La libertad no consiste en que nos dejen ser libres
Una reflexión a partir del artículo de Félix Ovejero «La superioridad moral de los liberales de trinchera»
Félix Ovejero ha sido y sigue siendo uno de mis referentes intelectuales. No porque comparta necesariamente todas sus conclusiones, sino porque encuentro en su pensamiento una exigencia que considero fundamental: las ideas deben someterse a la razón y los principios deben aplicarse también cuando sus consecuencias nos incomodan.
Su reflexión sobre la libertad me parece especialmente oportuna en unos tiempos en los que esta palabra se utiliza con frecuencia como una bandera política, sin detenerse demasiado en lo que significa.
¿De qué libertad hablamos?
Durante mucho tiempo he considerado la libertad, la igualdad y la solidaridad principios inseparables. No porque sean idénticos ni porque carezcan de tensiones entre sí, sino porque cada uno pierde buena parte de su sentido cuando prescindimos de los otros.
¿Qué libertad tiene quien formalmente puede elegir, pero materialmente carece de posibilidades reales para hacerlo? ¿Y qué igualdad puede existir cuando alguien tiene capacidad para imponer arbitrariamente su voluntad sobre los demás?
Ovejero introduce aquí una distinción que considero decisiva: no basta con que nadie interfiera en nuestra vida; es necesario que nadie tenga el poder de hacerlo arbitrariamente.
Es la concepción republicana de la libertad como ausencia de dominación.
Un trabajador puede disfrutar de buenas condiciones mientras su empresario quiera mantenerlas. Pero si depende enteramente de su voluntad, su libertad es precaria. Lo mismo sucede con una mujer cuya autonomía depende de la benevolencia de su pareja, o con cualquier ciudadano sometido al capricho de una autoridad.
No se trata solamente de cómo se ejerce el poder, sino también de qué límites tiene.
La ley puede liberar, pero también oprimir
Este es otro aspecto importante del artículo.
Hay quienes presentan cualquier intervención del Estado como una amenaza a la libertad. Sin embargo, las leyes que impiden la explotación infantil, protegen frente a la discriminación o limitan los abusos del poder económico no necesariamente restringen la libertad: pueden ampliarla para quienes carecían de ella.
Pero también debemos reconocer el peligro contrario.
Que una ley se apruebe democráticamente no significa que sea necesariamente justa ni que respete la libertad individual.
Una mayoría tampoco adquiere por ser mayoría el derecho a decidir arbitrariamente cómo deben pensar, expresarse o vivir las minorías.
Por eso me parece tan importante que Ovejero cuestione tanto el liberalismo que identifica la libertad con la ausencia de restricciones como las concepciones colectivistas que pretenden realizar al individuo mediante su subordinación a una identidad o comunidad.
Mi rechazo al autoritarismo no depende de que quien lo ejerza se proclame liberal, socialista, nacionalista o revolucionario.
Los principios se ponen a prueba cuando nos incomodan
Probablemente este sea el aspecto del artículo que más conecta con mis propias reflexiones.
Ovejero denuncia la contradicción de quienes proclaman principios absolutos para después relativizarlos cuando entran en juego sus intereses o afinidades políticas.
Y creo que esta observación tiene un alcance mucho mayor que la crítica a determinados liberales.
También afecta a quienes defendemos la igualdad, la solidaridad o los derechos humanos.
No podemos denunciar la arbitrariedad cuando procede de nuestros adversarios y justificarla cuando la ejercen quienes consideramos próximos.
No podemos defender la libertad de expresión únicamente para las opiniones que compartimos.
Ni reclamar el respeto al derecho internacional cuando protege a quienes apoyamos y relativizarlo cuando limita las actuaciones de nuestros aliados.
Esto no significa ignorar las circunstancias ni renunciar a valorar las consecuencias de nuestras decisiones. Significa que las excepciones necesitan razones, no simplemente afinidades.
El peligro de las etiquetas
Aquí encuentro una cuestión sobre la que he reflexionado muchas veces: la sustitución del argumento por la descalificación.
Ovejero habla de los «liberales de trinchera», aquellos que convierten la palabra libertad en una especie de escudo contra cualquier crítica.
Pero tampoco deberíamos convertir esa caracterización en una condena del liberalismo en su conjunto.
Sería incurrir precisamente en el error que tantas veces he criticado: confundir la parte con el todo.
Existe una tradición liberal comprometida con los derechos individuales, el pluralismo y la limitación del poder, de la que también podemos aprender. Del mismo modo, existen tradiciones socialistas que han defendido la emancipación y otras experiencias históricas que han desembocado en regímenes autoritarios.
No es la etiqueta lo que determina el valor de una posición, sino sus argumentos, sus prácticas y sus consecuencias.
Nadie es más que nadie
Al terminar el artículo vuelvo a una convicción que intento mantener en mis reflexiones: nadie es más que nadie.
No significa que todas las opiniones tengan el mismo fundamento ni que todas las conductas merezcan idéntica consideración. Significa que ninguna persona posee, por su identidad, ideología, creencias o posición social, un derecho superior al de las demás a vivir en libertad y con dignidad.
La libertad no debería ser un privilegio concedido por quienes tienen poder, ni la igualdad una excusa para imponer uniformidad.
Y la solidaridad no debería convertirse en la obligación de pensar como aquellos con quienes compartimos una causa.
La libertad necesita límites al poder, garantías jurídicas y condiciones materiales que permitan ejercerla. La igualdad exige que esas garantías alcancen a todos. Y la solidaridad nos recuerda que la libertad ajena también nos concierne.
Quizá el valor más profundo de la reflexión de Ovejero sea recordarnos que la libertad no consiste en que el poderoso nos permita ser libres, sino en que nadie tenga el poder arbitrario de decidir sobre nuestra libertad.
Y añadiría una exigencia personal: antes de denunciar la arbitrariedad de los demás, deberíamos preguntarnos si estamos dispuestos a reconocerla cuando procede de los nuestros.
Porque los principios se ponen a prueba, precisamente, cuando nos incomodan.

Quisiera añadir tres precisiones a la reflexión que acabo de publicar, a partir del artículo de Félix Ovejero.
ResponderEliminar1. Libertad e igualdad. No basta con que nadie pueda dominarnos arbitrariamente. La libertad también necesita condiciones materiales y oportunidades reales para poder ejercerse. La igualdad y la libertad no son conceptos enfrentados, aunque puedan surgir tensiones entre ellas.
2. El poder arbitrario no es exclusivo del Estado. También puede ejercerse desde posiciones de poder económico, social, religioso o familiar. Y las instituciones encargadas de limitarlo deben estar, a su vez, sometidas a controles.
3. No confundir la parte con el todo. La crítica a los «liberales de trinchera» no debe convertirse en una descalificación del liberalismo en su conjunto. La tradición liberal también ha contribuido decisivamente a la defensa de los derechos individuales y a la limitación del poder. Lo mismo cabe decir, con sus luces y sombras, de otras tradiciones políticas.
En definitiva, la libertad no debe depender de la benevolencia del poderoso, ni la igualdad servir de justificación para imponer uniformidad.
Y una última exigencia de coherencia: los principios se ponen a prueba cuando nos incomodan, especialmente cuando debemos aplicarlos a los nuestros.