pensamiento crítico se vuelve imprescindible. No como ejercicio de negación, sino como herramienta de equilibrio. Porque una sociedad democrática no puede sostenerse sobre la uniformidad, sino sobre la tensión productiva entre posiciones distintas. La cancelación, entendida como mecanismo de expulsión simbólica, rompe esa dinámica y empobrece el espacio público.
Sin embargo, limitarse a criticar estos excesos sería insuficiente. Existe un riesgo evidente: que la reacción frente al dogmatismo derive en un posicionamiento igualmente cerrado, aunque en sentido contrario. La historia muestra que los extremos tienden a reproducir las mismas lógicas que combaten. Por eso resulta necesario introducir un principio que evite esa deriva: la transversalidad.
La transversalidad no implica neutralidad ni indiferencia. Supone, más bien, la capacidad de atravesar los bloques ideológicos sin quedar atrapado en ellos. Permite tomar partido por cuestiones concretas —especialmente aquellas que afectan a los más vulnerables— sin asumir acríticamente el conjunto de un discurso o de una identidad política. Es una forma de resistencia frente a la lógica del “todo o nada” que domina gran parte del debate contemporáneo.
En este sentido, la transversalidad puede entenderse como un eje que articula y equilibra una serie de valores fundamentales: igualdad, libertad y solidaridad. Pero esta tríada, aunque imprescindible, resulta incompleta si no se amplía con dos dimensiones adicionales: la concordia y la reciprocidad.
La concordia introduce la necesidad de convivencia. No basta con tener razón; es necesario poder vivir juntos. Sin ella, el conflicto se convierte en un fin en sí mismo y la política degenera en enfrentamiento permanente.
La reciprocidad, por su parte, añade un criterio de justicia relacional. No se trata solo de reclamar derechos o de señalar injusticias, sino de reconocer que la convivencia exige una cierta simetría en las exigencias que nos dirigimos unos a otros. Sin reciprocidad, los discursos pueden volverse unilaterales y perder legitimidad.
La combinación de estos cinco elementos —igualdad, libertad, solidaridad, concordia y reciprocidad—, atravesados por la transversalidad, configura una posible arquitectura ética para el presente. No como sistema cerrado, sino como marco abierto que permite orientarse en un contexto complejo y cambiante.
Desde esta perspectiva, la figura del “hereje” adquiere un nuevo significado. Ya no es simplemente quien se opone, sino quien evita quedar atrapado en cualquier ortodoxia, venga de donde venga. Su función no es destruir, sino mantener vivo el espacio de la crítica, impedir que las ideas se conviertan en dogmas y recordar que ninguna causa, por justa que se considere, está exenta de revisión.
En un tiempo donde los discursos tienden a polarizarse y a simplificarse, esta actitud puede resultar incómoda. Pero quizá sea precisamente esa incomodidad la que la hace necesaria. Porque, en última instancia, la calidad de una sociedad no se mide solo por los valores que proclama, sino por su capacidad para discutirlos sin romperse.

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