Parábola sobre la venganza y el castigo colectivo
En una comunidad de vecinos conviven personas distintas, con historias y conflictos que no siempre se ven desde fuera. Entre ellas vive alguien que sufre una tragedia: pierde a un hijo a causa de un acto criminal que atribuye a un hombre violento, conocido por su brutalidad.
El dolor se convierte en rabia.
La rabia en decisión.
Y la decisión en venganza.
Una noche, sin acudir a juez alguno, sin buscar pruebas concluyentes ni reparación proporcional, irrumpe en la casa del supuesto responsable y asesina a su familia. No es un enfrentamiento. No es un duelo. Es una ejecución vengativa que alcanza a quienes no participaron en el crimen.
Después regresa a su comunidad y se refugia entre los suyos.
Cuando el señalado como responsable descubre lo ocurrido, no busca detener al agresor concreto ni limitar su respuesta a quien actuó. Interpreta el ataque como una ofensa colectiva. Y decide responder de forma ejemplarizante: organiza una represalia masiva contra la comunidad donde vive el autor del primer crimen.
La represalia no distingue.
Mueren culpables e inocentes.
Mueren adultos y niños.
Mueren quienes nada tuvieron que ver con la decisión inicial.
Cada parte justifica su acción.
El primero habla de justicia ante la impunidad.
El segundo habla de defensa ante la agresión.
Ambos invocan el derecho a proteger a los suyos.
Ambos apelan al dolor sufrido.
Y ambos construyen un relato donde el otro aparece como el origen absoluto del mal.
Pero hay hechos que no dependen del relato:
Un crimen no convierte en inocente al vengador.
Una agresión real no elimina los límites morales de la respuesta.
La responsabilidad individual no se transforma mágicamente en culpa colectiva.
La comunidad, que ya estaba herida, queda ahora atrapada en un ciclo donde cada acto se convierte en justificación del siguiente. La memoria se fragmenta. El dolor se acumula. La desproporción se normaliza.
Y lo que comenzó como búsqueda de justicia termina siendo competencia por el sufrimiento.
La pregunta central no es quién empezó.
La pregunta es dónde se ponen los límites.
Porque cuando la represalia alcanza a inocentes, deja de ser defensa estricta y se convierte en castigo colectivo. Y el castigo colectivo no distingue: arrasa.
Preguntas socráticas que subyacen
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¿Puede una atrocidad justificar moralmente otra?
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¿Es legítimo castigar a muchos por el crimen de uno?
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¿Dónde termina la legítima defensa y comienza la venganza desproporcionada?
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¿La proporcionalidad es un principio real o una palabra que se invoca solo cuando conviene?
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¿Condenar el primer crimen nos obliga también a examinar críticamente la respuesta?
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¿Qué diferencia a la justicia de la represalia?
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¿Qué queda de una comunidad cuando el dolor sustituye al límite moral?


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