lunes, 25 de marzo de 2013

¿Es atenuante asesinar por motivos políticos?


El asesinato político es descrito por Savater  como un agravante sin paliativos, en la línea de Sancho Quijano.

Los indeseables políticos
FERNANDO SAVATER, EL CORREO 24/03/13
Para una vez que Laura Mintegi dice algo que me parece verdad –triste verdad, pero verdad al fin y al cabo– todo el mundo parece de acuerdo en considerarlo intolerable. Ha dicho que el asesinato de Fernando Buesa y Jorge Díaz tuvo una motivación política y es cosa que me parece muy cierta. Y que como otros asesinatos políticos podría haberse evitado y también lo tengo por cosa indudable. Lo malo es que ella lo dice como una especie de justificación histórica del crimen, cuya culpa se reparte entre quienes lo cometieron y los que no atendieron los motivos políticos que les llevaron a esa atrocidad. Y ahí, efectivamente, es donde está lo intolerable de sus palabras: su inaguantable verdad, que sin embargo se abre paso día a día en la corrupta política vasca y no solo vasca.
Por supuesto, los asesinos siempre matan para conseguir algo: unos matan por amor, es decir para castigar a quienes no les aman como ellos pretenden, otros matan por fe religiosa, es decir para castigar a los infieles, otros matan por codicia, o sea para castigar a quienes no les dan lo que ellos ambicionan… y los hay que matan por política. O sea, para castigar a quienes no ceden a sus pretensiones políticas y para obligar a los demás a pensárselo bien antes de negarse a ellas si no quieren seguir la misma suerte. Porque en efecto esos crímenes son evitables, basta con acatar los dictados políticos de los terroristas, o con someterse al despotismo amoroso del violador o con asumir la fe del fanático, etc… Desde el punto de vista penal, sin embargo, ninguno de estos motivos califica a los criminales convictos en cuanto a su delito ni los hace menos culpables o más ‘respetables’: no se convierten en presos eróticos o presos religiosos, ni desde luego en presos políticos. Es más, en democracia la motivación política no es un eximente sino un agravante de los atentados y extorsiones, porque estas fechorías no sólo agreden a personas sino al orden democrático mismo y por tanto a los derechos y garantías de todos los ciudadanos. Como bien dijo Albert Camus, «en política son los medios los que justifican el fin». Y desde luego los que también lo descalifican como indeseable, si esos medios son abiertamente criminales y mafiosos.
Y ahí está precisamente el meollo del asunto y la equivocación de los partidos democráticos en mostrarse dignamente ofendidos por las palabras de la señora Mintegi en lugar de aprovecharlas para poner en claro el tipo de política que ella representa. Una política que no acepta la legalidad democrática más que en apariencia, pero en realidad la considera como un campo de batalla entre quienes están dispuestos a todo para abrirse paso en una sociedad que no les respalda tanto como ellos quisieran y las ‘violencias’ de los Estados español y francés, tan ilegítimas como las de los propios terroristas. A Mintegi no le ha traicionado el subconsciente ni se le ha ido la lengua en un arrebato, sino que ha puesto letra a la música que venimos oyendo en los ‘nuevos tiempos’, el olvido intencionado de que las ideas independentistas o de cualquier otro tipo se han podido defender en nuestra democracia por vía parlamentaria, aunque ello no implicara que todo el mundo debía darlas por buenas. Y la confusión no menos intencional entre el policía que abusa ilegalmente de su autoridad, malbaratando la confianza social depositada en él, y el terrorista cuya misión es precisamente amedrentar para que no se confíe en las leyes ni en las instituciones. La construcción de una ‘memoria’ de lo sucedido en la que todo el mundo tenga culpas es la forma de que la democracia se convierta en culpable tanto como quienes han querido forzarla. Como dice un aforismo de Miguel Catalán (en ‘La nada griega’, ed. Sequitur): «Mal de muchos, consuelo de malos».
En el juego político hay indeseables, aunque la legalidad actual les ampare y encuentren votantes que les apoyan. Y no deja de sorprender lo poco que cuentan los principios para los principales partidos cuando les tienta la rebatiña electoral y el oportunismo. En Ponferrada ha causado escándalo que los socialistas se hayan apoyado en un condenado por acoso sexual para arrebatar la alcaldía a los populares. Pero mucho más graves son los delitos pasados cometidos o no repudiados por miembros de Bildu y sin embargo los socialistas se entienden con ellos en ayuntamientos y diputaciones como si nada. Los medios de comunicación han revelado que Emilio Hellín, el ultraderechista que asesinó vilmente a Yolanda González, tras pasar catorce años de cárcel asesora a fuerzas de seguridad: ¿debemos escandalizarnos por ello o habrá que decir que eran otros tiempos, que había un conflicto político y que las víctimas no deben ser vengativas? ¿Acaso hay delitos indelebles que inhabilitan para el juego institucional democrático y otros en cambio que pueden ser pasados por alto –aunque nadie se arrepienta de ellos y se siga amenazando sibilinamente con volver a las andadas si no hay amnistía para los criminales– cuando conviene a ventajistas del corto plazo? Ya es hora de hablar claro, como ha hecho para alarma de tantos y de tontos Laura Mintegi.

FERNANDO SAVATER, EL CORREO 24/03/13

martes, 19 de marzo de 2013

juntos somos más


asesinar con idealismo por motivación política




Los nazis, los comunistas, concretamente los estalinistas, etc. ¿También lucharon como idealistas, cuando con premeditación y alevosía asesinaron en los campos de concentración o en las grandes purgas?


Político, sí

EL MUNDO 19/03/13
ARCADI ESPADA

Una diputada de bildu dijo el otro día que los crímenes de ETA habían sido políticos. Enseguida se le echaron encima. Comprendo la reacción porque durante algún tiempo también fue la mía. El calificativo de político aplicado al asesinato es, aparentemente, un modo de ennoblecerlo: la política es la región áurea del asesinato. Semejante distinción tiene su correlato en las cárceles: los delincuentes políticos han gozado siempre de autoridad, y de privilegios, respecto de la chusma que mata por razones estrictamente personales. Pero yo creo que la diputada tiene razón. Los asesinatos etarras fueron políticos. Como lo fueron los asesinatos nazis, por poner uno entre tantos ejemplos posibles. Y eso es lo peor que tienen.
El asesinato político es el único que escapa radicalmente a lo personal. Los crímenes que tienen por objeto el dinero, el honor o el sexo se producen en nombre de uno mismo y no aspiran a ningún homenaje. Aunque traten de mentir sobre ellos, aunque busquen atenuantes a su condena, los individuos asumen su responsabilidad y no tratan de presentar sus crímenes (salvo en tangos algo cargados) en nombre del bien: saben que actúan en nombre del odio, la codicia o la rabia. El asesinato por razones religiosas es el que más cerca está del asesinato político, porque el asesino actúa en tanto que fiel de una determinada cofradía, y asimismo en nombre de un bien eterno. Pero el asesino religioso obtiene un tangible beneficio personal, tópicamente ejemplificado en las decenas de huríes bañadas en leche que le esperan al otro lado de la vida, que no está presente en el crimen político. Hasta el punto de que vaya uno a saber si, en realidad, no se trata de un mero crimen económico, destinado a la mejora del nivel de vida.
El asesino etarra no mató en nombre propio, sino en nombre de una patria, por resumir su idea. Desde Ferlosio sabemos que su principal procedimiento era la deshumanización de la víctima: el asesino no disparaba sobre una nuca sino sobre el Estado. Pero no acabaría de comprenderse bien el proceso si no extendiéramos la deshumanización al que dispara. Como también en Thatcher: «Disparé yo». Es decir el Estado. Nadie, para lo que ahora nos ocupa. El asesino político trata de proveerse de un complejo estatus de inexistencia. No maté yo, sino las circunstancias. Y es lógico que cuando las circunstancias cambien sea hasta el propio crimen el que empuje para desaparecer del escenario de la memoria.




lunes, 18 de marzo de 2013

Estupor en las comparaciones



 


Disparates

Enric González en el mundo
ITALIA no tiene gobierno y quizá tarde en tenerlo. El mandato del presidente de la República expira en unas semanas, por lo que, en teoría, podría quedarse también sin jefe del Estado. Uno de sus principales políticos, Silvio Berlusconi, está procesado ahora mismo (olvidemos los juicios anteriores) por mantener relaciones sexuales, previo pago, con una menor de edad, por sobornar a un diputado para ganar una moción de censura y por abuso de poder en dos sumarios distintos. El principal estadista del país parece ser Beppe Grillo, un cómico cuyo lema es Vaffanculo.
Italia nos parece un país disparatado y fraudulento. Tendemos a pensar que los italianos votan a personajes absurdos y que así les va como le va. ¿Comparamos?
Los políticos italianos no han gastado fortunas inconcebibles en la red de trenes de alta velocidad más extensa e infrautilizada de Occidente. No han edificado bibliotecas babilónicas como la de Santiago de Compostela, ni ciudades de las artes, ni autopistas de ocho carriles hacia la nada. En las ciudades italianas no han surgido portentosos rascacielos ni se han celebrado macrofestivales gratuitos cada dos por tres. Y se ha urbanizado sólo un poco más de lo necesario. Italia nunca ha sido el país europeo que más cemento consume, ni siquiera el segundo o el tercero. Los partidos italianos no se han molestado en reinventar la historia, con una sola excepción, la Liga Norte, cuyo declive resulta evidente.
Los italianos han votado y siguen votando a Silvio Berlusconi. Valoran positivamente que sea un magnate. Piensan, con cierta razón, que al menos se pagará los vicios de su propio bolsillo.
Italia, como España, sufre un grave déficit fiscal. La prima de riesgo sobre su deuda es, con alzas y bajas, comparable a la española. Y el endeudamiento público es, desde siempre, monstruoso: ronda el 120% del Producto Interior Bruto.
Pero en cuestión de deuda hay una gran diferencia. En España hay que sumar la deuda pública a la de las empresas y a la de las familias: se ha vivido a crédito de una forma generalizada. En Italia, por el contrario, existe una montaña de ahorro privado. Tomados en su conjunto, los ciudadanos no deben ni un duro. Es más, si quisieran gastar todos sus ahorros en una tarde, podrían dejar prácticamente liquidada la deuda del Estado.
Los españoles, gregarios como somos, nos quejamos de la política, pero votamos al que más regalos promete, aunque los regalos (y lo sabemos) corran de nuestra cuenta. Los italianos, individualistas, procuran guardar su dinero y vivir sensatamente. Quienes hacen el payaso son sus políticos, no ellos.
Qué disparate, ¿no?
Enric González

viernes, 8 de marzo de 2013

¿Quien es mas, la sartén o el cazo?


La corrupción desde el poder es un agravante.


sábado, 2 de marzo de 2013

 
 
            
 
 
          He preparado estos montajes, con fotos cogidas de la red, para lo que considero un linchamiento. Sabiendo que ha metido la pata. Pero sabiendo también que, en mi seguimiento, ha sido un gran defensor de los débiles, por supuesto, también cuando las mujeres son las débiles.  Margaret Teacher no lo era.

          Recomiendo leer, para saber de que estoy hablando los siguientes aticulos de la juez de María Sanahuja de Jueces para la Democracia y de Pilar Rahola. Recogidos por Santiago Gonzalez en su blog

http://elpais.com/diario/2008/12/22/opinion/1229900405_850215.html

http://elpais.com/diario/2007/01/13/catalunya/1168654045_850215.html