sábado, 19 de septiembre de 2015

Cataluña: la encrucijada ANTONIO ELORZA


Cataluña: la encrucijada

Antonio Elorza
Antonio Elorza

En una conferencia pronunciada en la UNED hace varios meses, Íñigo Errejón esgrimió un ejemplo de alto riesgo para resaltar la importancia de la claridad de ideas. Adolf Hitler habría proporcionado una explicación válida de la crisis, provocada por “la confabulación de las potencias internacionales y la usura de los banqueros judíos” (sic), quienes “habrían puesto de rodillas a Alemania”. Sin embargo, advierte, que falsa o verdadera la coherencia de su discurso le permitió construir una realidad, el dominio del nacionalsocialismo.
La apreciación es del todo aplicable a cuanto ocurre en Cataluña. Mas, Junqueras y el coro de seguidores han acuñado un relato lleno de simplificaciones y falsedades en torno al lema central de “España contra Cataluña”, que justificaría la declaración unilateral de independencia. Un grupo de historiadores militantes, encabezados por Josep Fontana, le avala. Los mismos tópicos se repiten machaconamente y todo argumento en contrario es ignorado. Siguiendo una aplicación de las tácticas que permiten el despliegue del efecto-mayoría —a on va la gent, fa cap Vicent—, han conseguido así llenar el escenario social, con el fervor de una masa de hinchas del Barça. Guste o no, el procedimiento ha funcionado, borrando de la visibilidad y de la condición de catalán a quien no asuma el independentismo.
Frente a ello, no ha habido sino el rechazo monocorde del Gobierno, con la Constitución a modo de muralla china, y una confusión generalizada, incluso en el PSOE-PSC, yendo más allá incluso de la equidistancia condenada por Felipe González: Rajoy es el único enemigo. Ciutadans está solo, como en la otra vertiente UDC. La mayoría de los intelectuales, después del aldabonazo que diera Rubio Llorente a favor de la consulta, han optado por quedarse al margen y no desgastarse en la pugna. El “me duele España” está hoy tan mal visto como entrar en el recinto sagrado de Mas para proclamar que también duele esa transformación de la Cataluña de Espríu, la que en los sesenta sirviera de faro a los demócratas de la pell de brau, en la de los herederos del Estat Català de los treinta. Cataluña es hoy un mito al servicio de un nacionalismo de exclusión.
Lo que más irrita al “soberanismo” es la comparación con esos antecedentes de los años treinta, al impulsar la Generalitat una homogeneización forzosa de las ideas en la sociedad catalana. Sobran pruebas. ¿Ofrece el Gobierno de Mas un marco pluralista donde se confronten las distintas opciones de futuro?, ¿deslinda los campos entre la institución y los partidos independentistas?, ¿hay algo en su discurso que no sea descalificación de la inserción en España?, ¿respeta el marco legal en función del cual ejerce el poder?
Cataluña no es la Eslovenia del 90% de independentistas.
Los rasgos totalistas son incuestionables. Distinción entre pureza (Cataluña, independentistas,sí) e impureza (España, negación de Cataluña, no). Monopolio del discurso público desde la Generalitat, sacralizando el sí como instrumento del “pueblo catalán”; condenando el no como oposición a Cataluña. Sacralización del nombre de Cataluña, esencia suprahistórica, portadora desde tiempo inmemorial de un ansia democrática negada por España. Arrepentimiento tipo confesión: amaban a España, buscaron pactar, pero ya solo cabe el divorcio político. Lengua de palo en los elogios y las descalificaciones a críticos y disidentes (Mas sobre la carta de Felipe: “panfleto incendiario”). Cierre del espacio público —Generalitat, TV3— a toda expresión alternativa (Borrell). Los del noni existen políticamente ni deben existir: son para la Generalitat ciudadanos de segunda clase cuya opinión no cuenta; que sigan fieles a La Roja. Si este entramado ideológico no supone un totalitarismo horizontal, ¿qué es?
Cataluña no es la Eslovenia del 90% de independentistas. Únicamente cuando existe un predominio estable y con mayoría cualificada de la opción independentista tiene sentido la autodeterminación. Nunca con el 45%. Añadiendo que la fragmentación de Estados democráticos en la UE es siempre negativa. Pero la hipótesis cabe, después de la desafortunada experiencia de este quinquenio, y de consolidarse una mayoría del 60% en más de una elección normal, conviene que exista un cauce constitucional para la nueva situación. El paso previo sería la reforma federal del Estado, abierta a esa perspectiva. Algo alcanzable dentro de la Constitución de 1978 (artículos 167-168). Solo que no sirve el diálogo, mientras siga el monólogo anticonstitucional de Mas, previsiblemente triunfante por un sistema electoral injusto. Y el rechazo debiera ser tan efectivo como abierto a desarrollos ulteriores.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Secesión frente a democracia pasiva EDUARDO TEO URIARTE




Secesión frente a democracia pasiva

EDUARDO TEO URIARTE – 17/09/15

Eduardo Uriarte Romero
Eduardo Uriarte Romero
· Denunciaba hace días Santiago González un hecho que da que pensar: “el sábado, durante el partido clasificatorio de la Eurocopa en el Carlos Tartiere, una parte del público abucheó repetidamente a Gerard Piqué, ese mocetón sin malicia que ejerce de defensa en el Barça y en la selección. El héroe del partido, el manchego Iniesta, dijo al final del encuentro: “me gustaría que se acabaran los pitos a Piqué”. En vísperas de la final de la Copa del Rey en la que se abucheó al Rey y al himno nacional el pasado 30 de mayo, el fenómeno de Fuentealbilla se limitó a decir: “quien quiera dar sus opiniones que las dé”.
Es evidente el desequilibrio que manifiesta de una forma espontánea y sincera el jugador. Para él, un futbolista, lo que le importa son los pitos a un compañero de profesión y no los dirigidos de forma organizada y masiva al jefe del Estado. Es más importante, dicho con toda naturalidad, el futbolista que el máximo representante del Estado. Y es tan inocente la forma de decirlo que no solo evidencia un profundísimo déficit de cultura política (o cierta perversión anarquista) respecto a cualquier ciudadano de nuestros entorno europeo, sino que también define como peligrosamente despolitizada, bastante idiota, según su acepción clásica, a la sociedad que lo asume con naturalidad.
Está claro que Iniesta no desea llamar la atención con esto, le parece correcto manifestarlo así, no tiene ningún pudor en decirlo ni es consciente de la significación que entrañan ambos juicios: el desamparo del Estado por parte de un ciudadano con reconocimiento público. En España hay muy pocos dispuestos a defenderla, los ciudadanos españoles desconocen lo que les puede afectar en sus vidas cotidianas si acaban en el estado de naturaleza o a medio camino de él. Pues desde que el estado de bienestar empezó a funcionar creen que es un supermercado sin límite, ajenos totalmente a lo que ocurre en otros países empezando por Venezuela y pasando por Grecia. Es ante este tipo de manifestaciones erosivas del sistema de convivencia cuando se echa de menos la necesidad de educación cívica.
Podríamos seguir la pista a este tipo de argumentaciones representativas de lo que aparece correcto  cuando descubrimos, ya en el terreno político, lo que escribe Manuel Cruz (El Confidencial, “Votar compromete, pero poco (o cada cual interpreta su voto como quiere)”, 12, 09, 2015) comentando las razones que dieron Ada Colau y Trias para votar la independencia el 9 N: ““fue la prepotencia y la arrogancia del PP” la que hizo que alguien que no se considera nacionalista no independentista votara la independencia”. En mi opinión es desquiciado el argumento de ambos políticos.
Pero lo importante, de nuevo, es intentar descubrir el por qué suenan bien y correctas esas falacias, teniendo en cuenta que nadie en el mundo ha optado por la secesión de un país democrático debido a la consideración que le merece el partido que en ese momento lo gobierna. Quizás se pueden decir tales disparates porque se ha extendido que el PP es opresor, y que España, donde gobierna un partido como el PP, no es auténticamente democrática, propagado nada menos que por su  compañero de viaje desde los inicios de la democracia, el PSOE. Además, puestos a decir  barbaridades, España roba a los catalanes y el PP es el que fractura España. De los mensajes de algunos partidos, de los nacionalistas, pero sobre todo del PSOE, es de donde proviene la idiotez política de la sociedad española.
Pero probablemente la carga de profundidad ideológica para el sistema, el aval a cualquier iniciativa rupturista, sea la Ley de la Memoria Histórica por las consecuencias culturales que la misma ha creado en amplios sectores de la opinión pública. Dicha memoria histórica ha promovido un discurso  que supone no sólo  un baldón deslegitimador del PP, al ser declarado por la izquierda sucesor del franquismo, sino a todo el Estado actual, puesto que éste se consensuó con la derecha. Concepciones que ponen en duda la naturaleza democrática de nuestra izquierda y el bajo nivel de nuestro republicanismo, (pues observa éste exclusivamente, en contra de su naturaleza, como un arma subversiva proyectada al enfrentamiento). Para colmo el PSOE, en su obsesión de diferenciarse en la defensa del sistema mediante terceras vías, deja como única fuerza política del pasado a favor de la legalidad, de la Constitución (con permiso de Margallo), del Estado, a esa derecha declarada sucesora del franquismo. Le deja solo a un PP  manchado por la negra leyenda de la memoria histórica. En este contexto la secesión y cualquier ruptura disponen de un inmenso espacio argumental para tumbar  el sistema.
Pero, también, el PSOE, que hace mutis por el foro a la hora de defender con claridad la unidad y legalidad constitucional, no lo vayan a confundir con la derecha, no sólo ha convertido al PP, a ese PP corrupto, opresor, limitador del estado de bienestar, nada menos que en el defensor fundamental del sistema para desgracia del mismo, sino que ha roto la adhesión hacia el sistema de sectores sociales cercanos a su ideario. Ha desmovilizado a amplios sectores populares que hasta no hace mucho tiempo, hasta antes de ZP, creían que la España democrática era una cosa interesante y buena a sostener frente a aventuras como la secesión y otras formas de ruptura política. Una acción disolvente que ya se dio durante la II República y la guerra civil, donde parecía, salvo en los bandos  publicados por el general Rojo, que España y legalidad eran cosas de la derecha.
Rupturas y fracaso de los viejos partidos.
Todo colectivo humano, y los partidos lo son, con el paso del tiempo se convierten en un fin en sí mismo. Quizás en España, debido a la situación privilegiada que dispusieron desde los momentos previos a la Transición por venir a sustituir una dictadura, el poder al que accedieron, si los comparamos con países cercanos, ha sido muy grande. Pero debido precisamente a ese poder que les apartaba de la sociedad su degeneración ha sido más rápida que en otros sitios. De tal manera que muy pronto empezaron a dejar de existir para la política, los acuerdos y pactos desaparecieron, y se conformaron a vivir de la política usando su plataforma de poder para la obtención de recursos mediante la corrupción. Procedimiento para potenciar  grandes aparatos y crear redes clientelares que parecían el auténtico sostén del colectivo cuando llegaban los momentos de acercarse al pueblo, que era exclusivamente en las elecciones. El abandono de la política trajo aparejado el incremento de la corrupción.
Da la impresión que en sus momentos iniciales los partidos comprometidos en la Transición se repartieran la tarta, o que creyeran que por estar presentes en el momento fundacional de nuestro sistema tenían que tener garantizado su parte del poder. Síntoma del temor a su pérdida, el descubrimiento agónico de que tu partido puede ser mandado a la desamparada oposición, y de ésta a su desaparición, fue la irrupción del plan soberanista promovido por Ibarretxe. Si éste hubiera salido adelante sólo los nacionalistas seguirían siendo ciudadanos vascos y el resto alemanes en Mallorca,  asegurándose así el poder los nacionalistas vascos. Artur Mas, que vio durante dos legislaturas que un pacto entre socialistas y nacionalistas radicales le arrebataban el poder, y que las garantías del pasado se desvanecían, pues hasta Jordi Pujol era procesado por corrupción, decidió asegurarse el futuro de los suyos antes que escándalos económicos y una mala gestión financiera de la Generalitat le mandara al muladar de la historia. Y se lanzó a la independencia.
El democrático proceso hacia la secesión mediante la movilización de amplias masas garantizaría aún más el ejercicio, incluso arbitrario, del poder. Porque es difícil  creer que tras tan arrollador nivel de movilización popular, ayudada por la presión mediática y social utilizada -empleando recursos del Estado-, el sistema que se proponga posteriormente vaya a ser democrático. Lo coherente es que un proceso de llamamiento a la movilización de las masas, radicalmente democrático, que usa el victimismo y la arenga emotiva frente la maldad de los presuntos opresores, y bajo el estandarte de la uniformidad nacionalista, acabe liquidando, eso si por aparente procedimiento democrático, a la propia democracia. A ver quién tras la larga marcha le dice a Mas que no use en su favor los medios de comunicación y aparte la menor crítica y a sus promotores como enemigos de Cataluña cuando ya lo está haciendo.
Otros, que descubren que el partido va a menos, empiezan a temer por el futuro, pues si la mayoría absoluta del PP  se repitiera pudieran ser  borrados del mapa, por lo que empiezan a buscar fórmulas para evitarlo. Y en vez de buscar las culpas dentro, en sus errores, buscan el chivo expiatorio en la Constitución, y en vez de una marcha por la Diagonal emprenden el proceso de su reforma federal, dejando de paso solo al PP en su defensa (con permiso, de nuevo, de Margallo). Sin embargo, las constituciones no suelen fracasar, hay malas constituciones que han funcionado y funcionan, incluso lugares donde no existe, pero el sistema pervive si los partidos tienen un cierto nivel de actuación política. Pero eso se perdió tras Felipe y Aznar. La Constitución no ha fracasado, sus carencias, que no son tantas, podían haber sido suplidas (incluso reformadas al ser detectadas) si la deliberación política, que es para lo que se inventaron los partidos, hubiera existido. Pero se dedicaron a otra cosa.
 Los partidos de la transición están viejos, hoy son inseguros, por eso buscan soluciones traumáticas que les salven, que salven a las jerarquías de sus partidos y a sus notables. Ni siquiera a todo el partido. Soluciones trágicas, que pueden suponer rupturas sociales y empobrecimiento de la gente. Pero eso no importa, porque lo importante, como en una parodia del estalinismo, es el partido. Por eso Podemos ha podido surgir sin demasiado esfuerzo llevando a sus lógicas consecuencias las demagógicas iniciativas izquierdistas de Zapatero y clamando por la ética ante la corrupción. Y a Ciudadanos le ha bastado con la defensa del Estado surgido de la Transición, de la legalidad y, también, el rechazo de la corrupción, para estar presente de una forma tan rápida en el escenario político nacional. La Constitución no fue la que ha fracasado, han sido los viejos partidos.
Ante este fracaso político promovido por la monopolización de lo público por parte de unos partidos no se le puede exigir a la sociedad ni demasiado conocimiento de la realidad política ni excesiva responsabilidad ante los retos. Existe la generalizada opinión de que los ciudadanos que no son nacionalistas en Cataluña están amilanados, excesivamente silenciosos, después de tanto silencio cómplice hacia el nacionalismo por parte de los grandes y viejos partidos con tal de recibir su apoyo en Madrid, después de todas las concesiones que se le ha ofrecido por los mismos. Después del monopolio de la vida política por los partidos no se puede pedir a la sociedad esfuerzo responsable y el ejercicio de una libertad activa. A la sociedad española se le ha educado a vivir del sistema, y lo ha hecho muy bien hasta que ha llegado la crisis económica, pero a no participar en lo público, pues ese espacio los partidos se lo quedaron celosamente, ofreciendo, consiguientemente, a la ciudadanía una liviana concepción de lo político, si no su rechazo, y  una forma pasiva, y bastante cómoda, de comportarse en democracia.
La democracia pasiva, que suele ser sumisa, se ve hoy arrollada por un movimiento nacionalista como el catalán, popular, apasionado, armado de todas las concesiones legales, consentidas e ilegales que ha alcanzado debido al comportamiento contemporizador y pragmático que tuvieron los viejos partidos con el nacionalismo. Ahora se pide a los ciudadanos responsabilidad y reflexión, que salgan a votar tras muchos años de animarles al desistimiento democrático y constitucional frente a la prepotencia del nacionalismo. Es difícil en pocas fechas resolver tantos errores del pasado, y los del presente. Sólo  se puede esperar que la gente no crea tampoco en el salto al vacío del nacionalismo.

Eduardo Uriarte.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La entrevista que no existió EL MUNDO 10/09/15NICOLÁS REDONDO TERREROS


La entrevista que no existió

EL MUNDO 10/09/15
NICOLÁS REDONDO TERREROS

 Felipe González ha planteado el problema catalán en un marco que hace imposible la solución. Hay que presentar el debate en términos racionales. No se puede legislar sobre sentimientos y pasiones.

SIN PERJUICIO de que la entrevista a Felipe González en La Vanguardia no recogiera literalmente lo que él respondió, sí sirve para reflexionar sobre los esfuerzos de los constitucionales para dar una solución al conflicto planteado por los independentistas catalanes. Afirmaba el ex presidente en la ya famosa entrevista que la cultura catalana, podemos incluir el catalán, es intocable y requiere una defensa constitucional. ¿Pero qué es la cultura catalana?, o mejor aún, ¿qué es la cultura? ¿Y qué pasa con la vasca o la aragonesa, tendrían el mismo derecho? Y por cierto esa defensa particular, ¿dónde dejaría a la cultura española, o es la única que en realidad no ha existido nunca? Cae el líder socialista en la contradicción suprema de querer encerrar en los límites de la ley la más grandiosa expresión del ser humano y por lo tanto ilimitable legalmente. Acepta una visión mística de la cultura para poder defenderla. La cultura no es: «Un patrón simbólico, conservado como una mariposa en ámbar, su lugar no está en los museos, sino en las actividades prácticas de la vida cotidiana, donde evoluciona bajo la presión de objetivos opuestos y otras culturas en competencia. Las culturas no existen simplemente como diferencias estáticas que haya que celebrar [o defender], sino que compiten entre sí como formas mejores o peores de hacer las cosas…», en palabras de Thomas Sowell. Las culturas que sobreviven e influyen son, y siempre han sido, porosas, influenciables, capaces de hacer suyo lo ajeno; por el contrario las que languidecen son las que necesitan defensa legal, ideológica o religiosa, terminan anquilosadas, guardadas por zelotes y en vez de servir para liberar al ser humano de las servidumbres que impone el pasado, el poder político o el dinero, se convierten en instrumento de dominación de unos sobre otros.

¡Qué dilema nos plantea el histórico líder socialista! Según como le contestemos nos convertiremos en personas que, apelando a la razón, queremos un espacio público más integrado, menos sentimental y, por lo tanto, nos tacharán de anti-catalanes; si aceptamos su visión compraremos la gratitud de un grupo de catalanes, yo creo que pequeño, a cambio de perder universalidad y cosmopolitismo. El ex presidente prefiere una visión de la cultura romántica y contraria a la Ilustración, yo en cambio me quedo con aquéllos que entienden la cultura como el ámbito en el que se desarrolla la actividad espiritual y creadora del hombre, y rechazan el posesivo «mi cultura», en el que la colectividad impregna totalmente tanto los pensamientos más elevados como los gestos más rutinarios.

Yo por ejemplo soy español y mi cultura española es el resultado de una mezcla de diferentes culturas, con predominio de unas sobre otras en campos diferentes; sería para mí terrible que me defendieran del contagio que quiero, deseo y necesito. Las culturas deben impulsarse con la mezcla, aborreciendo las purezas nacionalistas que imponen el conflicto con las demás como único medio de reconocimiento, muy bien descrito en La traición de los intelectuales de Julien Benda: «…Ahora cada pueblo se abraza a sí mismo y se asienta dentro de su lengua, de su arte, de su literatura, de su filosofía, de su civilización, de su cultura contra los demás. El patriotismo es de una forma del alma contra otras formas del alma».

Felipe nos plantea el problema catalán en un marco que hace imposible la solución. Quiere legislar sobre sentimientos y pasiones, y esto históricamente ha resultado imposible o un desastre. Ahora bien, si planteamos el problema en términos racionales, claro que pueden existir soluciones variadas: unas acertadas y otras erróneas según las perspectivas desde las que se analicen. Yo no cejaría, siempre después de las elecciones del 27 de septiembre, en el intento de buscar ámbitos públicos de respeto, con la condición de que esos ámbitos también se trasladaran a Cataluña; no sea que por querer agradar a unos humillemos a otros, sean mayoría o minoría, ¿yo estaría inscrito pensando así en la Tercera Vía? No existe una cultura catalana homogénea, pura y mística o, por lo menos, yo no la deseo así. La cultura catalana que quiere representar por ejemplo Guardiola con todo su derecho cuando dice: «Vengo de un pequeño país del norte…», la complementa un catalán como Carlos Herrera Crusset, que vive en Sevilla y le ha dado por dirigir una cofradía en la ciudad natal del ex presidente. La gran diferencia entre los dos representantes de esa cultura catalana, que no se puede constitucionalizar, es que el entrenador de fútbol ha sido jugador de la selección española y si quisiera sería su entrenador, sin embargo el periodista nunca llegará al palco del Barça, por mucha ilusión que le haga.
Aun así, creo que podemos pactar un espacio público definido que dependerá de nuestra voluntad, de nuestras conveniencias, de lo que estemos dispuestos a dar y recibir, por lo tanto de nuestra razón. Ya lo intentamos con la Constitución del 78, con el primer estatuto, con el segundo y lo podemos intentar con un tercero o un cuarto. El problema es que los que provocan nuestra necesidad de renovar continuamente esos pactos de convivencia siempre han querido más y nunca han trasladado ese espíritu convivencial a la sociedad catalana. Llevamos actuando de este modo desde 1978, siempre buscando cómo satisfacer a los nacionalistas catalanes. Tal ha sido nuestro esfuerzo por contentar a los independentistas que hemos sonreído para templar gaitas cuando insultaban a los andaluces o extremeños, hemos callado, y Felipe bien lo sabe, cuando la confusión entre lo público y lo privado en Cataluña se confundía hasta provocar vergüenza ajena y hemos mirado hacia otro lado para que pudieran imponer una homogeneización social imposible en una sociedad moderna. No nos ha importado sufrir continuos desaires, basados en una posición prevalente que no tienen, les hemos dejado que hicieran oficial y única la historia sentimental de una parte de su sociedad, y casi siempre han sido recibidos con gesto genuflexo para no provocar su ira.

Sólo por los resultados de la estrategia de apaciguamiento que tanto desde la izquierda como desde la derecha hemos desarrollado estos últimos 30 años, sería conveniente establecer otra distinta, que no tiene que ser ni la de la fuerza, ni la de la intransigencia, ni la del miedo. Una nueva estrategia que podríamos denominar estrategia de la responsabilidad frente a la propuesta nada novedosa de Felipe de blindar las causas de la ¿identidad nacional catalana?. Porque si finalmente las únicas opciones que me ofrecen son la propuesta de blindar constitucionalmente proyecciones sentimentales de una parte de la sociedad catalana o la de volver a empezar desde cero, yo, à mon grand regret, me declaro firme partidario de volver a empezar, desdiciendo en parte las posiciones políticas que he venido defendiendo en los últimos años. Pero hay momentos en los que toda la buena voluntad no vale nada ante el radicalismo sentimental de los nacionalistas.
COMO TAMPOCO sacralizo la historia, la cultura o la nación, sino que busco un espacio en el que podamos vivir pacíficamente y de forma armoniosa con nuestro pasado (pasado del que no soy prisionero, pero sí soy deudor y que a mi leal entender se llama España, Cataluña incluida), prefiero entonces que dejemos a los catalanes decidir su futuro porque sobre todo lo que no quiero es ser corresponsable en la aventura de un Estado fracasado como lo fue la Primera República, aunque sigo convencido que existen soluciones intermedias a la política totorreista tot o res, por cierto característica muy española. De lo que nadie me puede convencer es que dando más a Mas podamos convivir con la armonía mínima que necesita todo espacio público con voluntad de ser un sujeto histórico, y no varios sujetos confusamente mezclados en la neblina del miedo o de pasados inmortales. Pero antes de llegar a cualquier solución, demos la batalla que nos han impuesto, hagamos lo posible por impedir que lleven adelante un proceso que les perjudicaría sobre todo a ellos. No nos entreguemos antes de que los catalanes digan lo que piensan.

De todas formas, esta discrepancia con Felipe González muestra una controversia sobre cuestiones fundamentales para nuestra convivencia que sólo pueden mantenerse desde posiciones democráticas que imponen aceptar el derecho del otro a discrepar hasta de que lo que a uno puede parecerle lo más «sagrado». Ésta es la ventaja que tenemos nosotros y que no tienen los nacionalistas catalanes, siempre embarcados en la homogeneización de una sociedad que tiene contradicciones como todas las sociedades modernas.
Sirvan por lo tanto estas reflexiones para disentir educadamente con mi compañero de partido, sin caer en las descalificaciones y atentados al buen gusto de los que hizo gala el independentismo catalán cuando leyeron su carta A los catalanes en El País, porque sólo desde la discrepancia pacífica y respetuosa puede salir la verdad, en este caso, lo más conveniente para España.

Nicolás Redondo es presidente de la Fundación para la Libertad y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
 

lunes, 7 de septiembre de 2015

CULTURA PARA SER CRÍTICAMENTE LIBRES- ANTONIO ROBLES









CULTURA PARA SER CRÍTICAMENTE LIBRES
domingo, 6 de septiembre de 2015 - 23:01
ANTONIO ROBLES

Tiene la cultura una función primera por encima de cualquier otra: lograr sacar de la ignorancia natural al ser humano, ilustrarlo, es decir, poner a su disposición información objetiva que le permita elegir por sí mismo, ser autónomo, crítico y vivir conforme a su libertad y creatividad. Una sociedad sin esas capacidades y valores está a merced de la manipulación y el sectarismo y muy cerca de la condición del integrante de un rebaño.

Es una tarea que cada generación ha de emprender y aprender, y toda institución política, garantizar. Cuando las instituciones encargadas de llevarlo a cabo hacen todo lo contrario, perdemos nuestra condición de ciudadanos libres con criterio formado, para pasar a ser marionetas del poder, sujetos alienados, meros súbditos.

Sin una información libre y neutral, sin una escuela ilustrada, alejada del adoctrinamiento, es imposible una sociedad democráticamente sana y una libertad auténtica
Sin una información libre y neutral, sin una escuela ilustrada, alejada del adoctrinamiento, sin unos medios de comunicación autónomos y un entorno creativo y artístico a salvo del intervencionismo de los poderes públicos, es imposible una sociedad democráticamente sana y una libertad auténtica.

Y es eso precisamente lo que pasa hoy en Cataluña, una sociedad intervenida hasta la náusea desde la propia cultura, donde una élite supremacista alimentada de un narcisismo identitario obsesivo ha intoxicado a la sociedad entera y la ha abocado a la sumisión o al enfrentamiento.

La quiebra de la convivencia, la apuesta por el secesionismo, la intolerancia lingüística, la satanización del diferente o el enemigo exterior, no son la causa, sino las consecuencias de haber permitido desde los poderes del Estado el adoctrinamiento escolar, el control de los medios y la manipulación de la cultura.

Hoy en Cataluña lo más alarmante no es la amenaza secesionista, sino la derrota del pensamiento. Hoy en Cataluña no es la quiebra de la convivencia lo más preocupante, sino la sustitución del discurso racional por la reivindicación instintiva de las emociones como criterio de conocimiento.

Las características tribales de la rivalidad deportiva se han trasladado al discurso político. Ya no importa la verdad, sólo la defensa de la identidad. Los valores cognitivos se han reducido a la amígdala. Ya no importan los hechos, ni la ley, solo los sentimientos y las propias convicciones. Nadie definió más rotundamente atmósfera sociológica tan degradante como José Montilla (05/05/2010, contra el TC por la sentencia del Estatuto de Cataluña).

"No hay sentencia que pueda juzgar los sentimientos de los ciudadanos de Cataluña".

Es la culminación de la estupidez intelectual y de la agresión más rotunda al Estado de Derecho. Y ahí está, de senador.

Cataluña se ha convertido en una colosal trinchera. Y eso no se arregla con cupos económicos, asimetrías fiscales, blindajes lingüísticos o la cesión de la última instancia judicial a la Generalidad de Cataluña, con o sin reforma de la Constitución, sino con datos, racionalidad, conocimientos, cultura libre e información neutral. Y persistiendo en el tiempo. Una ley es fácil de hacer o de modificar. Cambiar los valores culturales y las convicciones emocionales, cuesta generaciones.

Este es el gran problema. Hoy en Cataluña hay cientos de miles de nacionalistas, emocionalmente convencidos de que España se levanta por la mañana pensando cómo puede joder a Cataluña (en palabras de Albert Boadella), cómo puede sangrarla económicamente y en permanente conspiración para acabar con su identidad cultural y su lengua. La pedagogía del odio ha calado hasta el tuétano y las mentiras que han modelado su cosmovisión, no las sienten como tales, sino como agravios evidentes. La ecuación es sencilla: no han conocido otra versión de Cataluña que la nacional-catalanista.

Hay que acabar con la impunidad de la mentira. La única normalización pendiente hoy en Cataluña, es la normalización de la verdad
Por eso, hay que acabar con la impunidad de la mentira. La única normalización pendiente hoy en Cataluña, es la normalización de la verdad. Y eso pasa por recuperar el timón de la cultura, de la escuela, de los medios de comunicación, para contrastar cada una de las infinitas agresiones que emiten a diario contra la ley, la historia o el sentido común. Con paciencia, con determinación, con la ley y la legitimidad moral que da el jugar limpio.

Este es el problema: la ideología más reaccionaria de los dos últimos siglos ha logrado robar a la democracia constitucional española, la hegemonía moral y la hegemonía cultural. De ahí su hegemonía política. No porque sean más, no porque sean mejores, sino porque se han apropiado de todos los instrumentos de la cultura para modelar a su antojo las dos últimas generaciones. Lo que no está representado en los medios, tiende a disolverse, y hoy los medios culturales, educativos, institucionales y mediáticos están monopolizados por la verdad de época, que da la hegemonía cultural. O al revés, quizás fue su hegemonía cultural quién ha impuesto 'su' verdad de época.

La 'resistencia' al nacionalismo en Cataluña lo advirtió ya hace muchos años. Aún recuerdo con qué desprecio o indiferencia acogieron la clase política del resto de España (la de aquí, ni la nombro) a la Caravana por la Tolerancia Lingüística que emprendimos en 1995 un grupo de ciudadanos desde Cataluña, para denunciar la exclusión de los derechos lingüísticos en la escuela. Ni sabían qué era la inmersión, ni creyeron una palabra cuando les transmitíamos que en Cataluña no se podía estudiar en la lengua oficial y común de todos los españoles. Imagínense cuando oyeron de mis labios en la Universidad de Salamanca que el ejército de Cataluña eran sus maestros. No eran palabras para la sensibilidad buenista de la época, ni para contradecir la predisposición a pagar una deuda contraída con los nacionalismos periféricos en nombre de no se sabe qué.

Si hiciéramos una estadística veríamos que entre maestros, profesores y periodistas hay mayor índice de independentistas que en ningún otro colectivo; precisamente, los espacios y las profesiones transmisores de cultura
Pero a la vuelta de los años, aquella indiferencia por la cultura, por lo que pasaba en nuestras escuelas, se ha convertido en mareas verdes, en mareas amarillas, en uves y esteladas. Es en la escuela donde estas marcas de territorio disfrutan de mayor impunidad. Si hiciéramos una estadística veríamos que entre maestros, profesores y periodistas hay mayor índice de independentistas que en ningún otro colectivo; precisamente, los espacios y las profesiones transmisores de cultura. Curiosamente, los espacios y profesiones que el nacionalismo ha defendido con mayor celo. Reparen en la intransigencia que muestran cuando se cuestiona la inmersión. ¿Por qué? Porque ella garantiza la exclusión del castellano, el adoctrinamiento nacionalista y la disolución de los lazos afectivos y culturales con España. El gran constructor de esta Cataluña identitaria lo tuvo claro desde el principio:

"Cuando veo a esas gentes de derecha o de izquierda encerradas en sí mismas pensando: 'a nosotros no nos conseguiréis nunca', pienso, me da igual, a vuestros hijos sí los tendremos. A estos los educaremos desde el principio en el ideal" (Adolf Hitler. Discursos, años 1933, 34, 35, 36, 37, 38. Obras completas, tomo I, discurso en la sala de motores Siemens el 10 de noviembre de 1933, Ediciones Wotan, Librería Europa, Barcelona, p.176)

¿De quién creen que es esta frase? De Pujol no, pero siempre se guió por esa convicción.

El 28 de octubre de 1990, El País y El Periódico de Catalunya filtraban un documento interno de Convergència i Unió (CiU) que propugnaba un plan para extender la cosmovisión nacionalista a todas las instituciones políticas, mediáticas, colegios profesionales y consejos de administración de bancos y empresas, instituciones deportivas, religiosas y políticas, y colonizar con nacionalistas sus direcciones. Detrás del informe estaba directamente Jordi Pujol, el gran hermano, el gran timonel. Su objetivo era imponer el discurso nacionalista hasta el último rincón de la sociedad catalana. Con especial obsesión, en los medios de comunicación. Sin medias tintas instaba a los medios públicos a ser "transmisores eficaces del modelo nacional catalán" e "incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana".

El Libro Rojo de Mao, o la Formación del Espíritu Nacional son sueños para modelar el carácter de un pueblo; la misma mentalidad totalitaria del nacional catalanismo
Como ven, no se contentaba con marcar a los medios o comprar sus voluntades, pretendía formarlos desde sus primeros pasos periodísticos como si fueran cachorros y mantener una formación permanente para evitar desviaciones. El Libro Rojo de Mao, o la Formación del Espíritu Nacional son sueños para modelar el carácter de un pueblo; la misma mentalidad totalitaria del nacional catalanismo.

El documento entero estaba inspirado por ese constructo denominado 'Espacio Catalán de Comunicación'. Como si la comunicación tuviera necesidad de adjetivos. La comunicación es libre, o no es. Así de sencillo.

Hoy, aquella voluntad de reducir Cataluña a la mentalidad del buen catalán nacionalista, es una realidad. Políticos y periodistas podrían intercambiarse y nadie se daría cuenta. Solo hay que echar una ojeada a la red mediática que ha logrado armar el nacionalismo para darse cuenta, que la construcción de estructuras de Estado se empezó mucho antes de lo que nos parece ahora.

La actual Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) integra 7 televisiones (TV3, 1994), Canal33 (2º canal de tv de la Generalidad, 1988), el 3/24, de información continua (2003), y con la llegada de la TDT, puso en marcha un canal dedicado a los deportes, Esport3 (18/10/2010) y otro a la audiencia infantil, Canal Super3 (18/10/2010), que sustituyó a K3, puesto en marcha en 2001. TV3 HD, de alta definición (23/04/2007) y TV3 3D (de alta definición y tres dimensiones (junio de 2010). Además de portales digitales por Internet de la CCRTV Interactiva, Activa Multimedia Digital, y la CCRTV Servicios Generales.

En el campo de la radio, la Generalidad hizo lo mismo que en televisión, con una red pública de frecuencias y un control de las concesiones privadas. Catalunya Radio nació en 1983, un año antes que TV3. No obstante, Radio Nacional de España emitía en catalán a través de Ràdio 4 desde 1976. En 1987, se creó Catalunya Música (1987), en 1992, Catalunya Informació y en 2006, iCat. En 2007 la Generalidad monopolizó el control de toda la información en catalán al erigirse en accionista mayoritario de la Agència Catalana de Notícies (ACN, 1999), que se ocupaba y se ocupa del espacio pancatalanista de comunicación de els Països Catalans. Con los portales de Internet, la red ha alcanzado innumerables tentáculos, no solo públicos, sino concertados, porque todos ellos viven de las subvenciones de la Generalidad. Destaca entre las primeras 324.cat y entre las segundas vilaweb.cat.

La consecuencia de tanto control por parte de la Generalidad, directamente proporcional al abandono del Estado, es la hegemonía cultural que actualmente detentan
El afán del nacionalismo por controlar la mente de los catalanes, como vemos, no se para en medios, tampoco en euros. Sólo de 2007 a 2013, estos medios al servicio de la secesión se llevaron la friolera de 2.996 millones de euros, o sea 497.336 millones de las antiguas pesetas.

Ese despilfarro solo se refiere a los medios de comunicación públicos, después están los concertados, como La Vanguardia o RAC1; además hay que incluir las subvenciones a todo tipo de organizaciones nacionalistas realizadas sólo en catalán (toda obra u organización realizada en castellano queda excluida de la subvención), al cine, a documentales, a congresos, simposios, normalización lingüística y control escolar (cursos de verano, activismo escolar, libros, enciclopedias y material informático dedicados a la construcción nacional etc), Museos nacionales, como el de historia, o del Born, verdaderas ficciones dedicadas a la pedagogía del odio (Esta última obra nos costó 76 millones de €), a las mal llamadas embajadas, o a la compra de firmas de periodistas extranjeros para difundir la secesión a nivel internacional.

La consecuencia de tanto control por parte de la Generalidad, directamente proporcional al abandono del Estado, es la hegemonía cultural que actualmente detentan.

Es preciso revertir el esfuerzo. El Estado tiene derecho a defenderse, y le sobran medios para hacerlo, solo es necesaria voluntad política, personalidad para definir una estrategia a largo plazo y las tácticas adecuadas para modular con inteligencia y sin complejos todo un plan para devolver al ciudadano espacios e información que les permitan defenderse y enfrentarse al bombardeo mediático del nacionalismo.

¿Qué se puede hacer o qué se debe hacer?

No puede quedar sin contrastar ni una fechoría más, ni una mentira más, ni una deformación del pasado más. En cualquier campo. Por ejemplo, en la fiscalidad. Toda acusación de expolio fiscal ha de ser contrastada con cifras y valorada con criterios de justicia social y dimensiones de Estado. Y tener medios para difundirlos.

Toda acusación de expolio fiscal ha de ser contrastada con cifras y valorada con criterios de justicia social y dimensiones de Estado. Y tener medios para difundirlos
Para ello, es preciso poner a disposición de todas las áreas de la cultura, un presupuesto de emergencia nacional para contratar inteligencia que genere documentos científicos y valores democráticos para una sociedad de ciudadanos libres e iguales y no de territorios.

Otro ejemplo. Cine, televisión y redes sociales. No pueden quedar sin contrastar ni un documental secesionista más, ni los infinitos mantras nacionalistas que esparcen por Internet. Algunos ejemplos:

'Terra Lliure, punt final', documental emitido por TV3, el 14/04/2007. Una mirada cómplice con el terrorismo y fines de Terra Lliure.
'Adeu, Espanya', emitido en TV3, el 3 de junio de 2010.
'La Crida, història d’una resposta', (TV3, 24/09/2011) donde hasta sus actos violentos se justifican.
TV3 emite un reportaje propagandístico a favor del referéndum secesionista tres semanas antes de las elecciones (05/04/2012)
TV3 emite un reportaje propagandístico con formato de documental en defensa de la inmersión lingüística obligatoria (22/04/2013)
'Hola Europa', emitido por TV3, el 7 de mayo de 2013.
TV3 explica a los niños que en 1714 "Cataluña perdía su libertad" (18/09/2013)
'L’endemà', de Isona Passola, presidenta de la Acadèmia del Cinema Català. Un publirreportaje, en formato de película, del oasis que surgirá tras la independencia (17/12/2014)

Hoy, la rebelión contra la soberanía nacional ha de darse en el plano de la legalidad jurídica y la cultura. Sueñan con tanques en la diagonal. Hasta ahí llega su delirio y patología victimista. Cualquier recurso a la fuerza, tiene más contrapartidas que ventajas. Por eso, el Estado habría de reducir partidas de defensa (es una manera de hablar) para nutrir la escasez de medios culturales capaces de recuperar la hegemonía cultural. Porque hoy los medios culturales son las verdaderas armas de la convivencia y de la hegemonía moral.

¿Cómo quieren que España forme parte de la vida de los catalanes si el Estado deja la escuela abandonada al control nacionalista?
Es alarmante que medios tan influyentes como La Vanguardia o las emisoras de Justo Molinero estén literalmente comprados por las subvenciones de la Generalidad sin que el Estado destine recurso alguno a contrarrestarlos; es suicida que el único diario digital que se está batiendo el cobre en tierra hostil, como CRÓNICA GLOBAL siga abandonado a su suerte. ¿Cómo quieren que España forme parte de la vida de los catalanes si el Estado deja la escuela abandonada al control nacionalista, no apoya económicamente a los pocos medios disidentes, y no crea espacios intelectuales para defender los valores constitucionales allí dónde se enseña a despreciarlos? El pujolismo ha demostrado que en esta época de tecnologías multimedia se pueden modular generaciones con una rapidez y eficacia como nunca antes se había producido en la historia.

Un tercer ejemplo. Si algo le sobra a España es Historia. 'Isabel', la serie de TVE, es un buen ejemplo de cómo se puede invertir en cultura. Los niños catalanes tienen derecho a saber la historia de sus antepasados contada por profesionales de la historia. Al menos, para que puedan contrastarla con las ficciones que les inoculan desde la guardería y el paisaje de esteladas transmitido por TV3.

Posiblemente estos apuntes puedan parecer intervencionistas. No lo son, estamos en guerra, por si alguien no se había enterado. Una guerra sin armas, llevada a cabo con instrumentos culturales. Sólo la podemos ganar con cultura ilustrada y urnas. Y de momento, nos llevan 35 años de intendencia.



sábado, 16 de mayo de 2015

Treinta y seis aguafiestas ARTURO PÉREZ-REVERTE

 Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran hombres -muchos muy jóvenes- muertos en combate, los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa


Treinta y seis aguafiestas

Lo bonito del putiferio en el que, poco a poco, nos instalamos con toda naturalidad, es que las películas de Berlanga empiezan a ser, comparadas con el paisaje actual, versiones sosas de lo nuestro. Eso está bien, pues con algo hay que disfrutar antes de palmarla. Y los periódicos, y los telediarios, y tender la oreja al runrún de cada día, deparan momentos sublimes de juerga moruna. Dirán algunos que de ciertas cosas no hay que reírse, pues nada tan virtuoso como la indignación ante la injusticia o la estupidez. Pero uno acaba por asumir lo evidente. En España, la justicia, las virtudes y la indignación ajena importan un huevo de pato. Derechas, izquierdas, nacionalistas y demás oportunistas, ciudadanos de infantería incluidos, cada cual va a lo suyo. Impasible mientras no le toque. El héroe nacional no es don Quijote, sino don Tancredo. De manera que, como analgésico, a veces resulta útil atrincherarse en la risa. Reír, según la manera, es también un modo de ciscarse en su puta madre. En la de ellos -rellenen ustedes con nombres la línea de puntos- y en la de los incautos e imbéciles que los engordan.

La última es finísima. Buscando los restos de doce republicanos asesinados en el pueblo turolense de Singra, una asociación para la recuperación de la llamada memoria histórica desenterró hace más de un año, por error, treinta y seis cadáveres de soldados muertos durante la Guerra Civil, en la batalla de Teruel. Examinados los restos por un equipo de arqueólogos y forenses, y tras comprobar que allí nadie había sido fusilado, sino que todos eran hombres -muchos muy jóvenes- muertos en combate, los bienintencionados desenterradores no supieron qué hacer con tanto fiambre fuera de programa. De haber sido los doce republicanos asesinados, la historia habría salido redonda: homenaje a las víctimas, malvados nacionales y demás parafernalia. Incluso con soldados leales a la República, el asunto habría tenido por dónde agarrarse. Pero se daba la incómoda circunstancia de que los muertos, enterrados en fosa común en el mismo campo de batalla, pertenecían tanto al ejército nacional como al republicano. Eran de los dos bandos, mezclados en la barbarie de la guerra y la tragedia de la muerte. Españoles sepultados juntos, como debía y debe ser. Como lección y homenaje, deliberado o casual, de sus enemigos y compañeros. Así que imaginen el papelón. Nuestro gozo en un pozo, colega. Esto no hay quien lo venda al telediario. Treinta y seis aguafiestas jodiendo el invento.

Pero lo más fino es la solución. Tan de aquí, oigan. Tan española. Disimula, Manolo, y silba mirando para otro lado. Unas cajas de cartón, el alijo dentro, y los treinta y seis juegos de huesos depositados en las antiguas escuelas del pueblo. Guarden esto aquí un momento, háganme el favor, que vamos a comprar tabaco. Hasta hoy. Y mientras escribo esta página, los despojos llevan trece meses muertos de risa, metidos en las mismas cajas, sin que nadie se haga responsable. El alcalde de Singra, que es socialista, anda un poquito mosqueado, diciendo que no está bien tener ahí los huesos de cualquier manera; que cualquier día entran unos perros y se ponen ciegos mascando fémures de ex combatientes, y que los de la asociación desenterradora tendrían que hacerse cargo del asunto, comprar féretros y sepultar aquel circo como Dios manda. Y los otros, por su parte, llamándose a andana. Diciendo que, como no son los familiares que buscaban, pues que tampoco hay prisa, buen hombre. Ni se acaba el mundo ni nos corren moros, que decían los clásicos. La asociación es modesta, no está para muchos gastos, y ya se hará cargo cuando buenamente pueda. Si puede.

Y claro. Uno piensa que, por azares de la vida y de la Historia, quien pudo acabar en esa fosa tan alegremente abierta pudo ser mi tío paterno, el sargento republicano de diecinueve años Lorenzo Pérez-Reverte; o el alférez nacional Antonio Mingote Barrachina, que es la bondad en persona, con quien me siento cada jueves en la RAE; o el padre de mi compadre Juan Eslava Galán, que hizo media guerra en un bando y media guerra en otro. Y los imagino a todos ellos, o a otros como ellos, descansando tranquilos y a gusto desde hace setenta años en su fosa común de Singra o de donde sea, bien juntos y revueltos unos con otros, rojos y nacionales, tras haberse batido el cobre con saña cainita y mucho coraje, como Dios manda. Y en eso llega una panda de irresponsables, les pone los huesos al aire y los deja en cajas de cartón, porque en realidad buscaban a otros. Y las quejas, al maestro armero. E imagino sus chirigotas y carcajadas de caja a caja y de hueso a hueso. Fíjate, compañero. Memoria histórica, la llaman. Hay que joderse. ¿Sabrá un burro lo que es un pictolín? Triste y estúpida España, la nuestra. La de entonces y la de ahora. Por esta peña de subnormales no valía la pena matarnos, como nos 

martes, 31 de marzo de 2015

Lealtad o ingratitud EL CORREO 30/03/15 TONIA ETXARRI

Buen articulo  el de Tonia Etxarri. Pero me falta saber en que datos se basa para afirmar: "Todavía su nombre se asocia a la purga que sufrió Sosa Wagner por atreverse a criticar la falta de democracia interna ..." "democracia interna" La información que recibimos de UPyD es que es un partido democrático que toma los acuerdos de manera escrupulosa y que su portavoz, la denostada R10, lo que hace es defenderlos públicamente.
 Por favor denme datos para constatar los adjetivos, por no decir insultos, que se utilizan contra R10, soberbia, prepotente, autoritaria, etc.
Un apartado con mucho intereses es el comportamiento se Sosa Wagner en la actual crisis


Artículo de Tonia completo:
Lealtad o ingratitud
EL CORREO 30/03/15
TONIA ETXARRI

Después de siete años y medio de trayectoria, Rosa Díez –que puso en marcha la primera organización que se atrevió a presentarse como el ariete que rompía el clásico bipartidismo, cuando huyó escaldada de su militancia en el PSOE– acaba de comprobar, en carne propia, que su tripulación no es tan sólida como ella creía. Y compañeros a los que ella misma había colocado en la dirección, y a los que nunca se les oyó decir que querían confluir con Ciudadanos, por ejemplo, se rebelan ahora contra ella para intentar salvar la cara.

En los micrófonos y focos se habla de «deslealtad» pero en las redes sociales, los 140 caracteres permiten sintetizar la contrariedad de muchos seguidores del partido magenta que hablan de «ingratitud». Que viene a ser lo mismo pero explicado con las vísceras. Recuerdo cuando Antonio Basagoiti empezaba a preparar su relevo en el PP y le pregunté por qué motivos había pensado en Arantza Quiroga como su sucesora. Me respondió que «por su lealtad». Esa debe ser una actitud que en los partidos, en donde se libran luchas intestinas por el poder (externo e interno), cotiza al alza. Por encima de la capacidad de liderazgo o la facilidad para la persuasión, en muchos casos. Que mantengan todos el rumbo en la misma dirección cuando están gobernando o cuando las elecciones les resultan favorables, no tiene mayor mérito. Es cuando el viento sopla en contra cuando se mide la fortaleza de los partidos en cuestión.

Y en el caso del partido de Rosa Díez, al primer revés electoral, a parte de la tripulación le ha dado por huir a la bodega sin atreverse a lanzarse al mar abandonando su escaño. Con la petición de su dimisión por parte de algunos de sus compañeros de dirección, su liderazgo está ya cuestionado, por mucho que haya logrado un apoyo del 67% en el Consejo político. Porque se ha aferrado al cargo. Sin querer dimitir. Como dimitió Adolfo Suárez la misma noche electoral de los comicios municipales de 1991, cuando el CDS sólo obtuvo 731.331 votos.

Pero el liderazgo de Rosa Díez no es el único que ha quedado cuestionado. Porque Irene Lozano, criticando ahora cuestiones que nunca antes había formulado, queda en el lugar más destacado del club de los ingratos y desleales. Todavía su nombre se asocia a la purga que sufrió Sosa Wagner por atreverse a criticar la falta de democracia interna y por proponer una convergencia con Ciudadanos. Su artículo, que contenía un cúmulo de descréditos hacia la persona de su compañero eurodiputado, podría circular como uno de los manuales de las escuelas de formación estalinista. Pero ahora, con el aplazamiento de sus problemas hasta después de las elecciones municipales y autonómicas, hasta los más incondicionales dudan de su posibilidad de movilizar el voto porque los electores suelen huir de los problemas internos de los partidos.

UPyD ha tenido el mérito de ser el adalid de la lucha contra la corrupción (del PSOE no se puede decir lo mismo porque tiene lo suyo en Andalucía) pero no ha sido recompensado en las urnas. Su denuncia en el ‘caso Bankia’, en su salida a Bolsa y con las preferentes, figurará con oropel en su expediente político. Pero ya hemos visto que no existe un comportamiento lineal en las urnas frente a la corrupción. Ha habido voto de castigo para el PP pero no para el PSOE, aunque estos fraudes preocupen cada vez más a los ciudadanos. Al menos eso dicen en las encuestas. Incluso en Euskadi.

En el último Sociómetro, la corrupción va ganando puestos en la ‘pole’ vasca, con un 49% de ciudadanos que la sitúan como uno de los tres problemas que más les preocupan. No por casualidad es Álava donde se registra el mayor porcentaje de preocupados. Un territorio en donde el ‘caso de Miguel’ ha puesto al descubierto, salvada la presunción de inocencia, una trama de comisiones ilegales dirigidas por desalmados que estuvieron vinculados al PNV. Pero de la preocupación a la votación, como ya hemos visto en Andalucía, va un trecho.

En los grandes partidos se suelen aguantar mejor los grandes temporales en forma de reveses electorales. En el PP, ni Bárcenas en particular, ni la Gürtel en general, han provocado fisuras entre sus dirigentes. Más bien al contrario, Esperanza Aguirre, que presumía de «verso suelto», se ha tomado con la intensidad que otros de sus compañeros no saben utilizar, su campaña a la Alcaldía de la capital. En el PSOE, más de lo mismo. Una vez ‘fulminado’ Tomás Gómez, con el dedo de Pedro Sánchez y su ejecutiva, el éxito electoral en Andalucía les permite maquillar las diferencias notables que mantiene Susana Díaz con Pedro Sánchez. En CiU han tenido que renegar de Pujol, una vez que ha quedado destapado que el ‘ladrón’ no era España sino que lo tenían en su propia casa.


Y en Euskadi juegan dos nuevos partidos en las próximas elecciones. Ciudadanos, que ya ha dicho que quiere ocupar el hueco de UPyD, y Podemos, que se va sacudiendo el polvo de la independencia. Y el PNV, impasible. Como una sola estatua. Desde que se fue Josu Jon Imaz, que, por cierto, fue leal hasta su último minuto de su militancia en el partido, Urkullu mantiene su rumbo sin turbulencias. Con el ‘caso de Miguel’, ‘Hiriko’, ‘Epsilon’, y lo que haga falta. Incluso cuando estuvieron durante una legislatura fuera de Ajuria Enea, tuvieron la habilidad de saber que su adversario, siempre, está fuera.

lunes, 15 de diciembre de 2014

C’s, UPyD donde está la coherencia de sus dirigentes



Entendemos que las leyes, normas y reglamentos se deben cumplir y primero por sus responsables. Un ejemplo al que seguimos estupefactos es el comportamiento de dirigentes de la Generalitat, incumpliendo resoluciones y vulnerando la legalidad.

La cosa está clara si hablamos de la Constitución y de las leyes que emanan de las Cortes, etc. ¿Pero si hablamos de normas más cercanas, como los acuerdos y normas de una organización que se han dado y han asumido sus integrantes?

Las personas, en grado de dirigente, que incumplen las normas se las puede adjetivar de desleales. Pero el cinismo* se manifiesta nítidamente, cuando acusan de autoritarios, como adjetivo más suave, a sus compañeros dirigentes en el ejercicio de sus funciones cuando tratan de defender los acuerdos y las normas de la organización.  Y que decir cuando la deslealtad se muestra más evidente asistiendo a actos de otra organización hostil a la propia, la cual pide abiertamente la desafección de los que nominalmente son los tuyos.

Conviene destacar que un cargo político elegido por los ciudadanos no está sujeto a mandato imperativo y no sería legal ni legítimo sancionarlo. Pero en lo que estaremos de acuerdo, mas fácilmente, es que el portavoz de un grupo sea, elegido democráticamente, y por coherencia será el que represente los acuerdos aprobados mayoritariamente, y no el que vote en contra de ellos.

Debo recordar que Sosa Wagner y Maura han votado en el Parlamento Europeo en contra de la opinión del grupo y no han sido sancionado por ello, y así debe ser. Asistir a actos de otra organización, ahora con actitudes hostiles, es otro cantar.

Es importante también saber que en UPyD se entra de manera individual y sin cargos electos. Ciudadano, seguramente excepto en Cataluña, es en la práctica una confederación de partidos localistas llevado a cabo entre las direcciones, con los cargos electos incluidos.


*DRAE cinismo. (Del lat. cynismus, y este del gr. κυνισμός). 1. m. Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. 2. m. Impudencia, obscenidad descarada.

Sancho Quijano.