viernes, 12 de julio de 2013

Articulo 2Indignado o asustado2 de Joseba Arregui


  

Indignado o asustado


JOSEBA ARREGI e EL MUNDO 10/07/13

      La crisis que afecta a España, que comenzó siendo una crisis económico-financiera y ha llegado a ser una crisis de las instituciones políticas, es lo más parecido que puede haber a una crisis sistémica, a una crisis en la que el sistema en su conjunto muestra todas sus debilidades. Esta crisis comenzó produciendo indignados, pero puede acabar, y ojalá así sea, produciendo asustados.

     Si hubiera que establecer una diferencia entre los indignados y los asustados ésta sería la siguiente: el indignado, siendo parte del sistema, no cree que él tenga responsabilidad alguna en la crisis y culpa a otros, especialmente los políticos y los banqueros, de la crisis que le afecta. El asustado, sin embargo, termina viendo que la crisis es del conjunto del sistema, que él no escapa de la responsabilidad, pues es parte del sistema y no puede aperarse de él, y por eso está asustado, porque ve que la salida no es fácil, pues si bien es necesario nombrar individualmente y grupalmente a los responsables más directos de la crisis, no cree que con ello termine la labor de depuración, sino que cree que ésta debe alcanzar a todos los ciudadanos.
Lo más llamativo de la crisis española es que, aun afirmando que es una crisis que afecta al conjunto del sistema, quienes opinan en público sobre ella lo hacen colocándose a sí mismos fuera del sistema, como si no estuvieran afectados por los problemas que aquejan al sistema, y fijan su atención en otros actores para cargar sobre ellos toda la responsabilidad. O al menos la más importante y la más grave.

     Parece que existe cierto consenso en afirmar que la crisis, en sus aspectos económico-financieros, está en relación con la burbuja inmobiliaria y constructiva: España, con algo más de 40 millones de habitantes, estaba construyendo entre 700.000 y 800.000 viviendas anuales, mientras que la Gran Bretaña por ejemplo, y en los mismos años, construía alrededor de 250.000 viviendas con más de 60 millones de habitantes. Y eso sucedía año va y año viene. Eran los tiempos en los que el número de trabajadores se acercó, e incluso llegó, a los 20 millones. Pero incluían a, con permiso, trabajadores burbuja, que cobraban sueldos burbuja, que pagaban IRPFs burbuja, IVAs burbuja, lo cual permitía presupuestos burbuja con poco o ningún déficit.
Las Cajas de Ahorro y los bancos ofrecían créditos por más del valor del piso hipotecado, pero los compradores creían que se lo podían permitir, puesto que el bajo coste del dinero y la inflación hacían razonable, o eso creían, endeudarse por encima de lo que sus sueldos permitían hacerlo. Las Cajas de Ahorro se lanzaron a capitalizarse emitiendo y colocando preferentes, y muchos ciudadanos vieron la forma de acceso a una rentabilidad que de otra manera el dinero barato no ofrecía. Muchas firmas crecieron apalancadas por la misma razón: el dinero barato.

     Pero el dinero era barato hasta que se encareció, aunque fuera por distintas razones, la principal el monto que la deuda española adquirió en su conjunto, la pública y la privada, y la desconfianza que surgía sobre la capacidad de devolución de tan alta deuda. Y empezaron los problemas. Y empezó la búsqueda de culpables: los políticos y los banqueros, más algunas instituciones, gobiernos y políticos extranjeros. Pero nadie que no perteneciera a esos grupos tenía nada que reprocharse a sí mismo.

    Es cierto: los políticos dejan mucho que desear. Pero también los profesores de universidad. También los demás profesionales de la enseñanza. Trabajamos menos, pero costamos tanto o más que la media europea. Pero la culpa es del ministro de turno. Queremos una economía basada en el conocimiento, pero no queremos que las becas tengan nada que ver con la disposición y la capacidad de adquirirlo.

     Y los periodistas creen también estar fuera del sistema, y desde ese exterior poder ser los más críticos con los responsables de la economía y desde luego con los políticos, cuando a uno se le cae la cara de vergüenza escuchando a muchos tertulianos y leyendo muchas cosas que se escriben, en asuntos que se refieren a España y en cuestiones que se refieren a otros países europeos: la ignorancia y la desfachatez campan por sus respetos. No se hace ningún esfuerzo por diferenciar entre lo penalmente imputable y lo que puede ser criticado desde la responsabilidad política. Bien es cierto que los políticos son los que han introducido esa maldita costumbre de no asumir ninguna responsabilidad hasta no ser imputados o hasta que se abra juicio oral, confundiendo fatídicamente responsabilidad política y responsabilidad penal. Pero los periodistas les siguen en la misma confusión.

    La izquierda culpa a la derecha, la derecha a la izquierda, y ambas al Gobierno. Y todos dan la sensación de que no quieren que las medidas que adopta el Gobierno, por supuesto criticables cuando hay argumentos, den fruto alguno, pues se les acaba la bicoca de poder echar la culpa a alguien. Pero pudiera suceder que realmente se esté saliendo de la crisis pero no hayamos arreglado nada de lo que la crisis nos había dado la oportunidad de acometer: una transformación del sistema, enfermo por el dinero fácil, por el rápido enriquecimiento, por creernos más ricos de lo que éramos y de que nos podíamos permitir lo que sólo era posible gracias a la burbuja.

    Hemos caído en el desprecio del trabajo, de la austeridad, de la meritocracia, en la fe en igualdades por abajo, en la destrucción de cualquier sistema de calidad, de elitismo –¿alguien habrá leído en este país a Ortega y Gasset y su Rebelión de las masas?–, hemos destrozado la cultura televisiva, vivimos de quitar la piel a los demás, porque al parecer es lo único que vende. Alguien ha hablado de falta de autoridad intelectual, pero ¿como va a haber autoridad intelectual si la aplicación del plan de Bolonia a la Universidad española es una de las mayores estafas que se está haciendo a la sociedad española porque los rectores sólo han defendido los intereses corporativos de los profesores?

     PERO LO más grave es que nadie habla de esto, ni se atreve a decir que tenemos ciertamente a la juventud con más títulos de la historia, pero desde luego no necesariamente la mejor formada, que salir a trabajar al extranjero no es ningún desdoro, ni deshonra alguna, sino enriquecimiento para el futuro personal y de la sociedad en su conjunto. Hemos formado lo que la sociedad no necesitaba, más de los que necesitaba, y probablemente faltan los que realmente necesita. Y en ello hemos participado todos: quienes han planificado desde la política, los empresarios que tampoco son dados a decir lo que creen y saben que es la verdad desde su perspectiva, ni los ciudadanos que nos hemos creído lo que sólo era una burbuja.
Ni se va a reformar en serio la estructura del poder territorial en España, porque a unos el mentar la palabra federalismo les produce urticaria sin saber realmente en qué consiste el federalismo –una mejor unión, que decían los federalistas americanos–, otros porque utilizan el federalismo para esconder cualquier otra cosa, cualquier tipo de asimetría o la confederación que es la destrucción del estado para algo imposible, aplacar a los nacionalismos. Las primarias en los partidos se venden como recetas milagrosas, cuando en EEUU, junto con el gerrymandering de los distritos electorales, son las culpables de la radicalización divisiva de la política americana. Se habla de listas abiertas, sin tener en cuenta que, en Brasil por ejemplo, han conducido a la etnificación. Política y corrupción dineraria van de la mano en la opinión pública creada por los medios, pero la peor corrupción es la de no pensar para no decir cosas inconvenientes y no perder la oportunidad de seguir siendo colocado en algún puesto, para seguir no pensando, ni criticando nada.

     El liberalismo se ha convertido en dos dogmas: bajar los impuestos y recentralizar las competencias. El socialismo se ha convertido en no exigir nada a nadie, más que a los más ricos, pues quitándoles a ellos se arregla todo, hasta que los que no saben sepan, y los que no pueden puedan, lo que sea. Y la democracia se ha convertido en escuchar a la calle, no en estudiar, no en profundizar en los temas, no en desarrollar espíritu crítico. No. Como decía un profesor que conocí: para resolver los problemas de la industria no hace falta saber economía, sólo es necesario ir de chiquitos. Y nos quedamos tan anchos.

    La crisis económico-financiera pasará, pero no estoy nada seguro de que vuelva a presentársenos una nueva oportunidad para hacer lo que hemos dejado de hacer esta vez.

miércoles, 19 de junio de 2013

Nacionalismos miméticos artículo de Joseba Arregui



EL MUNDO 19/06/13
JOSEBA ARREGI
Desde que a partir de mediados del siglo XIX se puso de moda el nacionalismo de los pueblos que no habían alcanzado la situación política de Estado, el carácter mimético del nacionalismo ha quedado de manifiesto: los pueblos o naciones sin estado quieren alcanzar el nivel político estatal de los pueblos que sí lo han conseguido. Si Cánovas impulsa la configuración de España como estado nacional sobre la base de una única y exclusiva lealtad, Sabino Arana le replica proclamando la lealtad exclusiva de los vascos a la nación vasca.

En el caso español, el mimetismo ha corrido a cargo de los nacionalismos periféricos. La Constitución de 1978 trató de encontrarles acomodo en el sistema constitucional, pero la historia posterior está poniendo de manifiesto que éstos no renuncian a conseguir lo mismo que la nación española, un estado propio. El problema de esta dinámica radica en que lo que proclaman los nacionalismos periféricos de España, su plurinacionalidad, es una realidad mucho más propia de sus sociedades que de España en su conjunto.

Pero las reclamaciones de los nacionalismos periféricos han terminado cansando a la sociedad española, máxime en estos momentos de profunda crisis económico financiera que exige, por encima de todo, solidaridad y trabajo en pos del bien común: no se entiende el recurso permanente al agravio comparativo, la búsqueda del beneficio particular sin tener en cuenta al conjunto. Hay un gran hastío.

Aquí aparece también el problema del mimetismo de los nacionalismos, pero a la inversa: puede surgir la tentación de defender un nacionalismo español para hacer frente a los nacionalismos periféricos que no cejan en su empeño, aunque sean incapaces de dar cuenta del pluralismo intrínseco de sus sociedades. Empieza a haber señales que, directa o indirectamente, apuntan a un nacionalismo español de respuesta. Las propuestas de recentralización de competencias, la puesta en cuestión, abierta o solapada, del Estado de las autonomías, bajo la capa de la necesidad de recortar el aparato administrativo, el recurso a la necesidad de reforzar el Estado, confundiendo en general al Estado con la Administración central, la necesidad de un marco único para la actuación económica: todo ello puede ser razonable y discutible. Lo que es peligroso es querer superar el cansancio y el hastío, comprensibles, con los nacionalismos periféricos acudiendo a un nacionalismo de respuesta. Para evitarlo es necesario clarificar el significado de dos términos políticos que empiezan a ser usados prolíficamente: nación y liberal.

Ambos términos aparecen en la historia de la mano: es el liberalismo político el que inventa la nación política. E inventa la nación política antes de que el romanticismo invente la nación etnocultural y de que Fichte reclame un estado para cada nación etnocultural. La nación política es la constituida por ciudadanos. Los ciudadanos son sujetos políticos constituidos por sus derechos individuales, por su derecho a la libertad de conciencia sobre todo, y a partir de ese derecho a la libertad de conciencia, su derecho al resto de libertades políticas. La nación del liberalismo es primero y sobre todo una nación política, y sólo de forma secundaria y circunstancial una nación lingüística o cultural. Es más: las primeras naciones proclamadas por la revolución liberal no se ajustaban a los límites geográficos de las naciones etnoculturales. Por eso eran sobre todo políticas: asociaciones voluntarias de individuos soberanos.

El liberalismo es, pues, revolucionario, porque en el esfuerzo por superar el antiguo régimen y la monarquía absoluta instituye la figura del ciudadano que, asociándose voluntariamente a otros ciudadanos soberanos, conforman la nación política. Ésta ya no está constituida por los estamentos, ni por la religión obligatoria, ni encarnada en la figura del monarca absoluto. Desde esta perspectiva la nación política es sinónimo de Estado de derecho, porque es el imperio del derecho el eje en el que se constituye el ciudadano sujeto de derechos y libertades, y con él la nación política.

Cuando en el contexto de la crisis económico financiera que nos afecta tan seriamente se afirma que se trata también de una crisis política que afecta al Estado como conjunto, que afecta a la nación, es preciso preguntar siempre a qué nación se refieren, a qué estado se refieren quienes así hablan. No es cuestión de negar que las comunidades autónomas han producido un exceso de institucionalización, de burocracia y de complejidad. Pero también han contribuido a una mayor libertad de los ciudadanos. También el Gobierno central ha sufrido un crecimiento desmesurado mientras se desarrollaban las autonomías. También estados totalmente centralizados tienen problemas de exceso de burocracia, de exceso de institucionalización, de elefantiasis organizativa.
El liberalismo clásico es, sobre todo, una doctrina política antes que una doctrina económica. El llamado neoliberalismo poco tiene que ver con el liberalismo revolucionario que creó la nación política. Y como escribe Tony Judt fue Beveridge, un liberal británico, quien redactó las propuestas reformistas que los laboristas llevaron a cabo, y el Estado del bienestar, el modelo europeo, fue creado sobre todo, en opinión del mismo historiador, por la cristianodemoracia, y no por el socialismo. Y lo dice alguien que se afirma socialdemócrata.

Hay quien cree que hemos llegado a donde estamos sólo en los últimos años, pero no es verdad. La situación actual es, en el aspecto político, fruto de lo que tanto se ha alabado de la Constitución española: no haber definido desde el inicio el modelo final. Esa apertura, con todo el valor positivo que posee, ha sido nuestra desgracia, pues no ha habido dirigentes políticos con altura de miras suficiente para saber que había que ir cerrándolo. Los nacionalismos periféricos tienen una buena parte de responsabilidad. Pero casi todos los gobiernos centrales han sido condescendientes con los nacionalismos periféricos cuando les han interesado sus votos para fortalecer su posición en el Parlamento español. Y todos han cometido graves errores en este aspecto.
Hoy podemos encontrar muchas referencias a las clases medias, a las que les están saliendo muchos salvadores. Es cierto que sin clases medias es difícil el desarrollo de una cultura democrática. Pero alguien debiera estudiar la historia para ver qué ha sucedido cuando se ha manipulado la referencia a las clases medias, en especial en épocas en las que éstas estaban debilitadas.


domingo, 16 de junio de 2013

Messi somos todos ¿iguales o diferentes?

Este articulo de J.M.Soroa no tiene desperdício

Messi somos todos

EL CORREO 16/06/13
J. M. RUIZ SOROA

           Andaba Messi un poco cabreado estos días a cuenta de la facilona y populista querella que ha registrado en su contra la Fiscalía, acusándole de no pagar todos los impuestos que le corresponden en función de sus ganancias, así como de haber montado un tinglado societario para que este impago sea legal. ¿Y por qué tengo yo que pagar esa millonada de impuestos que pretende el fisco español?, pensaba. ¿Es que no es suficiente con todo lo que ya pago en mi IRPF, que equivale seguramente a lo que pagan en conjunto muchos miles de españoles? ¿Por qué no tienen en cuenta mi singularidad, es decir, que soy el mejor jugador del mundo y que para los españoles es un lujo verme jugar en su liga? ¿Por qué tengo yo que sostener con mis impuestos a miles de parados y desocupados, o pagar la enseñanza y la sanidad de los andaluces –por ejemplo– cuando ellos no dan palo al agua y yo me mato a entrenar? Una cosa, reflexionaba Messi, es la justicia fiscal y otra es la uniformidad tributaria: el fisco no puede ignorar mi especifidad como caso único, mi historia desde pequeñito como crack futbolístico. Me he ganado a pulso un trato especial porque yo no soy como los demás, tengo méritos que nadie tiene. Y si no, que jueguen ellos al fútbol y verán lo que se divierten.
Messi se calla en público, sin embargo, porque sus asesores legales y de imagen le han convencido de que ese tipo de discurso –tan de sentido común– no es popular en estos tiempos que corren. No está bien visto reclamar un trato privilegiado fiscal sólo porque uno es una estrella del fútbol con mejor gambeteo que los demás. Se hace, sí, faltaba más, pero uno no lo proclama con la cabeza alta sino que lo camufla con toda la ingeniería fiscal que pueda.

             Bueno, pues resulta que por aquí vivimos un par de millones de Messi que llevamos más de un siglo practicando esa misma filosofía: los vascos y navarros. Nosotros nos quedamos con nuestro producto y nuestras ganancias, que es mucho y substancioso porque somos muy listos y hacendosos, y nos negamos de raíz a contribuir a las necesidades de los españoles de otras regiones pobretonas. Sus necesidades, su enseñanza, su sanidad y sus autovías que se las paguen ellos –si pueden– y si no que se aguanten. O que se las paguen otros jugadores ricos que no han sabido montárselo a tiempo, como los catalanes, madrileños, baleares o valencianos, que fueron tan tontos de tragar un sistema fiscal igualitarista. El mundo se divide en tontos y listos históricos desde siempre. Nosotros hemos sido siempre más listos que ellos y hemos sabido montárnoslo desde el régimen antiguo: es una ingeniería simple, pero eficaz: se lama concierto, convenio y cupo. Y la historia no puede corregirse, faltaba más.

          La diferencia con Messi no es lo que hacemos, en absoluto, sino lo que decimos. Messi se calla su elitismo fiscal porque los tiempos no están para aguantar a ricos insolidarios que presumen de gambeteros excelsos. En cambio, los gerentes de ‘Euskadi Sociedad Anónima’ y ‘Navarra Sociedad Anónima’ reacionan en público con orgullo y desprecio cuauando a un patán populista (además socialistlista, fíjense) se le ocurre ponernos una querella ante la opinión pública. ¡Será idiota el tío! ¿Es que no sabe que nosotros tenemos el privilegio ancestral de no pagar desde la noche de los tiempos, antes de que Dios fuera Dios y el mundo fuera mundo? ¿Es que no sabe que nos lo merecemos, y más, por la razón evidente de que somos vascos o navarros? ¿Es que pretende implantar una política tan absurda como la de que todos contribuyan por igual a las cargas de todos? ¡Socialista tenía que ser este gilipollas! ¿Cómo vamos a pagar lolo mismo los vascos y los catalanes, cuando hasta el más ciego se da cuenta de que no somos iguales que los demás españoles? Entérese, Sr. Navarro (que parece mentira su nombre), usted es catalán, nosotros somos vascos o navarros. ¿No se da cuenta de la diferencia abismal de identidad que hay entre nosotros? ¿Y no se da cuenta de que la identidad justifica el privilegio?

           Pase que ustedes pidan la independencia. Allá ustedes si quieren dejar de ser españoles. Pero si se quedan en el equipo nacional, ni se les ocurra pensar que todos somos iguales en ese equipo. Unos somos Messi –y eso conllevava un trato especial– y los demás sois morralla igualitarista, unos trotones del campo que bastante suerte tenéis con contarnos en el equipo. ¡Pues sólo faltaba que encima de quedarnos en este equipo de matados tuviéramos que contribuir a vuestras necesidades, y ayudaros a pagar la enseñanza de vuestros hijos o la sanidad de vuestros enfermos! La identidad está antes de la igualdad, eso lo sabe hasta el más bobo en esta sociedad nuestra.

          Además, para que se entere, hasta la Constitución actual recoge el privilegio de vascos y navarros, lo cual es un argumento inapelable. Lo conseguimos en su día con nuestro trabajo callado, mientras que ustedes los catalanes se reían de nosotros y decían que el sistema de concierto no era moderno ni eficaz. Nosotros nos callamos, pusimos unos cuantos muertos en la mesa y convencimos a los españoles de que si nos daban el concierto los muertos se acababan volando. ¿Capta la táctica? Y así fue. Nos lo dieron, y en cuarenta años se acabaron los muertos. Así que a aguantarse y a respetar la regla fundamental: Santa Rita, lo que se da no se quita. ¡So borrego!

jueves, 30 de mayo de 2013

Inflación ética FERNANDO SAVATER El País


" En una sociedad abierta y pluralista, por tanto laica y no sometida a rigideces teocráticas, las leyes no deben pretender zanjar las divergencias morales de los ciudadanos, sino crear un ámbito en el que puedan convivir todas sin humillación de nadie."

Inflación ética
FERNANDO SAVATER  El País

De antaño sabemos que una de las causas más frecuentes de muerte para corrientes ideológicas o movimientos políticos es el éxito. Tal es el caso de la ética, que a fuerza de tanto triunfo actual está ya en la UVI y con respiración asistida. La ética parece ser la bella desconocida que a todos conquistaría si llegase a tiempo al baile, la coraza que resguarda a cuantos avanzan justicieros contra el dragón de la realidad, la pócima de Fierabrás que todo lo cura pero que se dispensa, ay, en redomas demasiado pequeñas. Porque precisamente en eso consiste el encanto de dar mandobles éticos, un arma que siempre es crítica y casi nunca autocrítica. Entre varias más académicas, la única definición consagrada por el uso y la convicción de todos dice así: ética es lo que les falta a los demás. ¿Cómo resistirse a su encanto?
La ética sirve hoy para tapar todos los huecos, administrativos o teóricos. Por ejemplo, en el proyecto de reforma educativa promovida por el ministro Wert, se la utiliza con el nombre de “valores éticos” como alternativa y coartada para justificar la inclusión del catecismo como asignatura puntuable de primera magnitud. Algo así como obligar a quien no cree en los horóscopos a dedicarse a los crucigramas... Pero también tropezamos con el fulgor de la ética como remedio de los males de la economía o la política. En este caso, es más bien como si se recomendase apagar los incendios forestales con un hisopo de agua bendita. Parece darse por hecho que todos los valores, por serlo, tienen que pertenecer a la moral, mientras que el resto de las interacciones humanas se mueven por intereses y estos sirven solo para enfrentar a los humanos, nunca para unirlos. O sea que la ética baja del cielo y todo lo demás bulle desde el cieno: mal asunto, porque el lado de los ángeles es el que queda bien, pero después siempre gana el barro.
No hay nada peor para los valores que convertirlos todos en moneda ética. ¿Acaso solo pueden ser principios morales los que aconsejen acabar con los paraísos fiscales, como si no hubiese razones económicas para obstaculizar los fraudes y la evasión de impuestos? ¿No pueden encontrarse en la economía misma intereses sociales que desaconsejen la tolerancia con los depredadores? ¿No hay en la política razones para tener por bueno a quien busca según sus luces el acuerdo con otros y el bien común, no su mero lucro privado? ¿Se remediarán nuestros males exigiendo a los políticos comportamientos morales y no rectitud política? En Euskadi, con un terrorismo puesto casi fuera de combate por quienes se enfrentaron sin eufemismos ni atajos ilegales con él, buscan ahora por medio de una ponencia de paz parlamentaria un “suelo ético” sobre el que convivir, como si la Constitución y el Estatuto que hemos defendido con tanto esfuerzo contra ETA y servicios auxiliares no brindasen valores suficientes para organizar una comunidad democrática que no excluye a quienes una vez lucharon contra ella aunque sin ceder ante los que siguen tratando de subvertirla por otros medios.
Pero es que además la ética, en cuanto reflexión que busca la excelencia personal (puesto que cada cual solo se conoce a sí mismo como sujeto de la intención, buena o mala), puede entrar en ocasiones en conflicto con las exigencias públicas de ciertos roles sociales. Si por ejemplo un multimillonario (pongan ustedes el nombre que prefieran en la línea de puntos) siente un retortijón íntimo de conciencia y decide repartir toda su fortuna entre los más necesitados, es muy probable que encuentre argumentos morales para justificarse. Pero si ese mismo escrúpulo aqueja al ministro de Economía de un país respecto al erario público, lo mejor que puede hacer es renunciar a su cargo para no seguir un impulso que va contra otros valores prudenciales tan perfectamente respetables como los éticos que conmueven su corazón. Porque no solo se nos puede exigir una moral de principios, sino también otros principios derivados de la responsabilidad, como señaló en su día Max Weber. A quien quiera aprender en vivo la diferencia entre ambas cosas le recomiendo Lincoln, de Spielberg, que cuenta cómo el hombre más puro de Estados Unidos revocó la historia para la libertad por medio de la corrupción.
En una sociedad abierta y pluralista, por tanto laica y no sometida a rigideces teocráticas, las leyes no deben pretender zanjar las divergencias morales de los ciudadanos, sino crear un ámbito en el que puedan convivir todas sin humillación de nadie. O sea, lo contrario de lo que ocurrió cuando el Parlamento catalán prohibió las corridas de toros, convirtiendo en obligatoria la opción moral de una parte de la ciudadanía contra la de los demás. Algunos que en su día apoyaron esa ley han descubierto ahora, con motivo de la posible modificación de la ley sobre la interrupción del embarazo, las virtudes de respetar la decisión personal y no imponer una ética única a toda la población. Bienvenidos a la tolerancia… o al menos a la cordura legal. En el tema del aborto, las perplejidades éticas son inevitables y deberían ser celebradas como una muestra del desarrollo de la conciencia que aquilata los valores vitales, no como un atraso. Solo un idiota moral —que los hay— afronta esa situación con la misma despreocupación que quien se extirpa un lobanillo. Pero ninguna legislación puede zanjar tales escrúpulos: si es discreta, se conformará con impedir que se vean agravados por persecuciones penales y una clandestinidad anti-higiénica.
El supuesto de aborto lícito en el caso de una malformación grave del feto presenta precisamente el ejemplo de un auténtico dilema moral contemporáneo. Antes no hubiera existido, porque no teníamos la tecnología adecuada para detectar tales casos: la cuestión la resolvía en ciertas culturas tras el nacimiento el infanticidio (que no es lo mismo que un “feticidio”) o la resignación ante lo que nos manda la naturaleza o Dios. La ética no cambia radicalmente con los tiempos, pero como trata de la valoración de nuestras acciones evoluciona según se amplían las capacidades humanas. Hoy podemos decidir con información suficiente antes del nacimiento, en las primeras etapas del embarazo, y el verdadero problema moral ahora no es si se tiene derecho a abortar en caso de graves malformaciones sino si, conociéndolas, se tiene derecho a dar a luz. La norma legal debe señalar el marco razonable de ese íntimo debate, sin aspirar a tener nunca la última palabra.
En cuanto reflexión sobre nuestros fines vitales, la ética puede considerarse el telón de fondo de acciones e instituciones. Se ocupa de cómo lo humano debe reconocer y tratar diferenciadamente a lo humano, o sea que siempre es “especieísta” —contra lo que creen animalistas varios— pero naturalmente racional, contra lo que piden los teólogos. Aunque desde luego no agota todos los campos de valoración ni reduce los retos de nuestra interacción a una simplicidad binaria o maniquea.

domingo, 12 de mayo de 2013

Una persona que construye puentes




Nicolás Redondo Terreros
NICOLÁS REDONDO TERREROS, EL ECONOMISTA 11/05/2013

· Los denominadores comunes son lo que cimentan la convivencia democrática.
· La gravedad de las consecuencias de la crisis hacen necesarios grandes acuerdos.

Nos encontramos con una inflación del alcance de las palabras, que pierden su significado clásico, natural, ortodoxo, convirtiendo el espacio público español en una especie de Torre de Babel en la que nadie se entiende y en la que se pierde toda la responsabilidad individual y comunitaria. Así, los acosados ilegalmente por una muchedumbre envestida de causas nobles pero desposeída de la razón, en la que la individualidad de sus componentes se pierde o termina angostada, no se conforman con denunciar la acción delictiva, van más allá y comparan el hecho con las atrocidades realizadas por los nazis, que escribieron una de las páginas más dramáticas de la historia de la humanidad; los defensores de la naturaleza por su parte no se conforman con denunciar los delitos medioambientales sino que relacionan estos delitos con el terrorismo, y algunos de los afectados por los lamentables accidentes de tráfico, enervados por el dolor causado, cometen la misma equivocación, creyendo que de esta forma pueden conseguir que la importancia de las causas que denuncian adquiera su relevancia real. Todos aumentamos el calificativo, unos para conseguir legítimamente atención, otros para recibir el aplauso inconsciente del público y los de más allá para hacerse querer por su audiencia.

Así, los acosados ilegalmente por una muchedumbre envestida de causas nobles pero desposeída de la razón, en la que la individualidad de sus componentes se pierde o termina angostada, no se conforman con denunciar la acción delictiva, van más allá y comparan el hecho con las atrocidades realizadas por los nazis, que escribieron una de las páginas más dramáticas de la historia de la humanidad; los defensores de la naturaleza por su parte no se conforman con denunciar los delitos medioambientales sino que relacionan estos delitos con el terrorismo, y algunos de los afectados por los lamentables accidentes de tráfico, enervados por el dolor causado, cometen la misma equivocación, creyendo que de esta forma pueden conseguir que la importancia de las causas que denuncian adquiera su relevancia real. Todos aumentamos el calificativo, unos para conseguir legítimamente atención, otros para recibir el aplauso inconsciente del público y los de más allá para hacerse querer por su audiencia.

En este ambiente inflacionario y ante la gravedad de las consecuencias de la crisis, aparece con fuerza la reclamación de grandes acuerdos. No hay nadie hoy que no tenga en la boca la necesidad de consensos generales, de grandes acuerdos y no seré yo, que junto a otros pocos he defendido en soledad durante mucho tiempo su necesidad imperiosa para España, quien se entristezca cuando le dan la razón. Pero la matización y el complemento se hacen inevitables.

Desde hace más de una década vengo defendiendo que los españoles necesitamos fortalecer los denominadores comunes en los que se basa nuestra convivencia, y no he mantenido esta posición impulsado por un buenismo deshuesado, amorfo, con el que quedar bien con una gran parte de la sociedad española. Mi posición ha sido y es el producto de una observación que he hecho pública frecuentemente: los denominadores comunes en los que se cimienta la convivencia democrática de los países de nuestro entorno se han basado en la destilación, en ocasiones pacífica, en ocasiones violenta, de su historia, unos glorificando su pasado relevante, otros dispuestos a dar la espalda a un tiempo más o menos pretérito pero ampliamente compartido; nuestros consensos generales, sin embargo, han sido el producto, en cierta medida “artificial”, de nuestra voluntad, expresada por la sociedad española en los años setenta del siglo pasado.

Los de ellos, los de nuestros vecinos, no se doblegan ante la adversidad, el tiempo los ha fortalecido, se han convertido en tradiciones, que dan tranquilidad y seguridad a los ciudadanos de los países referidos -desde luego ha sido así durante los últimos cien años, siendo cierto que la incertidumbre provocada por la globalización y el haber dejado de ser los sujetos centrales de la historia han sido causas desestabilizadoras de estos consensos básicos en algunos países europeos-.

En España todo es discutible

Los nuestros, los denominadores comunes españoles, son frágiles, quebradizos, no hemos tenido tiempo suficiente para consolidarlos, para convertirlos en indiscutibles, en tan sólidos como las costumbres. En España todo es discutible y negociable, desde la forma del Estado hasta la integridad territorial, sin percatarnos de que la rica policromía democrática se gobierna aceptando que los límites son imprescindibles para salvaguardar la libertad.

No dudaré de la buena fe de algunos de los proponentes, aunque otros simplemente se orienten por un oportunismo, comprobado fehacientemente cuando tuvieron la posibilidad de lograr consensos y renunciaron a ellos expresamente, realizando políticas partidarias o proponiendo discursos sectarios, pero la propuesta de acuerdo es insuficiente. Son necesarios los consensos para enfrentar las causas y las consecuencias de la crisis, pero es más imprescindible que previamente haya un acuerdo para fortalecer la legitimidad de las instituciones, para evitar el fracaso de la educación de la que depende nuestro futuro, para adaptar la administración pública a nuestras capacidades -lo permanente, la dimensión del Estado no puede depender de algo coyuntural como debe ser el déficit-.

No sería un exceso rechazable que los dos grandes partidos nos tranquilizaran sobre el futuro de Cataluña, sin choque de trenes, sin embestidas irracionales, pero con la contundencia que requiere el problema. Así seguiríamos los pasos de la Transición, a los tan esgrimidos “Pactos de la Moncloa” les precedió un gran acuerdo político: la Constitución.

Sin la necesidad de periodos constituyentes, pero con la urgencia que requiere la deteriorada situación pública, me hubiera gustado que el líder de la oposición hiciera bandera de un acuerdo más amplio.

Nicolás Redondo Terreros, presidente de la Fundación para la Libertad.

NICOLÁS REDONDO TERREROS, EL ECONOMISTA 11/05/2013

argumentario en contra de los escraches



Comentario sacado del blog

Siempre habla quien no debe



Escrache “No llores niño, la colleja va en el sueldo de tu padre”


Veamos, admitamos verdades absolutas.
1) Protestar está bien, y hacer saber a tus representantes tus opiniones como votante o ciudadano es perfectamente lícito.
2) Coaccionar a representantes políticos para que cambien el sentido de sus votos bajo amenazas está mal.
No voy a entrar demasiado en el fondo de la defensa de la PAH y su ILP, entre otras cosas porque el tema de los hipotecados con embargos es muy variable, hay gente embargada que no ha caído en la indigencia, hay gente embargada condenada de por vida, hay quien no tuvo culpa de la situación y hay quien sabía (o debía saber) que jugaba con riesgo. La ILP no matiza, ni discrimina (en mi opinión) y no me convence, lo dejo claro pero no voy a entrar a esa discusión, que se vote la ILP y se discuta.
La PAH se encuentra con un “problema”, en el parlamento y en el senado hay un partido con sólidas mayorías absolutas obtenidas hace bien poco que no parece receptivo a sus planteamientos, vamos a dejar de lado que el segundo partido y anterior gobernante tampoco lo está (aunque se esfuerza en ponerse de perfil que ya ha sufrido suficiente desgaste electoral). De modo que la PAH sabe que su ILP será discutida y o descartada o modificada en profundidad, por ello pretende conseguir que un número de diputados suficiente cambie de opinión en el PP. Por ello recurre a un método popular en argentina, el escrache.
Ante el escrache hay diversas opiniones en muchos medios, pasen el rato para documentarse si no lo han hecho. Algunas son geniales, destaco esta:

Hay gente a la que le gustaría sufrir un escrache

Luego sacamos unos párrafos de Antonio Orejudo, que lo borda.
Desde luego el escrache no es terrorismo, ni ETA, y que te toquen el timbre no es el fin del mundo, creo que Gonzalez Pons y su familia superaran sobradamente este momento. Además de eso puedo incluso admitir que haya quien piense que Gonzalez Pons se lo merece (yo no lo creo, peores cosas tenemos en política).
También puedo admitir que haya quién está convencido de que la ILP tal como está propuesta podría ser necesaria y positiva. A mi me parece que la propuesta de dación en pago expulsa del mercado inmobiliario precisamente a todas aquellas personas que quieren proteger con la ley, de modo que dudo que esté bien pensada. Me temo que justo después de esto viene la exigencia de que el estado construya casas a precio asequible y financie su compra y eso me pone los pelos de punta.
Pero vayamos al escrache en si, ¿es defendible?. Algunos plantan la línea de defensa en que el PP sobrereacciona y les acusa de terroristas, acusación que yo también veo subida de tono. Pero aún así:
  1. Uno puede exigir el cambio del sentido de voto a SU diputado, es decir, si yo vote al PP y creo que se equivoca al no aprobar la ILP de la PAH puedo ir a Gonzalez Pons y exigirle que cambie, pero si yo vote a otro mi voz ya está representada. Si no tengo mayoría para aprobar algo, me jodo, es lo que tiene la democracia. Dudo que en el movimiento de escrache haya votantes del PP (puede haber alguien tan bipolar, pero no lo creo). De modo que pretenden que el diputado elegido con los votos de otro cambie de bando. Mal. Busquen afiliados del PP que les firmen las cartas, si es que los encuentran. Mientras tanto los diputados del PP están defendiendo la posición de su partido y de sus votantes.
  2.  Si una o dos personas fueran a dejarle cartas al diputado Pons, repartir panfletos y pegar carteles podríamos valorarlo diferente. ¿Por qué el grupo? Por que a uno le pueden detener y hacerle responsable de sus actos, pero entienden que a 50 personas no les pasa. Te escondes en el grupo, buscando la impunidad.
  3. Entre hacer notar tu disconformidad (manifestarse o enviar una carta al parlamento) y la intimidación física hay un gran espacio, pero hay que poner la línea de lo admisible en algún sitio, para mi esa línea no permite ir en grupos de 50 o 100 personas a manifestarse a la casa de nadie, poner carteles (encima de un diputado ampliamente conocido no tiene sentido) y subir a tocar al timbre. Si ya esto involucra en la acción a terceras personas (familiares) es ya inadmisible. Podría discutir si es admisible hacer eso en las puertas del congreso pero nunca en los domicilios. El objetivo no es incomodar, hacer notar tu opinión si no es hacerle la vida imposible a alguien y a su familia.
La justificación del escrache es similar a otras acciones como piquetes agresivos en las huelgas, ocupar/rodear/asediara el congreso o echar a gritos a manifestantes que se suman a tu causa y no te gustan. Es subir el nivel de agresividad escudandote en “algo hay que hacer porque la situación está muy mal”. Es decir que los principios están muy bien hasta que con ellos no te sales con la tuya. Es reconocer que los procedimientos, reglas y los límites solo te valen mientras te va bien con ellos.
Básicamente, es reconocer que el fin justifica los medios.
Es reconocer que no tienes el suficiente apoyo pero que puedes hacer más ruido que los demás e imponer tus posiciones gracias a tu agresividad y no a tus razones ni a la cantidad de tus votos. Es ir por una vía que nos conduce a degradar la democracia. La cantidad de ejemplos que podemos poner de salvapatrias que hicieron algo “un poco mal porque era necesario” es evidente.
Tocar un timbre no es el fin del mundo, pero eso no lo convierte en justificable. Solo puedo desear que no sirva para absolutamente nada como por fortuna parece.
Bonus.
Sobre Antonio Orejudo (@AntonioOrejudo) y si, está sacado de contexto, pero es que así se ve la barbaridad que dice:
  1. “nadie me obliga a aceptar un puesto en las listas”. Esa justificación es la misma que los que insultan al arbitro porque si no le gusta que le nombren a la madre no debía meterse a ello. Patética. Te lo has buscado tío, te has metido a político. Luego decimos que ellos desprestigian la política. Solo un chorizo admitiría un trabajo que justifica que cualquiera tenga el derecho de humillarte, gritarte o amenazarte.
  2. “si la familia de Su Señoría se beneficia de los privilegios aparejados al acta de diputado, empezando por el sueldo, no parece tan grave”. No se si calificar al que dice algo así de idiota o de miserable. En el sueldo de Pons va que le insulten a él, y se supone que a sus hijos que cargan con ello. Me imagino los editoriales de los periódicos si en los colegios la gente hiciera responsables a sus hijos de las gilipolleces que a menudo escriben sus padres para ganarse el pan. No llores niño, la colleja va en el sueldo de tu padre.

Sacado del blog de  

Santiago González.

Fue sólo un poquito

Sexmero
El juez Marcelino Sexmero Iglesias ha dictado un fallo, bendita polisemia, ordenando el archivo de las actuaciones. No había leído un auto tan ayuno de sintaxis desde Baltasar Garzón. Sería imposible hacer un fisking riguroso a toda la pieza, conformémonos con un apunte. Aquí el auto, aquí el apunte:
“El límite implícito del ejercicio de un derecho fundamental se situaría en el punto en que  en el que se limitase del ejercicio del derecho fundamental de otro de una forma irrazonable y desproporcionada.
En el caso que nos ocupa, los llamados “escraches” ante los domicilios de determinados políticos en activo, este límite suele encontrarse [¿Qué quiere decir 'suele' en asunto que carece de antecedentes, y en el que el juez no encuentra mejor palabra que la que los denunciados dan a sus acciones?] en el derecho a la libertad ideológica y al (sic) derecho a la intimidad, cuando las manifestaciones se convocan con el único propósito de ofender y descalificar una ideología o posición política concreta”.
Cita como hechos el juez Sexmero que el 5 de abril a las 18:20 horas, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría acababa de llegar a su casa, en la que se encontraban su marido y su madre, “que estaba dando la merienda al nieto de 16 meses cuando oyeron gritos fuera del inmueble como “si (sí) se puede, pero no quieren” [este eslogan debería explicar que las víctimas del escrache incurren en actitud ilegítima al no querer. De otra manera, sería un argumento para delincuentes. Sí puede, pero no quiere, diría el atracador de los cajeros de los bancos, el sillero del transeúnte a quien pide navaja en mano su cartera, el violador de su víctima] “Soraya, Soraya quien te paga tu casa no son suicidios son asesinatos” [Aquí, el juez Sexmero debió esmerarse un poco más con las comas y aun con las comillas, con el fin de no hacer una consigna de lo que eran dos. La primera, "Soraya, Soraya, quién te paga tu casa" es una tontería: los mismos que le pagan al escrachante Verstrynge las cuatro viviendas que posee para dejar una a cada hijo. Los mismos que se la pagan al juez Sexmero, al presidente del Supremo, Gonzalo Moliner, y a los tres millones de españoles que ejercen la función pública. Se la pagamos todos los contribuyentes. O, para ser más preciso: nosotros les pagamos su sueldo y ellos, con su dinero, optan por pagar una hipoteca y tener una casa o prefieren pasar de hipotecas y se lo gastan en alquiler y otros asuntos, como hace el alma mater de todo este descacharre, Ada Colau, presidenta no afectada de la hipoteca de unos hipotecados de verdad.] Es evidente que ‘no son suicidios, son asesinatos’ tiene dos problemas lógicos: la relación causal y la calificación ‘jurídica’.
El problema que plantea el auto del juez Sexmero es si el derecho a expresar ideas por poco razonables que sean debe prevalecer sobre el derecho a la intimidad de las personas, a no ser acosadas en su domicilio y a que sus familias no padezcan consecuencias de algo que a ellas, al parecer y según la moral que parece imponerse en la judicatura, es consustancial al cargo de los políticos. Total, fue poco tiempo. Llama la atención que el auto que proclama con énfasis la libertad de los acosadores, minimiza el coste y el tiempo: “poco más de veinte minutos” escribe dos veces en el auto, para las víctimas, que fueron: la vicepresidenta, su madre, su marido y su hijo, de 16 meses, que se echó a llorar al oír los gritos y a quien hubo de llevarse su abuela a otra parte de la casa. También admite el juez “la imposibilidad de sacar al hijo de la Sra Sáenz de Santamaría a pasear”.
El autor del blog ‘Siempre habla quien no debe’ tituló sarcásticamente un razonable comentario cuando elan acoso a González Pons: “no llores niño, que la colleja va en el sueldo de tu padre“. El juez deja claro que al bebé de la vicepresidenta se le impidió su paseo de todas las tardes “poco más de 20 minutos”. Dos veces. ¿Considera que cualquier madre racional debería haber bajado a la calle con en niño y su sillita ¿a los 22, 25, 30 minutos? en la seguridad de que no iba a tener un encuentro desagradable con algunos de los manifestantes?
Sexmero desestima la posibilidad de que los escrachantes pretendan coaccionar a las familias de los políticos ni a ellos mismos para que cambién el sentido de su voto, en contra de lo que los textos de la plataforma Ada Colau proclaman. Tampoco para en sutilezas sobre los mecanismos de la coacción y la extorsión y el subjetivismo de las víctimas. Además, podía haber argumentado, los niños no guardan memoria de estas cosas. Seguro que al día siguiente no recordaba nada. Llevemos las cosas al absurdo: ¿Cómo pueden pedir pena alguna de cárcel para mi defendido?¿Violación, dice el señor fiscal? Fueron poco más de 2o minutos, fue la puntita nada más, bueno, ni siquiera llegó a eso, se quedó en simple magreo.
Marcelino Sexmero intervino activamente en la huelga de los jueces de 2009. Con tal motivo fue entrevistado en la SER el 21 de enero de aquel año:
“La Justicia está mal y no hay nadie que haga marketing por ella (…) Lo peor, la isatisfacción de que nunca, y por mucho que trabajemos, por myucho que hagamos, por muchas sentencias que dictamos, nunca, absolutamente nunca, de no ver la labor reconocida. Por ejemplo, empezando por el Gobierno, el ministro de Justicia tiene unas condecoraciones, que se las dan a abogados, se las dan a notarios, se las dan a cualquiera, pero a los jueces… A los jueces, tienes que estar jubilado, tienes que estar medio muerto para que te puedan dar una medalla de esas.
La verdad es que a veces es una totería, poque quitando los accidentes de tráfico, estamos hablado siempre de que si me han llamado no sé cuántos, típica pelea de vecinos, que se pierde un tiempo horroroso, casi siempre las sentencias son absolutorias, porque claro, es la palabra de uno, contra la palabra de otro y nunca ¿? testigos, pero claro, pones en marcha toda la maquinaria de la Justicia para hacer un juicio donde hay un fiscal, un juez, un secretario, un agente judicial para luego al final llegar a una sentencia absolutoria porque el vecino de al lado me dijo que era un hijo puta.”
No vea su señoría en estas líneas indicio alguno de desacato. Es sólo un ejercicio del derecho fundamental a la libertad de expresión. Aclaración que hago por si acaso. Lo decía Esteso hace 37 años en una memorable actuación: “Se pué largar”.

viernes, 3 de mayo de 2013

¿Pntonero o dinamitero?




las palabras (simples signos que el acuerdo colectivo dota de significado) XAVIER REYES MATHEUS

¿Y si no hay acuerdo colectivo en el significado?